sábado, 18 de mayo de 2013

Seres humanos (*)


               
                Quienes presenciamos la confesión del ex-oficial de la Armada Adolfo Scilingo a través de los distintos medios, no hemos podido escapar a la perplejidad y al impacto emocional que generaron sus revelaciones.
                Re-velación en todo el sentido del término, en tanto descubrimiento de lo previamente velado, de lo que se ha ocultado.
                Porque si bien los hechos relatados por Scilingo han sido fehacientemente comprobados con anterioridad, es ésta la primera vez que los mismos son reconocidos por parte de un ejecutor, de boca de uno de los victimarios de las desapariciones (esto es: la muerte negada) -  previa tortura  - de miles de personas, de miles de seres humanos. 
                Mucho se ha hecho en el campo de la psiquiatría y psicología en cuanto a las consecuencias que padecen las víctimas de los más crueles y aberrantes actos lesivos a la condición humana. Numerosos estudios, investigaciones y una vasta experiencia (y aquí la palabra "vasta" no es un mero eufemismo) en la atención a sobrevivientes de los tantos genocidios y / o guerras "sucias" que han asolado a la humanidad, posibilitaron la comprensión y el abordaje de las múltiples secuelas que deben sobrellevar y afrontar quienes vivieron el espanto en carne propia.
                Pero poco es lo que se ha hecho en cuanto al esclarecimiento de los motivos que posibilitaron la organización y planificación racional de la destructividad de parte de los seres humanos hacia sus semejantes y el modo de evitar la reiteración de situaciones similares.
                "Somos seres humanos y los que tirábamos eran seres humanos", dice Scilingo en la entrevista con Mariano Grondona.
                Ni extraterrestres, ni monstruos, ni animales: seres humanos son los que han cometido y cometen las más siniestras vejaciones a sus semejantes.
                Seres humanos muy singulares, sin lugar a duda.
                Los Psicópatas ( a los que no se debe confundir con los psicóticos ) son individuos que padecen un severo trastorno de la personalidad.
                Entre sus principales características se pueden señalar: la intolerancia a la frustración y a la angustia, la tendencia a la acción como sustituto de la incapacidad de pensar, la anestesia afectiva y emocional encubiertas por la racionalización, la ausencia de sentimientos de culpa y por lo tanto de la capacidad de arrepentimiento, la subyacente extrema dependencia (detrás de la aparente autoseguridad y omnipotencia) hacia los demás - en tanto objetos concretos de sus necesidades y fantasías más perversas quienes son manipulados según sus conveniencias, la incapacidad de amar debido a la agresividad destructiva que contienen (sadismo), entre otras.
                Imposibilitados de asumir sus propios conflictos, se relacionan persecutoriamente con la realidad, a la cual no discriminan objetivamente.
                "Locos lúcidos" o "inmorales sociales" según la terminología con que intentaba definirlos la psiquiatría clásica, las personalidades psicopáticas son concientes - y esto los diferencia de los psicóticos - de sus actos, es decir que comprenden la naturaleza de los mismos, por lo que son imputables desde el punto de vista jurídico. Dicho en otras palabras: saben que están haciendo daño, que están cometiendo una maldad, motivo por el cual necesitan sustentar sus conductas en "razones" de distinta índole (ideológicas, políticas, religiosas, etc.) que les sirva de justificación.
                Hacen lo que hacen "porque no queda otro remedio", "obligados por las circunstancias", "porque alguien tiene que hacerlo", encontrando el terreno fértil para canalizar su patología en el campo de la delincuencia, en las guerras o en cualquier situación que les brinde una cobertura para prestar sus "desinteresados servicios". En definitiva: siempre se ven obligados a "actuar" (en el "fondo" son buenas personas)
                Todo lo hacen por el "bien" de los demás: de sus esposas, de sus alumnos, de sus pacientes, de sus ciudadanos, de su Patria, en nombre de Dios o de Alah, del orden o de la justicia. Lo hacen por "amor" (Videla dixit).
                Cuando no se cumplen sus objetivos, sea por falta de posibilidades o porque los argumentos que justifican sus actos se diluyen, caen en severos desequilibrios que intentan controlar mediante conductas adictivas - alcohol u otras sustancias depresoras -, o bien buscando nuevas situaciones que les permita seguir "en acción". Caso contrario, corren el riesgo de derrumbarse psicológicamente.
                Pero son las acciones psicopáticas social e institucionalmente organizadas y justificadas las que más dolor han infligido a la humanidad.
                Aquellas que periódicamente se hacen presentes en la historia, como para constatar la evidencia de cuanto queda por hacer para transformar a ésta en una sociedad más sana.
                Tal vez parte de la solución estribe en hacer todo lo posible para impedir que este tipo de seres humanos detenten el destino de los pueblos, o al menos de que ocupen funciones de poder, por el cual tienen una particular apetencia.
                O en todo caso, como seres humanos que son,  que sepan que les cabe la responsabilidad de sus actos, el castigo de la justicia, el repudio de la comunidad y de la historia.
                Y a los que los promueven, justifican o son cómplices de que estos seres humanos lleven a cabo tan deleznables atrocidades, también.

Dr. Miguel Angel de Boer

(*) Marzo, 15/03/95 , publicado en diversos medios gráficos

sábado, 27 de abril de 2013

Despedida


A poco de despedir a mi  perro Boogie,  lo que aún me parece mentira, no puedo dejar de rememorar otra despedida – la de Anna (*), mi mamá – que fue muy parecida.
Con sus ya ajetreados 83 años y las huellas de muchas penurias en su envejecido cuerpo, seguía, no obstante, viviendo la vida con la naturalidad que suelen tener los que alcanzan sabiduría. Ese fluir en la existencia con la existencia misma, deslizándose en ella, aprovechando cada bocanada de oxígeno y abriendo los poros del alma, enalteciéndola.
No puedo dejar de asociar a mi vieja con las flores de su jardín, su arte en la costura, sus quintas,  las  comidas caseras o los dulces que con toda su ternura preparaba para nuestra delicia.
Pero como suele ocurrir,  también a ella llegó el momento en que  no pudo más y decidió – o más bien se le impuso – el  descanso que tanto merecía.
Su corazón venía ya debilitado, cosa que fue anunciada por un infarto no hacía mucho tiempo atrás.  Pero  mi (nuestra) separación matrimonial fue determinante pues creo que  el dolor superó  la fortaleza que siempre tuvo, pues días después que le comuniqué la decisión -  que le impactó hasta la desesperación muy preocupada por lo que les podría pasar a mis hijos - hubimos de internarla de urgencia en una unidad de terapia intensiva.
Desde entonces hasta su muerte, nunca más recobró la conciencia.
Esto ocurrió en Comodoro,  y yo me ocupaba de ir a verla porque mi hermana se encontraba en Buenos Aires, tratando de viajar lo antes posible, cosa que le explicaba a mi vieja, pese a su estado vegetativo, con la esperanza de que pudiera escucharme.
Ni bien llegó Stella, mi hermana, y luego de ponerla al tanto de la situación, fuimos al hospital  (el Alvear) para que pudiera encontrarse con ella. Como lo hacía habitualmente, la saludé y le conté que ya estábamos juntos los tres (mi viejo ya había fallecido hace tiempo), que todo estaba bien, y no recuerdo cuantas cosas más. Lo que si me acuerdo es que en un momento le dije que ya podía descansar tranquila, que le agradecíamos todo lo que nos había brindado, que no queríamos que sufriera más, y cosas por el estilo. Fue entonces cuando vimos que unas lágrimas cayeron por su rostro y los dos nos abrazamos a ella conmovidos en lo más profundo de nuestros corazones, por cuanto sentimos que era su despedida final.  Luego la besamos en la frente y nos retiramos con una inmensa tristeza  y alivio a la vez, emocionados por haber vivenciado algo maravilloso. Horas después nos llamaron para avisarnos que había muerto.
Pasaron varios meses o tal vez más de un año, cuando abrí el último frasco de dulce de damascos – de los árboles de casa – que ella había elaborado y donde usaba un sistema de conservación natural que utilizaban los inmigrantes sudafricanos (afrikaaners o boers)  en el campo, mediante el cual podía durar un tiempo increíblemente largo.
Aún recuerdo como lo fui saboreando de a poco, día tras día. Disfrutándolo con todo mi ser, con la congoja de que algún se iba a terminar. Estirándolo para prolongar ese sabor y ese aroma que solo ella lograba, y que para mí nunca había habido ni habría otro igual.
           Del mismo modo en que se despidió ella, con lágrimas de amor deslizándose por mis  mejillas, ingerí el último bocado, y sentí que la dulzura más infinita me habría de acompañar para siempre.

Miguel Angel  de Boer
Comodoro Rivadavia, Abril 2013

(*) Anna Jacoba Venter de de Boer (09-08-07/22-03-91)

jueves, 4 de abril de 2013

CONTRAMESTRE, MAR Y VIENTO (*)



                El mar alguna vez se le prendió del costado, haciéndolo vicioso de horizonte, después de haber aprendido, en el campo, a disponer del paisaje. Tal vez por eso tenía los ojos tan profundos, de sal, de tiempo y de distancia, éste hombre del que estoy hablando.
                El mar es un conquistador de espíritus. Estemos cerca o lejos, siempre nos alcanza. ¿Cómo entonces a él no lo iba a encadenar con sus anclas de ausencia?
                Casi toda su vida le dio el contramaestre, en el vientre salobre y desnudo del muelle, donde olían los barcos a petróleo y se esparcían, entre las nubes, los cuentos y las carcajadas.
                ¿Cómo dudar entonces, que le dolió el descanso, que odió que lo jubilen, que le quitaran lo suyo, esa dulce poesía que le encontró al trabajo?
                Pero disimulaba. Hablaba de libros, sueños, hacía proyectos, se la pasaba contando. Pero ¿Quién no lo sabía? ¿A quién le cabían dudas que mucho del gigante estaba templado en algas, en mangueras y viento, ese mismo viento que, de joven, solía acompañarlo cuando recorría leguas al galope para ver a su amada?
                Hay una forma antigua de ser grande, hay algo que llevan estos tipos que crecen por dentro, un modo de juntar los pedazos de su vida y las arman en esa mezcla rara que llamamos alma. Y eso asoma. En la locura de treparse a las torres, de pararse en las proas de las lanchas burlándose de las tormentas, danzando, de no frenarse nunca ni con la edad ni con nada, menos aún si de ayudar se trata. Le salía por los poros al grandote tozudo e ingenuo. Convencido que la vida era para vivirla y que Dios estaba de su lado pasara lo que pasase.
                Por eso, hasta la muerte, cuando vino a tumbarlo, tuvo que pedirle permiso, invitándolo respetuosamente a subirse a su coche de gusanos y olvido .Y solo porque él aceptó, ya cansado, pudo llevarlo. Ya había fracasado otras veces, sabiendo con quien se enfrentaba, mientras él se divertía, jactándose con sus anécdotas, riéndose, aún de las penas.
                Por eso es preferible no decir nada. Es mucho tamaño, mucho esfuerzo para poder apreciarlo con palabras.
                Por eso mejor callarse y recordar al hombrón en silencio. Así no queda el vacío, sino el amor que él nos dejó por siempre. Eterno. 

 Miguel Angel de Boer.
Comodoro Rivadavia, 17/06/99  

(*) A mi padre: Don Wietze (Guillermo) Klaas (Claudio) de Boer.  Nació el 4 de abril de 1912. Falleció el 23 de Julio de 1974


Mi papá
En la lancha de YPF (posiblemente en Caleta Córdova), el que está sin boina. El que está adelante es Diego Lezcano.

viernes, 15 de marzo de 2013

Mi perro se llama Boogie (*) (**)



Mi perro se llama así en homenaje a Boogie -el de Fontanarrosa- El Aceitoso (Boogie, no Fontanarrosa), aunque también es un nostálgico homenaje a esa etapa de mi vida en que las historietas conformaban una parte esencial no solo de distracción y entretenimiento sino también de mi formación intelectual, artística, afectiva, expandiendo mi mundo infantil y adolescente a fronteras inconmensurables. De paso recuerdo que cuando estudiaba medicina en Córdoba, fueron publicados algunos chistes de mi autoría, con el seudónimo de Rasputín e ilustrados por el incomparable Cognini, en los primeros números de la gloriosa Hortensia, lo cual doy a conocer públicamente por primera vez. Pero bueno, esa es otra historia.

Aunque parte de esa historia tiene que ver con el hecho de que gracias al humor del Negro, de Cris, de Cognini, del “Sati”, y de tantos otros, mas de una vez soporté momentos por demás difíciles en mi vida, cagándome de risa. Y no fui el único. Porque en realidad era nuestro modo de resistir lo adverso en esa etapa en que cambiar el mundo era un imperativo moral y ético para gran parte de la juventud argentina. Entonces iban de la mano la alegría y la ternura donde la risa y el humor animaban nuestro apasionado espíritu para la lucha. Porque hacer la Revolución era una alegría, una felicidad. Porque colmaba nuestras vidas con una plenitud que parecía ilimitada. Porque no se trataba solo de lo por alcanzar sino de lo que íbamos haciendo y construyendo (muy constructivistas éramos) diariamente en y por nosotros mismos: el proyecto revolucionario de convertirnos en un ser distinto para una nueva sociedad.

Después la luz quedó cegada por la mas oscura de las noches, y los ayes de pena dieron lugar al padecimiento, el horror y la tristeza. La crueldad de las crueldades y la maldad de las maldades cegaron vidas y corazones, y solo la inteligencia, la suerte, el coraje, y una pequeña llama, cobijada en lo mas profundo de nuestro ser, tan escondida que parecía por momentos haberse extinguido, nos permitió seguir existiendo, es decir sin renunciar a lo que habíamos sido.

Así la historia fue transcurriendo en nuestras vidas y nuestras vidas en ella, restañando heridas, recuperando vivencias, superando terrores y secuelas. Despidiendo a muchos que quedaron en el camino, para seguir por ellos y con ellos el recorrido.

Y fue en un momento muy difícil para mi- la enfermedad de uno de mis queridos hijos, que por un tiempo dijo basta - que, en plena pesadilla, fuimos juntos a buscar a Boogie, cuando era apenas un cachorro recién nacido.

Lo traíamos para casa y era tan chiquito que cabía en una mano; con un su hocico negro, sus manchitas como dibujadas, y su boca, pancita y patitas rosadas y tersas: un prodigio artístico de la naturaleza.

Vaya a saber que sintió al ir creciendo junto a nosotros. Pero como haya sido, nunca estuvo solo y nunca nos abandonó.

Con su caminar disneyniano, su gracia candorosa, su ánimo increíblemente alegre y tierno (sí, alegre y tierno), su inteligencia prodigiosa (¡que lucidez posibilita el amor en los seres sensibles y buenos!), sus gestos que siempre superaron con creces la palabra – al menos de muchos humanos que conozco – y su mirada. Aunque en realidad debiera decir: sus miradas. Por que Boogie tiene tantas miradas como circunstancias vive, percibe o imagina. Con una mirada se ríe, con la otra se apena; con esta disfruta de la música (¡y como!), con aquella curiosea e investiga las maravillas que le brinda el cosmos tales como: una hoja, una pluma, otro perro, a veces la tele, recibir a una visita, un papel volando, un caracol en el jardín (hubo un período en que se los comía como si fueran bombones), una gaviota en la restinga, el ruido del motor de un coche. Es decir todo aquello que se mueva o le atraiga.

¡Es tan amante de la vida, que yo me siento un privilegiado de que esté conmigo y que me quiera!. Porque mi hijo ya no esta con nosotros (ahora se encuentra estudiando en Buenos Aires) y Boogie se quedó con la idea – no tan equivocada – de que ambos dependemos para nuestra mutua subsistencia.

Con sus caprichos y terquedades, no se crea.

Supongamos que desee estar afuera. El se queda afuera. Haya viento o llueva, frío o calor; aunque caiga nieve y él apenas se pueda desplazar en ella. Me ha ocurrido que al llegar a casa, en pleno invierno, no lo pudiera encontrar en el patio creyendo que se había ido, cuando en realidad estaba acostado y mimetizado en la nieve - tal su blancura - como quien se encuentra recostado en una playa descansando a pleno sol abandonado a su tibio ensueño.
Y hablando de playa, si hay algo que le encanta es el mar.
La primera vez que lo llevé a conocer la restinga iba de un lado a otro pleno de curiosidad y asombro. Cuando llegamos al primer pozón (nunca había nadado) se metió y siguió caminando por el fondo hasta aparecer en el otro extremo de los mas pancho, con los ojos abiertos y sin atorarse con el agua. Increíble. Ahora opta: a veces camina bajo el agua y a veces decide nadar. Ignoro de que depende su decisión.

Boogie además de inteligente (comprende frases complejas) es muy sabio. No acepta a las personas deshonestas o falsas. Así como le ladra hasta a las piedras cuando le parece, es incapaz de hacerlo a alguien que sea bondadoso y sincero. Como si lo oliera. Aunque también, hay que decirlo, es tremendamente celoso y acepta a regañadientes que alguien se inmiscuya así como así en nuestra relación. Se trate de mis hijos o bueno... no solo de mis hijos. Cosa que queda superada una vez contada su aprobación, tornándose en un ingenuo y extremado confianzudo.


.Para él el contacto, por mínimo que sea, lo es todo. Claro que si puede extender su pata (es un adicto a dar la “mano” cada vez que puede) o sus patas o, mejor aún, treparse sobre uno, es el ser mas feliz de la tierra. Pero si eso no es posible, le basta el mínimo roce, apenas sutil e imperceptible, para que se sienta seguro, protegido e invulnerable y no hay nada que lo intranquilice o conmueva si descansa o se duerme en ese estado, así sea que el mundo se venga abajo. Tal la paz que lo invade e irradia.

Por eso digo que mi perro Boogie es uno de los portentos primorosos, deliciosos, que me brindó la vida.

Cuando me mira, cuando me abraza, cuando lo abrazo, siento que siente - y sentimos - que el cariño y el amor no son meras palabras. Siento que cuando me abraza y lo abrazo estoy abrazando el mundo. Y que eso que siento es lo que siento y sentí todas la veces que amé y me amaron y que en cada abrazo puedo recuperar lo que tuve aunque ya no lo tenga, que es lo mismo que tenerlo y que aún está a mi lado o conmigo para siempre.

Siento que mi perro Boogie (como cuando era chico mi perra Ada, y después mi perro Wagter), me enseña a cada instante a ser un poco mas humano. A no dejar de lado mis sentimientos, mis sensaciones, mi corazón, mi cuerpo, mi mente.

Casi imponiéndome, del modo mas afectuoso que se pueda concebir en un ser viviente, la certeza permanente de que así, como él lo transmite y lo expresa, debiéramos vivir la vida a cada instante.
Miguel Angel de Boer
Comodoro Rivadavia, Diciembre 2006.

 (*) El dibujo es de Roberto "El Negro" Fontanarrosa. Lo hizo después de haber anunciado que ya no dibujaba más ni bien recibió mi relato. La foto es una de las últimas que nos sacamos.
(**) El día de la fecha 15-03-13 me despedí de Boogie para siempre. "Chau Boogie...¡nos vemos!"

"Alma de diamante"



Ven a mí
con tu dulce luz
alma de diamante
y aunque el sol
se nuble después
sos alma de diamante
cielo o piel
silencio o verdad
sos alma de diamante
por eso ven así con la humanidad
alma de diamante

Aunque tu corazón recircule
siga de paso o venga
pretenda volar con las manos
sueñe despierto o duerma...
...o beba el elixir
de la eternidad
sos alma de diamante,
alma de diamante

bien aquí o en el más allá
sos alma de diamante
y aunque este mismo sol se nuble después
sos alma de diamante
alma de diamante

miércoles, 13 de marzo de 2013

Juan y Juana (*)(**)(***)


    Si tuviera que ponerle un nombre a la amistad
                a la honradez,
                al afecto más auténtico.

                Si tuviera que nombrar sin titubeos,
                al hombre que tiene en su mirada a la humildad,
                a la mujer hermana, compañera:
                no de causas políticas sino de la vida.

                Si tuviera que recordar que no estuve sólo,
                en la alegría y en el dolor,
                con el sol caliente y en el frío invierno.

                Si tuviera que ahuyentar el olvido,
                ese que vacía el presente de lo más vivo,
                borrando el pasado, en lo malo y en lo bueno.

                Si tuviera, ay, que no olvidarme de mi pueblo,
                el que me cobijó en Córdoba,
                cuando me sentí tan huérfano.

                Si tuviera que dar testimonio
                de lo que puede la bondad,
                (esa que está faltando después de tanto duelo)

                Si tuviera que regocijarme,
                de haber conocido dos seres,
                que fueron, y son, parte de mi consuelo.

                Evoco sus nombres simples,
                comunes, como son ellos,
                (que ignoran lo que me dieron)

                Juan y Juana ¡cuánto los quiero!

Miguel Angel de Boer

(*)   A Juan y Juana Aquino

(**) Escribí este poema hace ya varios años. Lo comparto hoy (12-03-13) al enterarme de que mi querido amigo Juan falleció esta tarde.

(***)En esta foto de allá por los 70 que fue sacada en el cumpleaños de mi sobrino David Pietrafaccia (es el que lo sostiene en brazos soy yo) se los ve, entre otros, a Juan (sentado, con su hijo en brazos)y a Juana parada a su lado (con vestido a lunares). También se la ve a la Flaqui, a su hermana Susana, a su esposo Julio (fallecido), a Alfredo Togel (fallecido), a Ana su esposa y familia y amigos.


sábado, 23 de febrero de 2013

¿Chau Cine? (*)




Y cerraron el último que nos quedaba: el Coliseo. Los otros fueron cayendo de a poco, como resistiendo con dolor la jubilación anticipada, el retiro involuntario, como luchando por no ceder en su empeño de seguir brindando ilusiones para el bien de nuestros espíritus, de nuestra cultura.
Creo que es una suerte haber tenido la oportunidad de crecer junto al cine, de crecer con el cine. Yo le agradezco a la vida por ello, no me la imagino sin el cine. Sólo Hitchcock sabe hasta qué punto han incidido en mi existencia los cientos de películas que he visto y las que seguramente habré de ver de aquí en más.
No me caben dudas de que la realidad imitó al cine como, asimismo, que el cine ha sido y es -en tanto arte- un sorprendente, formidable anticipador de la realidad. Los modelos que hemos tomado de la pantalla son innumerables: hemos caminado como los actores, hemos hablado como ellos; hemos reído como ellos; hemos adquirido conceptos acerca de la libertad, la justicia, el
heroismo, la lealtad, la traición, a través del cine; hemos conocido la historia, hemos accedido a la literatura y a la música; hemos conocido al mundo; nos hemos conocido más a nosotros mismos, gracias al cine.
La magia del cine radica en que posibilita que nuestros conflictos y sentimientos más íntimos se “proyecten” en la pantalla, donde los tiempos y los espacios transcurren y se despliegan -como en los sueños- libremente, alucinatoriamente y, como en los sueños, nada es imposible: los minutos duran horas y los años segundos; los muertos resucitan, los monstruos existen, los hombres vuelan, viajan al pasado y al futuro, los animales hablan. Ficción y realidad se entrelazan indiferentemente en sus límites. Sólo basta una condición: que nosotros, los espectadores, estemos dispuestos a ser cómplices del milagro.
El cine es el sueño que soñamos todos, es el sueño que queremos soñar.
Allí por un instante, dejamos de ser quienes somos para convertirnos en el personaje o en los personajes con los que nos identificamos -por elección o imposición- participando desde las butacas con nuestras emociones, nuestros sentidos, nuestro ser.

Tuve oportunidad de conocer el “Cine Club” de Km. 8 (Comferpet), con helados y bidú incluidos. Era la época en que aún andaba el “Ñandú Puntual”, una línea de ómnibus cuyo dueño era un portugués al que se veía feliz con su trabajo.

En Caleta Olivia -promediaba el 50- recuerdo haber estado esperando con los chicos la llegada del padre Corti, que de tanto en tanto se aparecía con unos rollos bajo el brazo para darnos un poco de alegría. Antes y después de la “función” jugábamos al fútbol o íbamos a la capilla (creo que el padre Corti era una especie de Jimmy Swaggart o Billy Graham de aquella época en una versión salesiana: una vez quedé convencido de que realmente había visto a la virgen María en una película y me devané los sesos no sé cuánto tiempo pensando en cómo habían logrado filmarla).
 Los fines de semana íbamos al “cine” que funcionaba en el comedor del Club de YPF de Cañadón Seco. Salíamos de Caleta por lo menos con una hora de antelación. Cuando llegábamos, no pocas veces teníamos que esperar que los obreros y empleados terminaran de comer para, luego de acomodar las sillas frente a la precaria pantalla, lanzarnos a disfrutar del espectáculo (con sándwiches y gaseosas). Como disponían de un sólo proyector de los de aquel entonces, era necesario esperar que rebobinaran el rollo que ya habían pasado, para luego continuar con el que seguía; lo que motivaba numerosísimos intervalos; esto sin contar las veces que, por equivocación, proyectaban un rollo que no se correspondía con la secuencia anterior, debiendo repetir el procedimiento (he padecido la desgracia de ver un final a poco de comenzar la película y puedo asegurar que accidentes de este tipo generaban en el público una reacción similar a la de una hinchada de fútbol ante un penal dudoso). Cuestión que entre una cosa y otra regresábamos a Caleta luego de 4 o 5 horas, tras haber visto una película. En realidad, semejaba una excursión de campamento a campamento; algo así como un mini tour en donde los que viajábamos, tengo la impresión, éramos siempre los mismos. Después abrieron un cine en Caleta, Fernández, al que luego el tiempo también se llevó.

El cine de Km. 3 era una iglesia que fue adaptada a tal fin. Con su piso semiinclinado y las filas de butacas alineadas intercaladamente, era una delicia para los chicos (nadie “nos tapaba”). Su programa variaba constantemente pues cada noche daban dos películas distintas y, a veces, tres (más de una vez he llegado a ir todos los días y sé de quién lo ha hecho durante meses). Los domingos por la tarde daban tres películas en dos secciones y predominantemente en el invierno, era una cita de honor participar del exceso. Almorzábamos de apuro para llegar lo antes posible y elegir la ubicación de nuestra preferencia; esto es, para ver todas las películas sentados en la misma butaca, casi como una cuestión de vida o muerte. 
En el 3 más que ver, protagonizábamos las películas: gritábamos, peleábamos, puteábamos, luchábamos, “vivíamos” la película en el momento preciso, en el instante mismo en que iban ocurriendo las escenas en la pantalla (algo así como un psicodrama cinematográfico). Quedábamos poseídos, enajenados. El único que lograba poner orden y restablecer la cordura era Pedro, el acomodador, que con la linterna y a los gritos (“siileeenciooo...”) o tratando de detectar a los revoltosos para echarlos del cine, se constituía en un cable a tierra con la realidad. Especie de guardián, vigía y celador (una de sus tácticas preferidas era entrar subrepticiamente, agazapado en la oscuridad y sorprender con la linterna a sus distraídas víctimas). Creo que de no haber sido por él, más de una vez nos habríamos abalanzado sobre la pantalla o hubiéramos destrozado el cine; tal la efervescencia irracional que nos alienaba. Ya más adolescentes, nos íbamos ubicando al fondo; es decir, atrás o bien íbamos a la parte de arriba (“pullman”). Allí estaba situada la “sala de proyección” y en los intervalos, generalmente en la función nocturna, solían pasar música. Recuerdo haber escuchado el tango “El pañuelito” más o menos dos o tres mil veces, quedándome siempre con la angustiante duda de si era el único 78 r.p.m. que tenían o bien se trataba de una obsesión inoculta de los que estaban en la cabina. Lo cierto es que arriba el clima era distinto: no todos iban a ver cine, en el estricto sentido de la palabra; más de una vez me la he pasado espiando a los “más grandes” en una suerte de aprendizaje amatorio, llegando a perder la noción de lo que acontecía en la pantalla. El acomodador en la parte de arriba era don Leiva, así lo llamábamos; a quien le agradezco que más de una vez me dejara pasar sin pagar la entrada, verdadero logro para todo aquél que se preciara de ser un habitué. Del que me acuerdo también es del caramelero, respecto del cual mis sentimientos son contradictorios. Siempre le tuve miedo (todos los chicos le teníamos miedo) o mejor dicho: terror; a tal punto que cuando le iba a comprar trataba de memorizar el pedido y, de ser posible, llevaba el dinero justo, para no ponerlo nervioso; como quien marcha a la silla eléctrica aguardando el perdón a último momento. Muchas veces, sobre todo si se producían avalanchas, las que eran habituales, llegué a temer que sacara un látigo para controlarnos. Ahora pienso que era un modo de reaccionar que tenía frente al recelo por su vida: más que niños comprando caramelos, semejábamos una jauría desesperada, una horda de mandriles enloquecidos ante su presa luego de días de ayuno y al borde de la inanición. Además, el cine del 3 no era el cine del 3 sin el caramelero; ¡qué joder!

El “Cine Teatro Español” y -cabe agregar- hotel y bar anexos, tuvo siempre un encanto particular. Su bella arquitectura, el hecho de haber sido uno de los pocos cines que conocí en donde se podía ver una película desde un palco, le daban características especiales. Era usado, además, para realizar actividades diversas: obras de teatro, musicales, reuniones de distinto tipo, etc. Vale decir que era un cine o más precisamente un teatro multiuso. También hubo una época en que se hacían bailes de carnaval. De esto, pueden dar testimonio muchas parejas que se conocieron allí y que ahora deben tener nietos. Uno de los rituales asociados al hecho de ir al Español consistía en ir a la heladería Atenas, que estaba enfrente o bien, a comer al Reviens.

El cine Gran Comodoro fue el cine de “la Loma”, o sea, de la calle Alsina para arriba. Práctico y confortable, tuvo con el tiempo un aire de bailanta; se transformó en un cine-bailanta. Después, quedó sólo la última.

Y qué no decir del Coliseo.
Fue el orgullo de los comodorenses tener un cine como el Coliseo. También tenían un programa variado y distintas funciones los fines de semana. Y allí también, como en todos los cines, me reí, lloré, me asusté, gané y perdí varias guerras, hundí submarinos, liberé pueblos, asalté bancos, crucé varias galaxias, subí montañas, exploré el fondo del mar, fui héroe y villano; conocí a Chaplin, a Gardel y a tantos otros de los que me hice amigo; me sentí valiente, cobarde, comprendí a los delincuentes; supe que algunos “buenos” eran tramposos; di mi vida por una causa justa y, un domingo por la tarde me enamoré profundamente de una bella adolescente que, como yo, estaba despertando ingenuamente a la adultez. Allí aguardábamos el momento del beso en la pantalla para aprovechar y besarnos, dándole así más trascendencia a nuestro pasionamiento. Testigo del paso del tiempo para los que hemos crecido aquí, en el Coliseo aprendieron a amar el cine mis hijos, nuestros hijos.
Respecto al Coliseo no puedo dejar de mencionar que también me he quedado con ciertas dudas artístico-existenciales. Durante años, tuve la impresión de que Derpich y me parece que Ligo también, vivían en el cine. No sólo trabajaban, sino que estaban como establecidos en el cine. Esto me ha generado la envidiosa sospecha de que han visto más películas que yo. Cierto es que tuve la desventaja de ser más joven que ellos, pero es éste un argumento que no me termina de convencer.

Me veo tentado de mencionar películas, recordar actores, directores, títulos, música. Pero el cine, nuestro cine, ha sido mucho más que eso. Porque hemos tenido un espíritu de sacrificio, yo diría, cinematográfico. Porque, ¿qué no hemos hecho para no perdernos una película, más si se trataba de un estreno?
¿Acaso no hemos expuesto nuestra salud, nuestras vidas? Ni la lluvia, ni la nieve, ni el viento, ni la guerra han podido doblegar nuestras ansias cinéfilas. Bien lo saben quienes han resistido temperaturas peligrosísimas aún dentro del cine, porque no había o no funcionaba la calefacción (más de una vez me prometí seriamente no reiterar tal calvario, donde he tenido que luchar contra la fiebre y los chuchos de frío propios de una virosis aceleradamente incubada, volviendo a reincidir ante la tentación como sólo lo puede hacer un adicto incurable: compulsivamente); o los que, en una noche de viento “de aquellos”, permanecieron viendo una película con la zozobra inquietante de no saber en qué momento se podía desplomar el techo sobre sus cabezas; o quienes al salir del cine se encontraban con que el ómnibus ya se había ido, debiendo recorrer, bajo las inclemencias del tiempo, distancias siberianas en pos del calor del hogar.
Pero eso era el cine, nuestro cine en la Patagonia. Un ensueño en el que entrábamos todos cuando se iban apagando las luces, a la busca de una vivencia fantástica. Aunque, hay que reconocerlo, cuántas veces debimos “despertar” al borde del pánico cuando, al final de la película, al son de la música que atenuaba el traumático pasaje a la realidad, todo se veía arruinado por el grito de algún exaltado o por la ansiedad del bombonero que nos aturdía el oído con un “carameeelo... pastilla... bombón helaado... caraammeeelooo...”; o bien teniendo que salir con la premura de quien se encuentra en un barco que se está hundiendo por el temor claustrofóbico de quedar atrapados ante la extraordinaria rapidez con que los porteros cerraban todo por querer ganar tiempo para el sueño.

Espero de todo corazón que esto que vivimos no sea sino un intervalo, que no sea, ojalá el the end definitivo.

Miguel Angel de Boer


Nota: en el transcurso del relato he mencionado algunos nombres a modo de homenaje de tantos
que hicieron posible la realidad del cine en nuestra zona. Mencionaré a continuación algunos
otros que he podido rescatar mientras escribía el presente, ellos son: Enrique Soto, Teodoro
Villalobos, Sambón, Juan Pérez Sáinz, Pérez, que fueron acomodadores en distintas épocas;
Hugo Vidal, Ávila, Manuel Contreras, que creo, estuvieron en boletería; José Ángel Policastro,
el primer proyectorista del cine Coliseo y Manuel Lagos que fue el último; Francisco Ramírez (trabajó en la cabina en la década del 50); Martín Montenegro y también, José Caldas, el portero y Luis Medina, el caramelero.
A todos ellos: ¡GRACIAS!
 Nota 2: Si bien en la imagen´(de la calle San Martín, con el cine Coliseo) figura el año 1945, es muy posible que la misma corresponda a la década del 60´.


(*) Escrito y publicado en los medios gráficos cuando se produjo el cierre de los cines en Comodoro Rivadavia, en el año 1990. Incluido en el libro “Desarraigo y depresión en Comodoro Rivadavia (y otros textos) 1ª, 2ª y 3ª Edición. 

lunes, 18 de febrero de 2013

Celos



“I didn´t want to hurt you”
Jhon Lennon (Jealous guy)

                No recuerdo si alguna vez les conté que soy un poco celoso, bueno, algo más que un poco, para que mentir. En realidad lo debo haber sido desde antes de nacer pero me fui dando cuenta de a poco, a medida que iba creciendo, como algo natural, absolutamente natural.  Lo mismo que el hecho de ser envidioso, muy envidioso o vengativo, muy vengativo. Comparto en esto algo que me dijo un querido amigo de mi adolescencia, muy amigo. Soy tan vengativo, me dijo, que estoy rogando que alguien me joda para poder vengarme. Es algo que me da un placer único, más que coger, agregó. Yo, la verdad,  tan vengativo no soy, pero con los celos no sé.
 Como les decía, durante gran parte de mi vida  no les di mayor importancia. Los consideré como proporcionados a mi capacidad de amar. Es decir que si no me sentía tan celoso, era porque  tanto no amaba y viceversa. En fin, explicaciones que uno se da como para vivir más tranquilo. Cuestión que, ya desde chico, más de una vez me agarré a las piñas, sufrí de diarreas y reacciones alérgicas o bien padecí noches de tremendo insomnio debido a mis celos, pero hasta ahí, como dije, para mí todo normal.
La cosa empezó a generarme cierta sospecha patológica siendo ya más grandecito, bastante grandecito, sí.
Fue, como no podía ser de otro modo, a partir del cine, de la música, del arte.
Por ejemplo  de chico a veces me producía cierta inquietud que cada tanto, por dar un ejemplo, Marilyn Monroe tuviera una nueva pareja. Aunque reconozco que lo de Kennedy me puso un poco más que inquieto., pero de todos modos lograba entender que era su vida,  y seguía viendo sus films y sus fotos (sobre todo sus fotos;  no había videos, ni dvd, ni youtube en ésa época) sin mayores reparos.  Recuerdo algo parecido cuando  Sophia Loren se casó con Carlo Ponti, o  para dar un ejemplo más autóctono: cuando Bárbara Mujica se casó con Rovito. Yo no sé si porque era más ingenuo o porque sentía que tenía mucho futuro  por delante, lo cierto es que no era algo que alterara notablemente mi existencia. De algún modo lograba aceptarlo como algo legítimo, como la pareja de Natalie Wood y Robert Wagner o Tony Curtis con Janet Leigh,  Hepburn y Tracy, Grace y Rainiero, Montand con Signoret. La Coca Sarli con Armando Bo, o  Brigitte Bardot con Vadim antes de que se emputeciera, permítaseme el término, luego de actuar en  “Y Dios creó a la mujer…” Porque de ahí en más no me quiero ni acordar. (Aunque no me olvido que lo de  Gunter Sachs,  el “play boy” alemán, me puso muy, muy tenso,  ya avanzada mi adolescencia). Con el correr del tiempo la cosa se fue agravando.  Ya que lo mencioné a Kennedy,  aún tengo patente como la imagen de Jackeline se me fue metamorfoseando cuando lo de Onassis.  De lo linda que la veía  cuando estaba con John  y con los hijos, se fue transformando en un bactracio repugnante cuando la veía en el yate junto al choto de Onassis. Algo similar a lo que sentí con la loca de Mia cuando se calentó con el mafioso de Sinatra. También me incluyo entre los que sentí que Yoko era una  nipona amarilla aprovechadora y oportunista, que lo atrapó al idiota de John,  habiendo sido uno de los factores más importantes de discordia y de destrucción de los Beatles, y no sé si aún lo sigo pensando.
Yendo a ejemplos más cercanos, recuerdo como si fuera hoy el tremendo sobresalto que tuve con Melanie. Si, la Griffith. Y digo la porque no me sale de otro modo. No había película en la que ella actuara que yo no dejara de ver. Bueno, no todas. Porque en realidad me encantaba más ella, que su actuación y el modo en que componía los personajes. Me atraían su cuerpo,  sus labios, sus piernas, su voz. En fin: la veía espléndida, dulce, tierna, pero no me van a creer si les digo que empecé no solo a sentir un desasosiego, un malestar melancólico, sino un verdadero rechazo, cuando se enganchó con Banderas. Lo llamo así a propósito, por el apellido: Banderas. Porque también por él comencé a sentir una  repulsión casi incontrolable desde entonces. Es más, la náusea se fue extendiendo a todo lo que tuviera que ver con ellos. Desde ver las películas de Almodóvar, en una suerte de delirio casi sistematizado, al atribuirle que por haberlo descubierto al gallego (por que también le digo  así : “el gallego”, con minúsculas), con el tiempo posibilitó el romance. Hasta dejé de ver  Los Pájaros con el placer y el entusiasmo con que siempre lo había hecho y esto porque el verla a la Tippi (quien también me encantaba), la recuerdo a la puta de la Melanie. Disculpen el término pero empiezo a darme manija y no puedo parar. Sigo. Desde entonces la veo  (a Melanie)  cada vez más gorda, depresiva, avejentada, ojerosa.  Me parece que actúa para el culo y que lo único que le interesa es estar con él.  Con él me pasa lo mismo. Jamás pude, ni creo que vaya a poder  ver completo, por ejemplo, ese bodrio que es  El Zorro. Las pocas veces que vi algunas escenas, me parecieron ridículas, payasescas. El modo de moverse, de saltar., de usar el látigo. Todo. Un boludo me parece. Seguro  aceptó hacerla por necesidad de guita. De Melanie que no debe haber guita que le alcance, mas con las internaciones de desintoxicación que  necesita cada tanto. Ni  hablemos de cuando el gallego se hace el mariachi. Cantando de perfil  con la guitarrita o con la Salma saltando por los techos. Un pelotudo.  Hasta el nombre de la película me da asco: Desperado.
Bueno mejor bajo un cambio con esto porque me parece que me está subiendo un poco  la presión. Porque no es solamente con el cine que me pasa, de lo cual les podría dar decenas de ejemplos. 
Vayamos también por ejemplo a la música.
Es de no creer lo que pueden los celos. Mis celos. No sé si por la edad, por alguna pérdida de sinapsis neuronal  o que otro factor, porque a mí mismo no deja de asombrarme.
Tomemos el ejemplo de Shakira. Juro que no tengo ningún cd, ni mp3, ni nada que se parezca de ella,  porque nunca me sentí particularmente atraído por su canto. En todo caso algunos temas, la danza o sea como mueve el culo y eso,  pero nada que me fascine demasiado. Ahora,  cuando la colombiana esta se metió con el pelotudo de Antonito, para que les voy a contar. Empecé a sentir una atracción-repulsión por todo lo que tenía que ver con esta yegüita trepadora  y un odio y desprecio desconocido para con el puto hijo del forro de De la Rúa, que encima le manejaba la guita y los contratos.  Menos mal que no me gustaba porque si no vaya a saber qué me hubiera pasado y reconozco que  sentí una alegría irracional cuando se separaron y nuevamente un igualmente irracional malestar cuando se hizo botinera cuando se lo atracó a Gerard – otro gallego – Piqué. Ni hablar de cuando quedó embarazada.  Lo mismo con lo de la Bruni y el imbécil de Sarkozy. Miren que no  es que sea una de mis cantantes preferidas ni muchos menos, pero cuando me enteré que se habían enganchado y peor aún, casado, para que contarles. Ni que decir cuando tuvieron un hijo.
Distinto es el caso de Sinead O´Connor. De ella sí tuve todos sus cds, que escuchaba con admiración o me emocionaba al verla en sus recitales o clips, pero cuando me enteré que se desesperó por voltearlo a Gabriel (no me sale decirle Peter), no pude evitar que se impusiera un rechazo obsesivo. Desde entonces para mí ya no es más Sinead, sino La Pelada. Así, a secas. Aunque no hace tanto vi unas fotos donde está irreconocible y más que rechazo sentí algo de pena y ternura.
Vuelvo a las actrices que es con lo que más me descompenso.
Algo que me pegó mal fue cuando la reventada de la Sharon  (a quien les juro que admiraba e idolatraba con toda mi vida) estando medio mamada  se le tiró en público al forro de  Richard - alias “Ojitos siempre actúo igual” - Gere.  Otro idiota, que no sé que le vemos, porque yo  me incluyo porque con él me pasa lo mismo que con Michael Douglas: no me puedo perder una película en donde actúen.  Después los reputeo y me reputeo. El asunto es que  –sigo con lo de la loca de Sharon - cada vez que vuelvo a ver Casino (que tampoco la puedo disfrutar como antes), tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no recordar los episodios de esta calentona. Lo de episodios, así en plural, no es un error o  ¿cómo creen que me cayó el avance descontrolado que tuvo sobre Mica (para colmo argentino), un millón de años más joven que ella? Suerte que una vez alcancé a ver una foto de esta turra desmaquillada, que me calmó bastante.  Parecido a lo que me pasó con la putita de la Portman, que pasó de ser la tierna Mathilda de El Perfecto Asesino a una desaforada  insoportable cuando se obsesionó con el pelotas de Gael,  al que no dejaba ni a sol ni a sombra .Gaelito. Al que también me lo monté en un huevo y  que también, ¡cuando no!, tuvo que filmar con Almodóvar. Bueno, hablando de los que filmaron con el gordo, de Cecilia “yo no tengo prejuicios” Roth, preferiría no hablar. Cuando se enganchó con Fito me la banqué como un duque. Aunque disfruté bastante con el bardo que se armó con Sabina y demás, pero después con lo del pendejo de mierda que dice que se había enamorado, por favor. Yo la adoraba a esta degenerada. La adoraba. Ahora que me doy cuenta, pareciera que es toda una trama vinculada con el puto de Almodóvar, ¿no? Porque también lo asocio al tema de la Penélope con el enano  Cruise. El cienciólogo. Ja. (Otro del que no me pierdo una película, como un pelotudo). Después vino lo de ella con Bardem, gracias a Woody, pero lo tomé con una calma sorprendente. Esto porque tanto Bardem como Woody para mí son unos capos. Ahora que  lo nombré a Cruise  me acuerdo de la turra de la Nicole, y cuando digo Nicole también la asocio con la Neuman y  con todas las botineras reventadas como la Wanda  y tantas otras yeguas de ese palo.
En fin. Me dispersé un poco.
Estaba hablando de la Cecilia y Fito y me acordé cuando él se enamoró , je, de la drogadicta de la Celeste, y de inmediato la empecé a ver más hinchada, deformada, y a él a escuchar que cantaba cada vez peor. Nada menos. Algo parecido me paso con la Oreiro cuando se enganchó con Mollo, que no se puede creer el nombre que le pusieron al hijo, lo cual atempera mi malestar.
En realidad son minas que no me van ni me vienen, pero cuya actitud me afecta involuntariamente.  Por ejemplo ahora me acordé de la reputa de la Julieta -  'bueno chicas ya les conté varias anécdotas de películas... ¿quién se saca primero la ropita?' - Ortega, que siempre me encantó hasta que tuvo que contar la “anécdota” con Nicholson . 
Por suerte también,  seguramente gracias a una exitosa disociación o tal vez a una incipiente madurez, tengo en mi haber a quienes – como Scarlett, Keira, Naomi, Marion, Kate, Cate, Mónica, Marisa, Charlize, Anne, Jennifer, Julian, Rachel, Julia, Michelle, Malin, Julieta, Paola, Viviana; como antes  Jessica, Vanessa, Faye, Julie, Gina, Jeanne, Claudia, Rommy,Catherine, Shirley,  por solo nombrar algunas –  logro mantener protegidas de mis celos. Entre otras cosas, porque hago lo imposible para no enterarme de sus vidas privadas, y mucho menos  íntimas, con lo que mantengo un cierto equilibrio, gracias a que mis fantasías no sé ven tan amenazadas .
Porque en realidad al que más protejo es a mí mismo.
Porque me han sobrado y me sobran en mi vida real situaciones de celos que abarcarían cientos de páginas.
Con mi mamá, con mi papá, con mi hermana, con mis hijos, con las que fueron mis esposas.
Con mis primas,  con mis tías, con mis amigas, con mis novias, con mis amantes, con mis maestras, con mis profesoras.
Con mis amigos, compañeros, colegas y profesores.
Con mis terapeutas, con mis pacientes.
 Con mis gatos, con mis perros.
Con todo aquello que he sentido y siento como mío, aunque no lo sea.
Con todo aquello que siento que he amado y amo, tal vez  de un modo un tanto enfermizo.
Por eso, queridos y odiados celos,  bienvenidos a mi sufrimiento cotidiano. 
Porque parafraseando a Bion: no es lo mismo saber sufrir que ser un masoquista.
Con esto concluyo por ahora.
Siendo ya de noche, tengo en pensado ponerme a ver tele como lo hago hace algunos años, con una actitud preventiva, atento a hacer zapping ante cualquier escena celotípica que pueda arruinarme el día.
Porque parece que lo único que buscan es joderme la existencia.

Miguel Angel de Boer
Febrero  2009
(Actualizado en el 2013. Y seguirá actualizándose eternamente)