domingo, 17 de julio de 2011

La Puta

Ignoro cuanto tiempo había transcurrido desde que me arrojaron, después de molerme a palos en el Pasaje Santa Catalina, a esa oscura y helada celda en una seccional cercana al río, adonde me habían llevado para mantenerme aislado hasta que disminuyeran o desaparecieran las huellas de la tortura.
Acostado en un cama de cemento, sin nada mas que lo puesto, cada tanto me despertaba a los gritos desesperado por el dolor y los calambres, afiebrado y temblando de frío por las noches y empapado de sudor durante el día. Resistía con llantos y gemidos hasta que volvía a caer en una profunda inconciencia, la que, por suerte, me deparaba un verdadero sosiego en el medio de tan insoportable pesadilla.
Recuerdo que fue una de las noches, pues apenas distinguía donde estaba, que escuché un chistido desde la puerta de rejas que daba al patio. Me incorporé haciendo un tremendo esfuerzo y el que estaba en la puerta (que después supe que era un preso común, que así denominábamos a los que no eran políticos) me alcanzó a decir “tomá varón” a la vez que me tiraba una frazada a las apuradas. Sin poder creerlo, me envolví en la misma y me dormí con lágrimas de felicidad sumiéndome en, creo, un nuevo desmayo.
Así pasaron horas o tal vez días. Aún hoy no lo puedo precisar.
Solo sé que casi no podía moverme y tampoco quería pensar. Aunque no lograba evitar que surgieran, entremezcladas, imágenes de la Flaqui y mi preocupación por lo que pudiera estarle ocurriendo (ignoraba que ya la habían trasladado al Buen Pastor), de mis compañeros y de mi familia. Y también las de Raúl “Sérpico” Buceta (que recién empezaba su carrera de destacado torturador y que, recuerdo, en un momento me desafió a pelear con él mano a mano, enfurecido porque yo no hablaba y endurecía el abdomen cuando me pegaba. “Miren como pone durito, decía. Se ve que está preparado. Sáquenle las esposas y que pelee, a ver si es tan macho como parece” agregaba medio descontrolado. Por supuesto me negué, cosa que le dio mas bronca la cual descargó con todo gusto con sus golpes de karate), y la del comisario Telleldín, uno de los fundadores del Comando Libertadores de América, la triple A cordobesa, tipo malo, frío y calculador, que también me pegó hasta cansarse. Y las de varios mas cuyos nombres he olvidado.
De todos modos de a poco me iba recomponiendo, por lo que los momentos de lucidez se acrecentaban, y con ellos el dolor en todo mi cuerpo.
En otro momento me tiraron un paquete con un solo cigarrillo y un fósforo en la funda que lo recubría, lo que para mí, en esas circunstancias, era algo inapreciable, un tesoro inconmensurable.
En verdad no recuerdo con claridad como fue transcurriendo todo.
Lo cierto es que un día uno de los guardias me llevó hasta al baño donde pude orinar, aunque con sangre, en un inodoro que merecía el nombre de tal, cosa que en esas circunstancias era una maravilla. Y porque mi celda ya daba asco.
Cuestión que los presos se iban turnando para alcanzarme distintas cosas como agua, algo de comer o puchos. Todo de una manera fugaz cuando tenían patio o alguno pasaba para ir al baño, corriendo el riesgo de que los atraparan. Y lo digo con todo énfasis, pues fui testigo de los castigos brutales a los que eran sometidos cuando los sorprendían en falta. Y no pocas veces por la arbitraria y perversa descarga de alguno de los hijos de puta que estaban de guardia. O sea: porque si.
Habría pasado una semana por lo menos cuando, luego de que revisara el médico policial, me pasaron a una celda común, donde por supuesto, tuve que compartir con otros presos un espacio muy reducido y superpoblado.
Lo que viví esos días merecería un libro, como cuando tuve una tremenda diarrea y ante la negativa de la guardia para poder ir al baño, pese a los gritos que dimos todos, no me quedó otro remedio que cagar en una bolsa de plástico, mientras mis compañeros estiraban la cara, a las carcajadas, a través de las rejas para no descomponerse. O como cuando llegó un preso nuevo diciendo que lo habían detenido por haber matado a uno que intentó asaltarlo, y después el que estuve en tremendo apuro fui yo tratando de impedir que lo mataran a él porque los demás se salían de la vaina de la bronca.
Pero hay algo que jamás olvidaré y son las putas con las que compartíamos el cautiverio. Y sobre todo una de ellas que siempre tendré presente.
En la seccional, las putas iban y venían todas las noches. Las tenían a veces horas, a veces días. Las soltaban, volvían a encarcelarlas y así continuamente, en una rutina totalmente naturalizada.
Una noche me llegó, mediante el pase de cosas que se hacía de celda a celda a través de las rejas con una frazada, un regalo – que no recuerdo que era – con una pequeña carta de amor. Aún tengo presente que tenía faltas ortográficas, pero también que fue una de las mas profundas declaraciones de amor que recibí en mi vida. Tal su profundidad, su ternura, su fluidez y sinceridad. Recuerdo que la releí una y otra vez impactado por esas palabras que, en el medio de la incertidumbre, acariciaban mi alma con una calidez que iluminaba mi ser de alegría.
Así, comenzamos a escribirnos, y las cartas iban de celda a celda, ida y vuelta, y no solo yo, sino mis compañeros esperábamos ansiosos la respuesta. Porque ocurre que empecé a compartirlas en voz alta, cosa que sé que también hacía ella con las que yo le enviaba.
Y a cada lectura, el amor nos invadía a todos. Ellos escuchaban con suma atención cada palabra, y cuando concluía nos quedábamos todos en silencio, arrobados de sensaciones y fantasías que nos alejaban de la horrible situación en la que nos encontrábamos. Más de una vez, luego de una lectura, alguno se ponía a cantar con alegría y el aire parecía tornarse más diáfano a pesar de que estábamos tan hacinados que apenas podíamos movernos.
Recuerdo que solo la vi una vez, una tarde que las sacaron al patio y alguien me la señaló para que la conociera. Ella también me vio y me saludó con la mano y una sonrisa plena de felicidad. Luego de tantos años no puedo recordar su rostro, pero se que era muy linda y que me miró con una infinita dulzura.
Cuando anunciaron que me trasladaban a la cárcel de Encausados (de donde, luego de la huelga de hambre que hicimos en todas las cárceles del país, me llevarían a la Penitenciaría de Barrio San Martín), no pudimos despedirnos personalmente. Solo sé que las otras putas trataron de consolarla de todas las maneras posibles porque no paraba de llorar.
Lo último que le escribí fue un poema. No sin lágrimas y emoción tanto propias como las de mi compañeros de celda
Con el tiempo me olvidé de su nombre.
Nunca supe quien era y, por supuesto, tampoco nunca más supe de ella.
Pero para mi será, por toda mi vida, mi querida, adorada, inolvidable, Puta.

Miguel Angel de Boer
Junio, 2011

sábado, 11 de junio de 2011

FOURTEEN GLEAMS (and one more) (*)(**)


When the jaws of the abominable horror
thrust in her evil stink
ripping the native land groaning it
silently
frightened
indifferent
the petals started to forget about their beauty
tenderness crumbled down sadden
and with her
the happiness
the words
the thoughts
the dreams

And we were going alone
with fierce nightmares
tireless
unspoken
terrifying
without stars
or dawns
weaken of painless pains
shivering our souls
pretending ourselves
forgetting ourselves
inbeing ourselves


Life seemed to eternally die
and the emaciated kisses
fell
with those looks
into pieces
It was then
That
fourteen gleams
(and one more)
fourteen hearts
(and one more)
began
with fragile
small
tough
half braves


steps
rounded
the prodigious
invincible
boom
of spirit
of dignities
of justices
of truths
and of love
OF THAT LOVE
that cradled us
that cradles us
that will cradle us
forever.

Miguel Angel de Boer

Comodoro Rivadavia, April 30th, 2002

(*) To Madres de Plaza de Mayo, 25 years of the beginning.
Poem awarded in the XIX Argenitinian Congress of Psychiatry, of
Asociación de Psiquiatras Argentinos in 2003.

(**) Traducción realizada por el ENGLISH CLASS LANGUAGE INSTITUTE de Sandra Edwards. Colaboraron: Mauricio Ibarra, Vanina Ibarra, Mario Marques, Valeria Lorenzo, Celeste Meschio, Araceli Aguila, Daniela Ortiz y Mercedes Barrientyos de la Mea. A todos GRACIAS!!




CATORCE DESTELLOS (*)

(y uno mas)

Cuando las fauces del abominable horror
hincó su fetidez maligna
rasgando a la patria gimiéndola
enmudecida
espantada
indiferente
los pétalos comenzaron a olvidar su belleza
la ternura se derrumbó entristecida
y con ella
la alegría
las palabras
los pensamientos
los sueños

Y nos fuimos quedando solos
con feroces pesadillas
incansables
indecibles
pavorosas
sin estrellas
ni amaneceres
embotados de dolores indolentes
castañeando nuestras almas
disimulándonos
desmemoriándonos
insiéndonos

La vida parecía morir eternamente
y los besos extenuados
se caían
junto a las miradas aquellas
a pedazos
Fue entonces
Que
catorce destellos
(y uno mas)
catorce corazones
(y uno mas)
iniciaron
con frágiles
pequeños
tenaces
miedovalientes
pasos
en ronda
el retumbo
prodigioso
invencible
de corajes
de dignidades
de justicias
de verdades
y de amor
DE ESE AMOR
que nos acunó
que nos acuna
que nos acunará
por siempre.

Miguel Angel de Boer

Comodoro Rivadavia, Abril 30, 2002

(*) A las Madres de Plaza de Mayo, a 25 años del comienzo.
Poema premiado en el XIX Congreso Argentino de Psiquiatría, organizado por la Asociación de Psiquiatras Argentinos en el 2003




sábado, 14 de mayo de 2011

Mi hanno lasciato il tuo maglione verde (Me dejaron tu pulover verde)*



Mi hanno lasciato il tuo maglione verde

quando te ne sei andata.



Quell'estate si è portata via

il cielo tiepido che con le sue notti

ci riparava dal mondo intero nel nostro letto



Quanta gioia conosceva il mio desiderio

nel tuo sorriso

nei palmi delle tue mani

nei tuoi soffici capelli che percorrevano con delicatezza

tutto il mio corpo.



Mi hanno lasciato il tuo maglione verde

quando te ne sei andata



Lasciandomi il tuo aroma

che migliaia di volte,nel sentirlo,mi faceva quasi svenire

evocando il tuo sguardo

rimpiangendo la tua nudità

la trasparenza delle tue labbra

e quelle parole che il tempo non potrà cancellare.



Perchè né l'odio

né la tirannia della morte

sono riusciti ad allontanare il mio amore

nemmeno le mie carni dolenti cedettero all'intento

che mi venisse rubato il tuo ricordo



Mi hanno lasciato il tuo maglione verde

quando te ne sei andata

Ma non sono riusciti a portarti via

perchè starai con me

per sempre.


Miguel Angel de Boer


A Maria Haydée Rabunal,studentessa in medicina di Cordoba,amata sposa e compagna.
 
(*) Traducción de Marcela Filippi - Roma, Mayo 2011 - Gracias querida Marcela!!
  Foto: Mary y Miguel, año 72´ o 73´ aproximadamente

ME DEJARON TU PULOVER VERDE

Me dejaron tu pulóver verde

cuando te fuiste



Llevándose el verano aquel

el del cielo tibio que con sus noches

nos guarecía del mundo entero en nuestro lecho



Cuánta dicha encontraba entonces mi anhelo

En tu sonrisa

En las palmas de tus manos

En tus suaves cabellos recorriendo con ternura

todo mi cuerpo



Me dejaron tu pulóver verde

cuando te fuiste



Dejándome tu aroma

que mil veces olí desfalleciente

evocando tu mirada

añorando tu desnudez

la tersura de tus labios

y esas palabras que no podrá borrar el tiempo



Porque no pudo el odio

ni la avasallante muerte

desterrar mi amor

ni mi carne dolida cedió al intento

de que me robaran tu recuerdo



Me dejaron tu pulóver verde

cuando te fuiste

Pero no pudieron llevarte

porque estarás conmigo

para siempre.


Miguel Angel de Boer

A María Haydée Rabuñal, estudiante de Medicina, cordobesa, querida esposa y compañera.



jueves, 12 de mayo de 2011

Descuido

Me ocurrió el viernes, unos minutos después de las 10 de la mañana, antes de prepararme para ir al hospital. Como todos los días, me levanté temprano, estuve leyendo los diarios on line, bajando material, estudiando un poco. Ya me había duchado y desayunado. Aún no me había vestido. Con la ropa de salir quiero decir. Estaba con: camiseta, pantalón de pijama, medias y las pantuflas que uso en invierno. Como la noche estuvo ventosa y por la mañana temprano también, decidí pasar el escobillón para sacar el polvo acumulado en la puerta de entrada a casa. O de salida. O sea la principal, la que da hacia la calle, pequeño jardín de por medio. Se trata de una puerta metálica, muy maciza, con una también muy maciza cerradura, de esas que de afuera solo se pueden abrir con la llave. Cuestión que empecé a pasar el escobillón y a sacar la tierra hacia fuera. Pero como aún había algo de viento, el mismo la volvía es esparcir hacia adentro. Decidí entonces no sólo sacarla sino también esparcirla un poco más hacia afuera. Es decir a la pequeña parcela de césped que tengo a modo de jardincito. Entusiasmado barrí con rapidez y fuerza, para arrojarla lo más lejos posible. Fue entonces que - aún ignoro si fui lo hice en un descuido o pasó por algún golpe de aire - se cerró la puerta. Estando yo afuera, claro. Sin llave, claro. Sin nada con que abrir la puerta, claro. Sin celular. Sin nada mas que el escobillón en la mano y medio en pelotas. Con unos 12 grados de temperatura, o menos, viendo a la gente y los vehículos pasando por enfrente tratando de invisibilizarme. En una millonésima de segundo creo me dí cuenta de todo. En otra millonésima de segundo sentí primero un pequeño vahído. Un amague de desvanecimiento. Simultáneamente un deseo angustioso de llorar desconsoladamente. El mismo que no solo sentía sino que daba rienda suelta con todos mis pulmones cuando era chico, en cualquier situación que me superaba, sabiendo que de inmediato acudirían en mi auxilio y protección. Pero como ya soy un tipo grande no lo hago más porque me da mucha vergüenza. Fue entonce que, tratando de evitar la hiperventilación que, lo sé, anuncia un ataque de pánico, me dije que lo mejor era tratar de ver como lo resolvía. Por empezar no tenía sentido romper un vidrio pues casi todos son grandes ventanales y me parecía una solución muy reactiva. Y posiblemente costosa. Veamos me dije. La única persona que tiene una copia, está trabajando a más o menos dos mil kilómetros de distancia. No tengo su número de teléfono y si lo tuviera tendría que conseguir de donde llamar. Lo mismo para ubicar a un cerrajero. Bueno. Bien. Muy inteligente el planteo. Ahora, me dije, desde cual teléfono vas a llamar, señor inteligentón. Bueno, hay varias opciones, continué mi reflexión. En lo del vecino. En el centro odontológico o en la AFIP que están a cada lado de casa. En cualquier negocio de los que están enfrente, cruzando la vereda. Veamos. Lo del vecino es una buena opción. No tengo que exponerme tanto. A lo sumo me verán los que pasan por casualidad. Dicho y hecho. Salí, tratando de caminar como si estuviera normalmente vestido y toqué el timbre. Nadie respondió. Volvía a tocar. Nada. No están, concluí sagazmente. Bueno. A ver. Si voy al centro odontológico casi seguro que tengo que bancarme que me vean no sólo los que atiende, sino los pacientes que están esperando. Descartado. En la AFIP, una repartición pública, que aparezca su vecino psiquiatra, escritor, etc, en pijama, pantuflas, camiseta, diciendo que quedó afuera por descuido, puede motivar esas carcajadas como sólo suelen emitir los empleados públicos. Es decir, voy a convertirme en un hazmerreír de por vida, pensé. Paso. Me queda cruzar la calle e ir alguno de los negocios de enfrente. Si. Otra no hay. Bueno, si. Desaparecer o morirme de un síncope. Pero no. Vamos todavía. Con la misma decisión con la que debe actuar alguien que se tira por primera vez en paracaídas luego de un curso veloz, me ajusté el piyama y me dirigí a un negocio de artículos de belleza que está casi enfrente, en donde alguna vez compré algún jabón o alguna otra cosa. Había tres jóvenes empleadas. Creo que si hubiera entrado Bin Laden, no se hubieran impactado tanto. Yo, con la mayor naturaleza que puede tener un ser viviente les comenté, así como al pasar, lo que me estaba sucediendo. Adelantándome a cualquier inferencia, hipótesis o conclusión sobre mi persona, les fui describiendo mi atuendo, explicando porque no me había alcanzado a vestir, mientras ellas miraban ora mis pantuflas, ora mi camiseta, tratando, supongo de discernir, de organizar en su mente, dentro de sus posibilidades, lo que estaban presenciando y escuchando. Cuestión que luego de enterarme que no sabían de ningún cerrajero, de que al intentar entrar en Internet se percataron de que estaban sin conexión, y de que tampoco tenían una guía telefónica, les solicité con total naturalidad - volviendo a superar mi inminente crisis de llanto infantil que quería asomar- que por favor fueran a buscar una guía en algunos de los negocios próximos. Mientras una de ellas lo hizo, las otras siguieron acomodando mercadería, mientra yo interiormente rogaba que no entrara ningún cliente, que en general suelen ser clientas. Ya con la guía en mano llamé al cerrajero y luego de agradecer, también con absoluta naturalidad, a las amables y perplejas damas, crucé nuevamente a casa a la espera de mi salvador. También lo llame a Gaby, el secretario del hospital, avisándole que no iba a poder ir al servicio contándole lo que me estaba pasando. Casi me destroza el oído con la carcajada que largó y supongo que, a esta altura, todo el hospital debe estar enterado de lo que me pasó. Pacientes incluidos. Sigo. Como mencioné estaba muy frío, pero por suerte en ese momento asomó el sol durante unos minutos, lo que me evitó congelarme mientras aguardaba. Obviamente los minutos me parecían horas, por no decir meses. Acompañado de fantasías y dudas como “vaya a saber si viene”, “habrá anotado bien la dirección” y cosas por el estilo, referidas al cerrajero. Pero cuestión que llegó. Mi primera intención fue saltar y abrazarlo llorando de alegría. Ya, en ese momento, estar medio en pelotas no me significaba ningún tipo de incomodidad. Cosa que no fue lo mismo para el cerrajero. De lo que me dí cuenta cuando por la forma en que me miró. Pero no sé que cara habré puesto porque me saludó y comenzó hablar como si yo estuviera vestido de traje y corbata. Tal su indiferencia a mi precaria, por no decir ridícula, caricaturesca, presentación. Ahí nomás se puso a trabajar y yo pensé: salvado. Error. Transcurrían los minutos, para mí horas, y no lograba abrir la puerta. Yo lo veía metiendo alambres, destornilladores y distintos implementos, de esos que parecen tan simples pero que solo saben usar los que saben, sin resultado. Luego de no sé cuanto tiempo, vi que tomaba un martillo dispuesto a desvencijar la cerradura, y en un rapto de lucidez desesperada le sugerí, a tiempo, que antes probara con la puerta del garage. Con un brillo de alegría en la mirada al ver que era otro tipo de cerradura, más simple, supongo, fue y la abrió en un santiamén. La alegría nos desbordó a ambos y estuvimos a punto de abrazarnos, pero por suerte no lo hicimos. Porque cuando abrí la puerta, que se abre para afuera, quedaba apenas una hendija, porque mi coche estacionado en la entrada, impedía que pudiera abrirse más. Es decir, como para que pudiera pasar yo o el cerrajero. El espacio era ideal para un niño no muy obeso o para un enano no muy grande. Pero no para ninguno de nosotros. De modo que teníamos una puerta abierta inútilmente y la otra cerrada. Es en esas situaciones que uno siente que los años no pasan en vano. Que si se ha sobrevivido a peripecias tales como una dictadura, o tantos sinsabores, como uno se va a poner a llorar porque no puede entrar a su propia casa quedando afuera medio en bolas, cagado de frío y acompañado de un cerrajero que no puede abrir una cerradura. Y seguramente a él le pasó algo parecido. No sé si porque se dio cuenta de mi desesperación o mas bien a mi incipiente pero notable abatimiento. O tal vez porque escuchó el gruñido lastimero de mi perro, Boogie, que lógicamente quedó atrapado adentro sin entender nada. Que iba de puerta en puerta seguramente creyendo que todo era un juego, hasta que se dio cuenta que el tiempo pasaba y comenzó a inquietarse. El asunto es que no sé porqué motivo el cerrajero arremetió contra la cerradura nuevamente y en apenas unos pocos minutos pudo abrir la puerta. Le agradecí como se puede a agradecer a alguien que nos salva la vida luego de días de estar flotando en una balsa a la deriva. Le pagué con yapa y volví, feliz, a la tranquilidad de mi hogar. Ya era como la una de la tarde.Todavía tenía que ir trabajar a mi consultorio. Me sentía tremendamente dichoso, tremendamente agotado, tremendamente pelotudo y la verdad: todavía me parece mentira lo que pasó. Además de increíblemente gracioso. Por eso me decidí a escribirlo. Y a compartirlo

Je.

Miguel Angel de Boer

Comodoro Rivadavia, Mayo 8, 2011



jueves, 28 de abril de 2011

CATORCE DESTELLOS (y uno mas) (*) (**)



Cuando las fauces del abominable horror

hincó su fetidez maligna

rasgando a la patria gimiéndola

enmudecida

espantada

indiferente

los pétalos comenzaron a olvidar su belleza

la ternura se derrumbó entristecida

y con ella

la alegría

las palabras

los pensamientos

los sueños

Y nos fuimos quedando solos

con feroces pesadillas

incansables

indecibles

pavorosas

sin estrellas

ni amaneceres

embotados de dolores indolentes

castañeando nuestras almas

disimulándonos

desmemoriándonos

insiéndonos

La vida parecía morir eternamente

y los besos extenuados

se caían

junto a las miradas aquellas

a pedazos

Fue entonces

Que

catorce destellos

(y uno mas)

catorce corazones

(y uno mas)

iniciaron

con frágiles

pequeños

tenaces

miedovalientes

pasos

en ronda

el retumbo

prodigioso

invencible

de corajes

de dignidades

de justicias

de verdades

y de amor

DE ESE AMOR

que nos acunó

que nos acuna

que nos acunará

por siempre.



Comodoro Rivadavia, Abril 30, 2002



(*) A las Madres de Plaza de Mayo, a 25 años del comienzo.
(**) 28 de Abril 2011:  se cumplen 34 años de la primera ronda


Poema premiado en el XIX Congreso Argentino de Psiquiatría, organizado por la Asociación de Psiquiatras Argentinos en el 2003 y publicado en “Poemas y Canciones” Ed. Ultimo Reino - 2003 - Ciudad de Buenos Aires - Argentina







viernes, 22 de abril de 2011

LA ULTIMA TENTACION DE CRISTO (•)


"Cristo te amo

no porque bajaste de una estrella

sino porque me enseñaste

que el hombre es un Dios

Y aquél que está a tu izquierda en el Gólgota

el mal ladrón

también es un Dios"

(Poema atribuido a Ernesto "Che" Guevara. Escrito en Ñancahuazú, Bolivia)





Quien haya tenido oportunidad de ver el hasta ahora "auto-censurado"(?) film de Martin Scorsese, convendrá en que es una bella y conmovedora película.

Más allá del rigor histórico (¿acaso tal cosa será posible con la figura de Cristo?) y tal cual lo ha aclarado su director y también el autor de la novela Nikos Kazanzakis, el relato despliega, en contenido e imágenes, una tierna mezcla de devoción y respeto.

Porque lo que nos muestra Scorsese no es sino - nada menos - que la lucha entre los aspectos humanos y divinos de Cristo, que si bien - en una lectura hecha, si se me permite el término, de mala fe - puede afectar los sentimientos de almas intolerantes, el modo en que está planteado el desarrollo del conflicto, hace de este Cristo (tantas veces llevado a la pantalla) un ser creíble, en tanto lo acerca, piadosamente, a la realidad de la vida humana.

Desde el comienzo al final Jesús se debate - atravesado por el dolor inefable de los elegidos - entre los deseos y apetencias de su naturaleza como hombre y el llamado divino a cumplir con su misión.

Pero ¿No es esta la lucha en que está sumido la especie humana toda, entre el amor y el odio, el egoísmo y la solidaridad, la destrucción y la creatividad?

Porque no es sencillo para este Cristo, como tampoco lo es para el pobre Judas ( “Dios me dio el trabajo más fácil", le dice Jesús cuando lo conmina a traicionarlo) cumplir con el mandato que se le instaura. Debe descubrir y aceptar, en la infinita soledad y desamparo que esto implica, que es el Mesías.

No se trata del simple cumplimiento de una imposición garantizada en su desenlace. No basta el que sea reconocido por Dios, sino que debe poder reconocer ese reconocimiento. Esto significa - y en esto radica la fuerza del relato - que su decisión es el producto de un arduo esfuerzo que debe realizar por sí mismo ("no te pedí ser elegido", dice), para así lograr la renuncia a sus aspectos carnales, terrenales, en pos de la expiación ineludible, no para divinizarse él mismo, sino para divinizar al ser humano todo. ("Para juntar a Dios con el hombre" explica, y se explica)

Más no en un sacrificio vano, como una víctima inocente e ingenua, sino como ofrenda libremente elegida, con conciencia y responsabilidad plena del acto asumido.

Y en esto Scorsese logra transmitir lo que es - entiendo - el misterioso, por lo inescrutable, testimonio encarnado en la historia: lo divino cobra su real dimensión (se realiza) en tanto se enraíza en la maravillosa existencia humana, del mismo modo que lo humano - la carne, el cuerpo - adquiere su verdadera significación en la medida en que accede a una proyección espiritual, simbólica.

El cuerpo y el alma así, no se contraponen sino que se integran, en tanto aspectos de una dimensión que hace del ser humano, una regocijante empresa que busca ser reafirmada en su trascendencia.

Así como Adán, según la historia bíblica, hubo de renunciar, a partir de una Tentación - también - al paraíso (espiritualidad pura ) para fundar la cultura humana , Cristo debe renunciar a su historicidad terrenal ("Padre del cielo y de la tierra - dice dirigiéndose a Dios, momentos previos a su muerte - el mundo que creaste y podemos ver es hermoso, y el mundo que no vemos también, perdóname por no saber cual es más hermoso") para acceder El - y por El todas las criaturas vivientes - al reino de la salvación. Su "Ultima Tentación" es la más difícil de soportar, pues debe abdicar, sacrificar, en la cruz, su condición humana.

Próximos a la Navidad, en estos tiempos donde el individualismo, la codicia, la ausencia de una moral y una ética solidaria, la "divinización" de lo material, son la "terrenalización" que se nos impone ( y nos "tienta"), la historia que nos muestra Scorsese es el testimonio de un hombre-divino, Cristo, que nos muestra que sólo en tanto reconozcamos la inmensa potencialidad espiritual que tenemos, a pesar de nuestra pequeñez y nuestras limitaciones, que sólo en la medida en que ejerzamos la misericordia hacia nuestros semejantes, seremos también misericordes con nosotros mismos.

Y que en nuestro amor, en nuestra sed por la libertad y la justicia, se acrecienta - en la misma medida - nuestro espíritu, haciéndonos, a la vez, más humanos y más divinos.



Dr. Miguel Angel de Boer



(•) Texto leído con motivo de la presentación del film del mismo nombre en el Ciclo de Cine organizado por la SADE, Comodoro Rivadavia. Publicado en Diciembre de 1996.