lunes, 24 de marzo de 2014

2 el 22



Dos tremendas e inolvidables experiencias fueron las que vivencié el 22 de Octubre del 2013 en la ciudad de Córdoba, Argentina. Una: la asistencia a la audiencia 90 del juicio por delitos de lesa humanidad en la Megacausa La Perla, la otra: mi tercera visita a la D2 (Departamento de Informaciones) donde me esperaban para entregarme documentación que habían encontrado.

I – La Audiencia
Llegué a eso de las 9.30 y en el hall de entrada se encontraban los familiares de Vaca Narvaja  y algunos otros más con quienes me presenté y saludé con mucha emoción, en particular con uno de ellos que es un colega psiquiatra quien me comentó, entre otras cosas,  que ya no ejercía más porque se había jubilado. La fila iba creciendo de a poco al mismo tiempo que mi inquietud por encontrar alguna cara conocida, junto a la emoción de lo que iba ser mi primera vez en asistir a un juicio de estas características.
La entrada a la sala se iba demorando por lo que la ansiedad y tensión por entrar se percibía en los rostros, en algunas risas que me resultaban familiares o en la distracción – y tal vez necesidad en algunos – que implicaba servirse de la mesa que ofrecía una merienda, ubicada en una de las esquinas.
En tanto me trataba de imaginar cómo sería estar a metros de los genocidas, recordando más con sensaciones que con imágenes muchas de las cosas que había vivido en aquellas épocas. Pero mucho más predominaba mi interés en observar y tal vez tratar de sentir empáticamente lo que le acontecía a los demás, escrutando rostros y gestos, tal vez para sentirme más acompañado.
En un momento nos hicieron pasar y el silencio fue imponiéndose a medida que entrábamos y nos íbamos ubicando en las butacas. Mientras lo hacía, me resultaba increíble ver - en la primera mirada que le di al sector donde estaban los acusados,  detrás de una divisoria de vidrio -  nada menos que Menéndez, al “Nabo” Barreiro, Diedrichs y a Vergés, entre otros. También a una mujer que en ese momento no supe identificar por su nombre y que después recordé que era Antón.  Habían muchos más a los que trataba de ir reconociendo, en tanto mi mente hacia lo posible para asimilarlo a la vez que mantener el registro de lo que se constituía en uno de los acontecimiento inéditos de mi vida, cual era “ver por mis propios ojos” a uno de los grupos de seres humanos, seres humanos si,  de los más crueles, sanguinarios y terroríficos de la historia.
La sola descripción de todo lo que pude escrutar en ellos me demandaría hojas enteras. Si bien estaba ubicado a un costado la escena que se presentaba parecía onírica. Se los veía con una tranquilidad asombrosa. Como cumpliendo un trámite intrascendente. Algunos conversaban entre ellos. Otros leían. Los más estaban callados semidormidos. Incluso alguno de ellos se durmió en el curso de la mañana. Vergés como de costumbre haciéndose notar, parándose, caminando, hablando en voz alta al punto que un miembro del jurado hubo de llamarle la atención. El “Nabo” Barreiro saludando con los dedos en V y luego inspeccionando notas y, aparentemente, intercambiando ideas con el que tenía a su lado. Parecían un grupo de PAMI  de vacaciones al cual le había tocado ir a un teatro en el recorrido del día. Estarlos viendo y asociarlos con lo que motivaba nuestra presencia allí, cual es el de ser acusados por crímenes aberrantes, me requería de un esfuerzo que lindaba una sensación despersonalizante, enrarecida.
Mucho más cuando comenzó el testimonio de Mario Ferrero en relación al secuestro de su hermano José, de cómo se enteró, el peregrinaje por las morgues (con la tremenda  descripción de sinnúmero de cuerpos apilados, mutilados), el dolor y desintegración de la familia, la lectura de un poema de Juan Chabrol (desaparecido junto a su hermano) que escribió siendo adolescente y sus palabras finales dirigiéndose a los genocidas : “Voy a mirar a las personas sentadas en el banquillo de los acusados –manifestó al terminar su declaración-, para pedirles que si les queda un resto de humanidad digan dónde están los restos de los familiares y digan dónde están los nietos. Las abuelas tienen poco tiempo ya y necesitan encontrar sus nietos”. Todo ante la mirada y el silencio indiferente de los acusados en contraste con la emoción, la angustia y el dolor de familiares y compañeros de las víctimas, que nos mirábamos unos, se tomaban de las manos otros, palpitaban nuestros corazones al unísono para sostenernos ante tamaña afrenta a la dignidad humana. También algunos de los acusados se retiraron del recinto, regresando algunos y otros no, haciendo uso de un derecho que les corresponde. Uno de los que se fue al comenzar y que no regresó fue Menéndez.
Luego escuché el testimonio de Gonzalo Vaca Narvaja  que relató cómo siendo un adolescente presenció el secuestro de su padre, el abogado Miguel Hugo Vaca Narvaja, y la brutalidad conque actuó la patota en la casa de Villa Warcalde donde vivían. Luego la odisea de la familia para poder exiliarse, el asesinato de su hermano Miguel cuando estaba prisionero en la cárcel de Barrio San Martin (lugar donde también estuve preso) en un simulacro de fuga, el enterarse muchos años después que al padre le había cortado (sic) la cabeza la cual fue encontrada en una bolsa por los hermanos Albrieu, en fin, el horror en toda su plenitud.
Yo escuchaba y miraba a los acusados a la vez que recorría mi mirada por la sala para compartir el momento, indescriptible por el contraste, con los que estábamos presentes. La crueldad por un lado, el dolor por el otro. Toda la historia se agolpaba en mi mente, pues entre los acusados seguramente estaban algunos de mis victimarios, pero lamentablemente no recuerdo sus nombres luego de tanto tiempo y aún no he podido acceder a los expedientes.
Imposible trasponer en palabras las imágenes, recuerdos, pensamientos, sensaciones que se agolpaban pero aún recuerdo las palabras de Vaca Narvaja cuando mencionó que no tenía una palabra para “en que categoría poner a estos tipos.



Añadir leyenda
Añadir leyenda



II- La visita a la ex D2
Por la tarde del mismo día fui con mi hijo al Archivo Provincial de la Memoria (ex CCD2), lugar siniestro si los hubo, porque justo antes de viajar a Córdoba recibí un llamado de Gonzalo Parodi para comunicarme que habían encontrado nueva documentación en relación a nuestra detención (con Mary, que después fue trasladada a la cárcel del Buen Pastor, y dos compañeros más que recobraron la libertar inmediatamente) en ese lugar.
Cuando llegamos - yo era la tercera vez que lo hacía, de la vez anterior di cuenta en http://lasbabasdelangel.blogspot.com.ar/2012/06/visita-la-ex-d2 - me sentí muy distinto a las otras veces. Con más calma, sin percepciones persecutorias y, algo que jamás pensé que iba a superar, sin miedo. Luego de tantos años de terror, de pesadillas, entraba a “ese lugar” del Pasaje Santa Catalina sin el menor atisbo de miedo. Maravillas de la vida y de lo que puede la reparación aunque cueste.
Nos recibió Gonzalo con su habitual calidez y respeto y pasamos a una de las dependencias donde empezó a mostrarnos la documentación que habían podido recabar desde la última vez que estuve allí. Yo esperaba que tuviera copias de mi prontuario y/o de los expedientes judiciales con mi causa, cosa que me dijo no fue posible. Pero a cambio, me mostró y entregó copia de las constancias de las órdenes de captura que habían librado para la Flaqui (*) y para mí, una de las cuales caducó recién el año 1982, cosa de la que no tenía la menor noticia hasta ahora. La impresión que tuvimos nos dejó sin palabras. Yo hice una recopilación de todo lo vivido hasta ese entonces si saber que estaba siendo buscado y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Ya en alguna oportunidad escribí y publiqué “Breve relato de mis visicitudes como terapeuta durante la dictadura militar” (que se puede leer en http://www.lafogata.org/madres/breve.htm,  pero que estoy corrigiendo y ampliando), y quien lo lea se dará cuenta de lo que estoy transmitiendo. Ahora, nuevamente me enteraba, a décadas de mi detención, que sigo vivo por circunstancias que nunca terminaré de entender, donde mi lucidez, experiencia, la solidaridad de tantos no fueron ajenas, pero el azar, la contingencia, tampoco. También habían copias de documentos, como la libreta del secundario de Mary, que era increíble estarlos viendo. Tomé las copias, conmovido y con gratitud hacia el Archivo y tomamos aire, en silencio, tratando de asimilar tantas emociones juntas.
Luego recorrí con mi hijo, papeles en mano, los lugares donde me habían tenido, donde le iba explicando lo acontecido.
Cuando salimos, tuve la plena sensación, la incomparable vivencia, de que ya no estaba más en manos de mis victimarios, recobrando ahora sí, mi añorada libertad.


Miguel Angel de Boer
Comodoro Rivadavia, Marzo 24, 2014. A 38 años del golpe.

(*) http://lasbabasdelangel.blogspot.com.ar/2011/08/la-flaquita.html






jueves, 20 de marzo de 2014

Si todo hubiera salido bien



Si todo hubiera salido bien
tal vez el sol sería más brillante
o no habría ningún niño llorando de hambre

Si todo hubiera salido bien
no existirían muros con nombres que duelen como suele doler el dolor no dolido
ni el 24 ni el 12 ni el 6 ni ningún otro día nos retorcerían las vísceras de pena

Si todo hubiera salido bien
no  sé si el mundo sería tan justo y bello como lo soñamos miles de veces
con hospitales vacíos de tanta salud y escuelas llenas de alumnos y maestras felices

Si todo hubiera salido bien
no nos estarían explicando lo que pasó y en vez de andar rodando por este mundo tan afantasmado y delirante que a veces parece mentira

Si todo hubiera salido bien

No sé qué sería de nosotros hoy

Pero vos estarías
ellos estarían
yo estaría
                (y estoy)

Con el alma intacta

Viviendo la vida como hay que vivirla
como siempre la vivimos
viviéndola
viviéndo
la

Miguel Angel de Boer

Buenos Aires. Octubre 21. 2012

A 38 años, el 24 de Marzo, del golpe y la instauración de la dictadura genocida en Argentina.

sábado, 8 de marzo de 2014

Evocación (*)


Remoto el amor que alguna vez habitó
las arenas de mi vida
invisible me exhorta
a contemplar fecunda
la desnudez que añoro

Aguarda en mi lecho
mudo
de secretos futuros
las formas embriagadas de su cuerpo
Invernando la luz
Nutriendo un nacimiento
Congregando dulzuras despojadas de tormentos

Rememoro imperecedero
mi ermitaño grito
que no desfallece en su aliento
a la espera del aroma
que aventará mis tristezas
y los cabellos que desperezarán
mi canto desgarrado

Se estremece mi armadura
asediada por el tiempo
Silencioso y crujiente mi anhelo
en el confín de su repliegue
clama por el cuenco añorado
de las lunas entreabiertas de sus  pechos

Abatido el odio
estéril en su intento
exiliado de mi carne sufriente
Se hospeda en mi alma la deuda
que discurre incorruptible
evocando las pupilas de aquellos ojos bellos

Miguel Angel de Boer

(*) Publicado en “Poemas y canciones” Ediciones Ultimo Reino – 2003 - Buenos Aires, Argentina

viernes, 20 de diciembre de 2013

Los fines de año


 “Este año otra vez se me pasó volando”, “todavía no saqué el arbolito del año pasado” o “en casa ya ni lo armamos”, son algunas de las expresiones que suelen escucharse a medida que nos vamos acercando a “las fiestas”.  El fin de año, que llega casi abruptamente por un transcurso del tiempo que percibimos cada vez más acelerado, nos impone - también vertiginosamente -  la irreductible certeza de nuestra finitud y la de nuestros seres queridos, es decir, de aquello que tal vez sea lo único verdaderamente esencial para darle significado a nuestra existencia.
                Cierto que el fin de año también es época de sueños, esperanzas y renacimientos, pero es a otros aspectos a los que voy a referirme. No por melancólico, sino porque son los que posibilitan que en los fines de años se expresen estados de ansiedad y estrés, pánico, fobias, irritabilidad, intolerancia, conductas de riesgo, accidentes, abuso de consumo en todos los órdenes y los más diversos conflictos y descompensaciones. Es decir, todo lo contrario a un encuentro de paz, reflexión y alegría (que no lo es la euforia maníaca) que correspondería a la celebración de la vida a pesar de sus sinsabores.
                Es que al aproximarnos a  estas fechas  las vivencias de las pérdidas se acentúan. Sean económicas, de salud, familiares (separaciones, fallecimientos) o académicas. Sean reales o simbólicas. Los duelos (lucha, dolor) cobran una intensidad distinta a la de otras épocas del año, por lo que quienes atraviesan estas circunstancias (¿quiénes no?) deben afrontar ahora con toda su crudeza el proceso emocional y afectivo que esto conlleva. Los que no están lo están menos, hay lugares vacíos en la mesa, las ausencias no se pueden enmascarar, las lejanías se acentúan. La soledad o los sentimientos de soledad se tornan mucho menos tolerables, todo lo cual suele conducir a la depresión y el aislamiento, a una mayor vulnerabilidad.
Tiempo de evaluación y de balances, de lo que se logró y lo que no. Los problemas no resueltos reclaman con urgencia su plena satisfacción, las demandas se desbordan, las tensiones buscan su descarga perentoriamente. Así, las recriminaciones, las acusaciones, los “pases de factura”, los resentimientos, las culpas, los autorreproches, se van imponiendo involuntariamente, obsesivamente.  De ahí las conductas impulsivas, la agresividad en todas sus formas, la violencia, como expresiones de la impotencia, del sufrimiento, del dolor. Por el incumplimiento de expectativas y decisiones que no han sido realistas o bien porque a veces las cosas salen mal. Se trate de un infortunio amoroso, una mudanza desafortunada o un conflicto laboral o político resuelto insatisfactoriamente.  Claro que todo depende de las circunstancias que a cada uno le toca en suerte vivir,  pues no es lo mismo perder en un negocio en la bolsa que padecer una injusticia o ser víctima de un delito o una discriminación.
Las exigencias que la cultura del éxito y la satisfacción consumista imponen, no dan lugar a la frustración, al error, a las duda, a la tristeza, al fracaso, sino que por el contrario deshumanizan la existencia vaciándola de su contenido primordial, cual es el crecimiento a través de la experiencia y el aprendizaje. Imperativo consumista que, potenciado por la anomia y los modelos de inmoralidad que se exhiben con total impunidad, motorizan un “vale todo” que exacerba aún más al individualismo por sobre la solidaridad, a la destructividad por sobre la capacidad de pensar  y actuar creativamente.
Es por ello que para muchos el anhelo es “pasar las fiestas lo más rápido posible”, como modo de atemperar el momento de fragilidad que los atraviesa.  Así como para otros es una oportunidad de encuentro y afianzamiento.
Lo dable para todos sería la integración, el reconocimiento de lo que fue y lo que es: un año más y un año menos. Comprender que es a partir de la aceptación - que no equivale a gusto - de la realidad es posible su transformación.
Que la vida, pues de ella estamos hablando, está para ser vivida. Mancomunadamente.
                Lo que implica sumergirse en todo lo que ella nos brinda para a la vez poder brindarnos a ella, enalteciéndola. Enalteciéndonos.
               
                Dr. Miguel Angel de Boer

                Diciembre, 2013

lunes, 25 de noviembre de 2013

"Yo me vine a atender..." (*)


“…Yo me vine a atender doctor porque me siento mal y no desde ahora sino desde hace mucho tiempo depresión creo que tengo desde chica me parece porque cada vez tengo menos ganas de vivir y siempre estoy enferma y no me encuentran nada ni en los análisis ni en las tomografías  la cabeza me duele toda esta zona y también mareos apetito no tengo como por obligación y si dormir no duermo muy bien pero ya estoy acostumbrada pero vine porque hace como dos meses estoy con una idea que yo no quiero tener y  que ya no son solo ganas de morirme sino que empecé a pensar en eso en el suicidio y no quiero doctor imaginesé pero es que ya estoy muy cansada me duele el estómago también me dijeron que era gastritis pero no me hacen nada los tratamientos porque yo creo que son los nervios por tantos problemas si de familia y la plata que no alcanza mis hijos ya son grandes pero los problemas no terminan y yo de chica como le dije siempre tuve problemas mi mamá también fue muy sufrida como yo éramos muchos hermanos y ella pobre hizo lo que pudo sobretodo aguantarlo a mi papá que la trataba muy mal le pegaba y la insultaba pero ella por nosotros aguantó siempre por eso la quiero tanto y nosotros también le teníamos miedo a mi papá porque nos asustaba bueno si a veces también nos pegaba menos a uno de mis hermanos que le hacía frente era muy malo mi papá pero era le bebida que lo ponía mal en el fondo nos quería pero yo después seguí adelante y cuando pude me fui de mi casa bueno si conocí a mi esposo me casé y me fui y formamos una familia tengo varios hijos que ya son grandes por suerte porque me costó mucho criarlos prácticamente sola porque no soy de acá y mi familia está lejos y nos vemos muy poco nunca me imaginé que iba a venir a vivir tan lejos pero fue por el trabajo de mi marido que es muy trabajador nunca nos hizo faltar nada todos los chicos terminaron el secundario y ahora trabajan menos una de las chicas que se casó y no tuvo necesidad porque el marido está en el petróleo como le decía mi marido es muy cumplidor si a veces es de un carácter fuerte es de gritar cuando algo no le gusta y a mí eso me altera un poco los nervios no me termino de acostumbrar ojalá hiciera como mi hijo del medio que no le hace caso pero él igual sigue gritando a mí me hace acordar a mi papá creo que por eso me da tanto miedo se enoja y grita y grita y yo lo único que espero es que se le pase así me puedo tranquilizar y muchas veces después quiere tener sexo y con eso se calma yo hace mucho que no siento nada pero como sé que  se tranquiliza no me cuesta ya estoy acostumbrada además hace tiempo me ligaron las trompas porque a él nunca se quiso cuidar por suerte eso si le digo nunca  me pegó alguna que otra cachetada pero yo siempre me sentí con culpa porque fue por algo que yo sabía que le iba a caer mal como arreglarme demasiado o usar maquillaje porque es muy celoso hasta de mis hermanos o de las visitas que no quiere que vengan mis amigas ni mi familia pero fui aprendiendo como llevarlo más por mi hijos para que no tuvieran que presenciar esas escenas porque si uno sabe llevarlo es tranquilo solo que tiene costumbre de gritar y a mí me pone muy mal no sé porque no puedo no hacerle caso y me siento como una estúpida además que haría sin él porque es muy inteligente le consulto todo como si pensara por mí y porque fuera de eso lo demás está bastante bien vio y yo si alguna vez pensé en separarme ya a esta edad  que voy a hacer ya voy para los cincuenta ya si no fuera por esta depresión y el zumbido en oídos ah y que me atraganto doctor como si tuviera algo atravesado en la garganta como le decía si no fuera por estos síntomas sobre todo esa idea de matarme la verdad es que no tengo mucho de que quejarme….”

Miguel Angel de Boer
Noviembre 25, 2013 - Día Internacional de la no violencia contra las mujeres-


 (*)  Cualquier similitud con la realidad no es una mera coincidencia

viernes, 22 de noviembre de 2013

El estigma en salud mental


A pesar de los avances que hay en el conocimiento, diagnóstico y tratamiento de los padecimientos mentales;  de la mayor información, divulgación y conciencia que día a día se van instalando en la sociedad, mucho es  lo que aún queda por hacer en el campo de la salud mental.
El aumento creciente de las distintas patologías tales como la depresión, la ansiedad en sus distintas variantes (ansiedad generalizada, pánico, TOC, fobias, estrés), el abuso de sustancias, las psicosis, las demencias, los trastornos de personalidad, entre otras, parece no tener fin, lo cual tiene una directa relación con el agravamiento de los múltiples factores intervinientes (básicamente la complejidad del mundo actual), como asimismo con la inadecuada o muy limitada respuesta que se brinda desde los ámbitos (estados, gobiernos, instituciones)  a quienes les corresponde la mayor responsabilidad.
            A esto se suma – o subyace – una de las dificultades fundamentales con las que se vincula esta problemática cual es el de la estigmatización (marca o señal) tanto  de las distintas patologías como de quienes las padecen. Lo que implica una significación y valoración altamente negativa, de rechazo y discriminación, con la consecuente incomprensión y aislamiento en que sienten sumidos, además del dolor propio de su sufrimiento.
            Problema de vasto alcance si tenemos en cuenta que según datos de la OMS (Organización Mundial de la Salud) el 25%  (1 de cada 4 personas) de la población mundial tiene algún tipo de padecimiento y se calcula, entre otras proyecciones, que para el 2020 la depresión será la segunda causa de discapacidad en el mundo. A esto podemos agregar un dato que vale la pena considerar: no hay nadie exento de tener, en algún momento de su vida, un episodio, un conflicto o una complicación relacionados con su salud mental. Esto sin considerar que la atención psicológica y/o psiquiátrica abarca también situaciones  tales como las crisis vitales (los cambios inherentes al curso de la vida) y tantas otras que sin ser patológicas, con una asistencia oportuna, no solo que se pueden resolver favorablemente sino también potenciar el crecimiento personal y, en consecuencia, evitar una evolución desfavorable, que es lo que ocurre habitualmente al no ser consideradas como un motivo de consulta válido.            
Desde tiempos pretéritos los prejuicios, las estereotipias, las creencias erróneas han ido conformando una construcción negativa de las enfermedades mentales, tanto en cuanto a sus causas como a sus consecuencias. Explicaciones basadas en creencias supersticiosas, mágicas, demoníacas, religiosas, sobrenaturales, han persistido hasta nuestros días vinculándolas con atributos peligrosos, temibles, extraños, violentos, ajenos a las “normas” y la “normalidad”, en fin, amenazantes. En consecuencia, emociones tales como el miedo, la desconfianza y  el distanciamiento son las que predominan cuando de “problemas mentales” se trata, generando reacciones y conductas aversivas y de segregación, cuando por el contrario de lo que se cree las personas con problemas de salud mental están más expuestas a ser víctimas de violencia, robos, acosos (el mobbing en los niños es muy frecuente) que la población en general, dada su vulnerabilidad (con el agravante de su escasa credibilidad si realizan una denuncia). Esta negativa asociación no pocas veces es también fomentada por los medios de comunicación, las películas, las series televisivas, las novelas, con noticias sensacionalistas, referencias verbales, imágenes, escenas  y personajes que la resaltan.
            Pero no solo la estigmatización sino también la autoestigmatización, es decir la valoración negativa que una persona hace sobre si misma, es otro de los factores que acentúa aún más el problema, por cuanto conduce a una devaluación y empobrecimiento de la autoestima (“soy débil”, “no sirvo”, “van a pensar que estoy loco”, “no me van a querer”), y en consecuencia al ocultamiento, al retraimiento y a la imposibilidad de acudir por ayuda hasta que los síntomas se tornan insoportables o bien muy evidentes para el entorno, que es cuando se realiza, habitualmente, una consulta.
            La exclusión estigmatizante no es sólo moral, sino social, laboral, académica y jurídica. La victimización e “inferiorización”, limita  una amplia gama de posibilidades (de tratamiento, de estudio, de trabajo, de relación con los demás), con lo cual se consolida lo contrario de lo que debiera ser: la más amplia contención en red posible, para facilitar la inclusión. Asimismo son segregadas  las familias, incluso por parte de los mismos profesionales tratantes que a menudo las culpabilizan de los problemas del paciente. Lo mismo ocurre con los trabajadores de salud mental intervinientes, servicios e instituciones, que también son vistos o percibidos de un modo distinto de quienes se ocupan de las “enfermedades corporales, somáticas o físicas” (que por otro lado además de tener su correspondencia en lo “mental”, siempre tienen una repercusión emocional o anímica, cosa que por no ser tenida en cuenta lleva al fracaso de muchos tratamientos). Por todo lo mencionado el paciente suele llegar a la consulta luego de un largo recorrido por distintas especialidades, con numerosos estudios y tratamientos realizados,  agobiado porque “no me encontraron nada” (generándole una mayor confusión y angustia) que es lo que suelen decirle quienes lo han atendido, debido a  una concepción de que lo mental, lo emocional, no existen , sea por ignorancia y desinformación,  o bien por los prejuicios estigmatizadores que son muy usuales en la práctica médica (lo que además trae en consecuencia un despilfarro  de recursos y  un desaprovechamiento lamentable de una prevención que podría ser sumamente beneficiosa )
            Ya se sabe que la negación de un problema lejos de resolverlo lo agrava. Nunca más cierto con lo que acontece con la salud mental.
            Costos sociales, costos económicos, pero por sobre todo costos humanos - la mayoría de las veces evitables o que son de favorable resolución con los recursos adecuados - seguirán en aumento en tanto la cultura del miedo y las descalificación no se reviertan.
Todo ser humano tiene derecho a enfermarse y, en la misma medida, tiene derecho a recibir ayuda y asistencia no solo para aliviar sus síntomas y su malestar sino para recuperar y desarrollar sus capacidades o adquirir otras nuevas, es decir para ser provisto de herramientas que favorezcan su autonomía y su dignidad (*). Para ello se imprescindible una toma colectiva de conciencia antiestigmatizante, pues no es con el rechazo y el desprecio sino con la aceptación basada en el respeto que esto será posible.

            Dr. Miguel Angel de Boer
            Octubre, 2013
            Médico psiquiatra – Psicoterapeuta
            MP 486
            deboer_miguel@uolsinectis.com.ar
            Cel 297-154177547
            Miembro Titular de la Asociación Argentina de Psiquiatras (APSA)
            Miembro Titular de la Asociación Argentina de Salud Mental (AASM)
           

            (*) Objetivos que contempla la extensión del CUD (Certificado Único de Discapacidad) en nuestro país, cuyo carácter no es restrictivo (se extiende por un lapso determinado en función de la evolución de quien lo recibe) y busca ampliar los derechos y beneficios (transporte, cobertura en salud, turismo, capacitación laboral y académica, asesoría legal) en pos de la inserción más amplia.