martes, 30 de agosto de 2011
sábado, 20 de agosto de 2011
martes, 9 de agosto de 2011
A mi mamá: Doña Anna Jacoba Venter
Y te fuiste , vieja, de a poco….para darnos tiempo.
¡Artista de la vida!
Cómo no decirte que te quiero si me diste a luz sin parirme con ese amor que no sabe de biología ni sangre.
Cómo no querer tanta ternura silenciosa.
Si hasta pude pelearte por saberte fuerte.
Como fue dura tu vida en esa Pampa Pelada que te vio nacer, en este Patagonia que no cede, allá por 1907.
“Gaucha gringa” fuiste.
Con tu “afrikaans” argentino sembrando verde.
Imposible que pudiera la sequía contra tanto empuje.
Vieja querida, “Ouma”, doña Anna, la tía, “tanta”, la abuela, vecina, amiga, hermana: tantos nombres que acariciaron almas.
Con tu silencio noble y respetuoso. Haciendo tu vida.
Siempre lo supiste: en lo simple está el secreto, es la esencia. Y lo lograste.
Te hiciste querer por lo que eras, por tus actos.
Jamás cerraste las puertas de tu corazón, de tu hogar, de tu casa. Siempre intentando aprender. Aceptando que las cosas son como son pero existe la esperanza.
Generosa fue tu existencia. Y una bendición, una suerte, un milagro, haberte conocido, haberte tenido.
Aunque te vayas, vieja, aunque te vayas, te quedás con nosotros para siempre.
Porque a la belleza de una mirada auténtica no la borra la muerte.
Te aseguro, eso sí, va a ser difícil no extrañarte.
Miguel Angel de Boer
Marzo 22, 1991
(fecha de su fallecimiento)
miércoles, 3 de agosto de 2011
La Flaquita
"Espérame en el cielo corazón
si es que te vas primero"
Hoy, 3 de Agosto, se cumple un nuevo aniversario de la muerte, en Buenos Aires, de María Haydée Rabuñal, la Flaquita (o Mary), que ocurrió el mismo día en que yo estaba rindiendo Infecciosas en el Hospital Rawson de Córdoba.
Si bien por la mañana había visto un titular en La Voz ("Caen abatidos en un enfrentamiento" o algo por estilo),el cual no me detuve a leer por el apuro, fue recién por la noche y de una manera fortuita que me enteré de lo acaecido, desgarrándome un pedazo del corazón para siempre.
Recuerdo que la vi por última vez en la estación de trenes de Puente
Saavedra.
Recuerdo que nos abrazamos con todo amor.
Recuerdo que sus últimas palabras fueron: "Cuidate Bichito. ¡Vos sí tenés que seguir vivo!"
Recuerdo que le dije: "¿Cómo de me decis eso Flaquita?...Vos también tenés que vivir...!"
Recuerdo que nos volvimos a abrazar y ella subió al tren saludándome a lo lejos.
Recuerdo que sentí que ya nunca mas la volvería a ver.
Tiempo después supe las circunstancias en que se habían producido los
hechos.
"Si tu mueres primero yo te prometo
que escribire la historia de nuestro amor"
Pero quisiera compartir ahora lo que fue su vida, o parte de ella, mas
que hablar de su muerte.
En homenaje a su existencia que valió, y mucho.
Nació en Córdoba donde transcurrió su infancia, para luego trasladarse, con su familia, a la hermosa ciudad de Paraná, de donde regresó a su ciudad natal para estudiar medicina luego de recibirse de maestra.
Nos conocimos siendo compañeros de la facultad y fuimos creciendo juntos a la par de los acontecimientos de aquella época: la dictadura de Onganía, la intervención a la Universidad, la represión al movimiento obrero, la muerte del Che, de Papillón, de Cabral, de Bello, de Hilda de Molina, el Cordobazo, la llegada del hombre a la luna, el Viborazo; la lucha obrero estudiantil, las tomas del barrio Clínicas, las asambleas, las idas a las fábricas, los actos relámpagos, los grupos de estudio; pero también
junto al hippismo, los Beatles, el rock nacional, Hortensia, los Panteras Negras, al Mayo Francés, la guerra en Vietnam, en el Congo, y el surgimiento de la lucha armada revolucionaria.
Militábamos como delegados independientes en medicina y trabajabamos en dispensarios barriales o compartiendo experiencias como la del cura Vaudagna (Erio) en barrio Los Plátanos. Allí fue donde se hizo un famoso pesebre que incluía, ademas de Jesús, al Che, a Camilo y a Ho Chi Minh y al Gringo Tosco, entre otros.
"Tanto tiempo disfrutamos de este amor,
nuestras almas se acercaron tanto asi"
También trabajamos varios años como practicantes en el Hospital de Niños (ella en Hemoterapia y yo en anestesiología) y en la Maternidad Provincial, lugares donde tambien militábamos en las comisiones y
agrupaciones de lucha.
Pero con la Flaqui además estudiábamos juntos (jamás la bocharon en una materia), poníamos inyecciones, tomábamos la presión arterial, conseguíamos muestras médicas (es decir, atendíamos pacientes) en todos los barrios que vivimos. Disfrutábamos intesamente del cine, de la música, de ir
al río, de andar en moto, de encontrarnos con amigos. Tocábamos la guitarra y cantábamos cada vez que podíamos. Ella tenía una hermosa voz de la que muchos aún se acordarán y aún perduran en mi pecho los acordes de "Nostalgia mia", entre tantos temas que hacíamos ("Me gusta caminar por esas calles/
cuando la lluvia cae sobre las casas/Entonces recordar tu tibia boca/ y el profundo marrón de tu mirada.....")
Eramos lo que se dice: compañeros. Con todo el significado, profundidad y dulzura que tenía entonces esa palabra.
Por eso también discutíamos, puteábamos (mucho mas yo que ella, es cierto), llorábamos o nos cagábamos de risa. Con la misma pasión con que hacíamos el amor donde nos venía en gana. Otra que el Kama Sutra! Nunca olvidaré que la primera vez que hicimos el amor fue después de haber visto
Morir en Madrid en el cine Sombras.
Rebozábamos de juventud y de pasión. De fé y de ilusiones.
La vida nos brotaba por los poros "como un torrente de trigo y luz".
"imborrables momentos que siempre
guarda el corazón"
La Flaqui, Mary, mi "Pichona", era increiblemente optimista, llena de
esperanza y convicción.
Con una voluntad y un compromiso admirables en todo lo que hacía.
Seductora. Muy seductora. De eso se acordarán muchos también. Y yo, para que contarles los dolores de cabeza que me produjo.
Es que era difícil no quererla. No enamorarse de ella.
Con sus ojos siempre relucientes, su sonrisa nacarada y su cuerpito que parecía frágil pero no lo era. Pero por sobre todo con esa disposición siempre presente para la mas espontánea solidaridad, sin ningún tipo de especulación o interés. Fuera lo que fuera y con quien lo necesitara. Y no es una metáfora. Es que la generosidad, la honestidad, el altruismo eran para todos nosotros valores fundamentales para nuestra condición de humanos y mucho mas: de revolucionarios. Pero en Mary era una actitud casi natural,
justo es decirlo.
Y pensándolo ahora, no sé como hacíamos con el tiempo. Y eso por no contar todo lo que hacíamos pues sería de nunca acabar.
Tal la intensidad con que vivíamos, siempre en ebullición, sintiendo que construíamos un mundo nuevo y que éramos protagonistas de cambios imprescindibles. Por eso mismo aún en los peores momentos nuestro aliento no decaía.
Era tan linda la vida, entonces. Tenía tanto sentido, que no importaba nada sino vivirla plenamente. La felicidad no era concebible en términos individuales, sino para y con los demás. Lo cual no excluía nuestra afirmación en nosotros mismos, pues creo que pocas veces en la historia los jóvenes tuvieron tal oportunidad de sentir que podían ser ellos mismos.
Y la Flaquita nunca cejó de reafirmar esa búsqueda.
Es mas, creo que la muerte la sorprendió en ese camino.
"Nosotros
que fuimos tan sinceros"
Porque aún estaba llena de amor y de vida (aún tengo presente el inmenso cariño que tenía por su familia, sus padres, sus queridos - para ella únicos- hermanos) de sueños y proyectos.
Porque tenía mucha vida por delante y lo sabía.
Porque creo que ella, como tantos, se arriesgaron a moir no por desprecio a la existencia, sino por la indignación y el dolor de vivir en en una sociedad de injusticia y privilegios, de explotación y desigualdades.
Porque le dolía la pobreza de los demás como si fuera de ella.
Porque sentía que mientras hubiera hambre y miseria era inmoral no hacer nada para modificarlo.
Porque amaba a nuestro pueblo. A nuestros semejantes
Confieso que aún siento la impotencia de no haberla convencido de desistir de una lucha que para mi ya era infructuosa, aunque lejos estaba de saber la siniestra pesadilla que se nos venía encima.
Pero creo, además, que no tuvo tiempo.
Pasa que para mí, que no la volvi a ver desde aquella despedida, sigue en mi recuerdo como en ese momento, como en aquellos años.
Es más, no logro concebirme a mi mismo en esos recuerdos sino como éramos entonces: jóvenes, y por que no decirlo: bellos.
Y asi seguirá la Flaquita. Eternamente joven. Hermosa
Y nosotros, los que tuvimos el privilegio de conocerla, también.
"¿porque no me enseñaste
como se vive sin ti?"
Miguel Angel de Boer
Comodoro Rivadavia, Agosto 3, 2007
domingo, 24 de julio de 2011
domingo, 17 de julio de 2011
La Puta
Ignoro cuanto tiempo había transcurrido desde que me arrojaron, después de molerme a palos en el Pasaje Santa Catalina, a esa oscura y helada celda en una seccional cercana al río, adonde me habían llevado para mantenerme aislado hasta que disminuyeran o desaparecieran las huellas de la tortura.
Acostado en un cama de cemento, sin nada mas que lo puesto, cada tanto me despertaba a los gritos desesperado por el dolor y los calambres, afiebrado y temblando de frío por las noches y empapado de sudor durante el día. Resistía con llantos y gemidos hasta que volvía a caer en una profunda inconciencia, la que, por suerte, me deparaba un verdadero sosiego en el medio de tan insoportable pesadilla.
Recuerdo que fue una de las noches, pues apenas distinguía donde estaba, que escuché un chistido desde la puerta de rejas que daba al patio. Me incorporé haciendo un tremendo esfuerzo y el que estaba en la puerta (que después supe que era un preso común, que así denominábamos a los que no eran políticos) me alcanzó a decir “tomá varón” a la vez que me tiraba una frazada a las apuradas. Sin poder creerlo, me envolví en la misma y me dormí con lágrimas de felicidad sumiéndome en, creo, un nuevo desmayo.
Así pasaron horas o tal vez días. Aún hoy no lo puedo precisar.
Solo sé que casi no podía moverme y tampoco quería pensar. Aunque no lograba evitar que surgieran, entremezcladas, imágenes de la Flaqui y mi preocupación por lo que pudiera estarle ocurriendo (ignoraba que ya la habían trasladado al Buen Pastor), de mis compañeros y de mi familia. Y también las de Raúl “Sérpico” Buceta (que recién empezaba su carrera de destacado torturador y que, recuerdo, en un momento me desafió a pelear con él mano a mano, enfurecido porque yo no hablaba y endurecía el abdomen cuando me pegaba. “Miren como pone durito, decía. Se ve que está preparado. Sáquenle las esposas y que pelee, a ver si es tan macho como parece” agregaba medio descontrolado. Por supuesto me negué, cosa que le dio mas bronca la cual descargó con todo gusto con sus golpes de karate), y la del comisario Telleldín, uno de los fundadores del Comando Libertadores de América, la triple A cordobesa, tipo malo, frío y calculador, que también me pegó hasta cansarse. Y las de varios mas cuyos nombres he olvidado.
De todos modos de a poco me iba recomponiendo, por lo que los momentos de lucidez se acrecentaban, y con ellos el dolor en todo mi cuerpo.
En otro momento me tiraron un paquete con un solo cigarrillo y un fósforo en la funda que lo recubría, lo que para mí, en esas circunstancias, era algo inapreciable, un tesoro inconmensurable.
En verdad no recuerdo con claridad como fue transcurriendo todo.
Lo cierto es que un día uno de los guardias me llevó hasta al baño donde pude orinar, aunque con sangre, en un inodoro que merecía el nombre de tal, cosa que en esas circunstancias era una maravilla. Y porque mi celda ya daba asco.
Cuestión que los presos se iban turnando para alcanzarme distintas cosas como agua, algo de comer o puchos. Todo de una manera fugaz cuando tenían patio o alguno pasaba para ir al baño, corriendo el riesgo de que los atraparan. Y lo digo con todo énfasis, pues fui testigo de los castigos brutales a los que eran sometidos cuando los sorprendían en falta. Y no pocas veces por la arbitraria y perversa descarga de alguno de los hijos de puta que estaban de guardia. O sea: porque si.
Habría pasado una semana por lo menos cuando, luego de que revisara el médico policial, me pasaron a una celda común, donde por supuesto, tuve que compartir con otros presos un espacio muy reducido y superpoblado.
Lo que viví esos días merecería un libro, como cuando tuve una tremenda diarrea y ante la negativa de la guardia para poder ir al baño, pese a los gritos que dimos todos, no me quedó otro remedio que cagar en una bolsa de plástico, mientras mis compañeros estiraban la cara, a las carcajadas, a través de las rejas para no descomponerse. O como cuando llegó un preso nuevo diciendo que lo habían detenido por haber matado a uno que intentó asaltarlo, y después el que estuve en tremendo apuro fui yo tratando de impedir que lo mataran a él porque los demás se salían de la vaina de la bronca.
Pero hay algo que jamás olvidaré y son las putas con las que compartíamos el cautiverio. Y sobre todo una de ellas que siempre tendré presente.
En la seccional, las putas iban y venían todas las noches. Las tenían a veces horas, a veces días. Las soltaban, volvían a encarcelarlas y así continuamente, en una rutina totalmente naturalizada.
Una noche me llegó, mediante el pase de cosas que se hacía de celda a celda a través de las rejas con una frazada, un regalo – que no recuerdo que era – con una pequeña carta de amor. Aún tengo presente que tenía faltas ortográficas, pero también que fue una de las mas profundas declaraciones de amor que recibí en mi vida. Tal su profundidad, su ternura, su fluidez y sinceridad. Recuerdo que la releí una y otra vez impactado por esas palabras que, en el medio de la incertidumbre, acariciaban mi alma con una calidez que iluminaba mi ser de alegría.
Así, comenzamos a escribirnos, y las cartas iban de celda a celda, ida y vuelta, y no solo yo, sino mis compañeros esperábamos ansiosos la respuesta. Porque ocurre que empecé a compartirlas en voz alta, cosa que sé que también hacía ella con las que yo le enviaba.
Y a cada lectura, el amor nos invadía a todos. Ellos escuchaban con suma atención cada palabra, y cuando concluía nos quedábamos todos en silencio, arrobados de sensaciones y fantasías que nos alejaban de la horrible situación en la que nos encontrábamos. Más de una vez, luego de una lectura, alguno se ponía a cantar con alegría y el aire parecía tornarse más diáfano a pesar de que estábamos tan hacinados que apenas podíamos movernos.
Recuerdo que solo la vi una vez, una tarde que las sacaron al patio y alguien me la señaló para que la conociera. Ella también me vio y me saludó con la mano y una sonrisa plena de felicidad. Luego de tantos años no puedo recordar su rostro, pero se que era muy linda y que me miró con una infinita dulzura.
Cuando anunciaron que me trasladaban a la cárcel de Encausados (de donde, luego de la huelga de hambre que hicimos en todas las cárceles del país, me llevarían a la Penitenciaría de Barrio San Martín), no pudimos despedirnos personalmente. Solo sé que las otras putas trataron de consolarla de todas las maneras posibles porque no paraba de llorar.
Lo último que le escribí fue un poema. No sin lágrimas y emoción tanto propias como las de mi compañeros de celda
Con el tiempo me olvidé de su nombre.
Nunca supe quien era y, por supuesto, tampoco nunca más supe de ella.
Pero para mi será, por toda mi vida, mi querida, adorada, inolvidable, Puta.
Miguel Angel de Boer
Junio, 2011
Acostado en un cama de cemento, sin nada mas que lo puesto, cada tanto me despertaba a los gritos desesperado por el dolor y los calambres, afiebrado y temblando de frío por las noches y empapado de sudor durante el día. Resistía con llantos y gemidos hasta que volvía a caer en una profunda inconciencia, la que, por suerte, me deparaba un verdadero sosiego en el medio de tan insoportable pesadilla.
Recuerdo que fue una de las noches, pues apenas distinguía donde estaba, que escuché un chistido desde la puerta de rejas que daba al patio. Me incorporé haciendo un tremendo esfuerzo y el que estaba en la puerta (que después supe que era un preso común, que así denominábamos a los que no eran políticos) me alcanzó a decir “tomá varón” a la vez que me tiraba una frazada a las apuradas. Sin poder creerlo, me envolví en la misma y me dormí con lágrimas de felicidad sumiéndome en, creo, un nuevo desmayo.
Así pasaron horas o tal vez días. Aún hoy no lo puedo precisar.
Solo sé que casi no podía moverme y tampoco quería pensar. Aunque no lograba evitar que surgieran, entremezcladas, imágenes de la Flaqui y mi preocupación por lo que pudiera estarle ocurriendo (ignoraba que ya la habían trasladado al Buen Pastor), de mis compañeros y de mi familia. Y también las de Raúl “Sérpico” Buceta (que recién empezaba su carrera de destacado torturador y que, recuerdo, en un momento me desafió a pelear con él mano a mano, enfurecido porque yo no hablaba y endurecía el abdomen cuando me pegaba. “Miren como pone durito, decía. Se ve que está preparado. Sáquenle las esposas y que pelee, a ver si es tan macho como parece” agregaba medio descontrolado. Por supuesto me negué, cosa que le dio mas bronca la cual descargó con todo gusto con sus golpes de karate), y la del comisario Telleldín, uno de los fundadores del Comando Libertadores de América, la triple A cordobesa, tipo malo, frío y calculador, que también me pegó hasta cansarse. Y las de varios mas cuyos nombres he olvidado.
De todos modos de a poco me iba recomponiendo, por lo que los momentos de lucidez se acrecentaban, y con ellos el dolor en todo mi cuerpo.
En otro momento me tiraron un paquete con un solo cigarrillo y un fósforo en la funda que lo recubría, lo que para mí, en esas circunstancias, era algo inapreciable, un tesoro inconmensurable.
En verdad no recuerdo con claridad como fue transcurriendo todo.
Lo cierto es que un día uno de los guardias me llevó hasta al baño donde pude orinar, aunque con sangre, en un inodoro que merecía el nombre de tal, cosa que en esas circunstancias era una maravilla. Y porque mi celda ya daba asco.
Cuestión que los presos se iban turnando para alcanzarme distintas cosas como agua, algo de comer o puchos. Todo de una manera fugaz cuando tenían patio o alguno pasaba para ir al baño, corriendo el riesgo de que los atraparan. Y lo digo con todo énfasis, pues fui testigo de los castigos brutales a los que eran sometidos cuando los sorprendían en falta. Y no pocas veces por la arbitraria y perversa descarga de alguno de los hijos de puta que estaban de guardia. O sea: porque si.
Habría pasado una semana por lo menos cuando, luego de que revisara el médico policial, me pasaron a una celda común, donde por supuesto, tuve que compartir con otros presos un espacio muy reducido y superpoblado.
Lo que viví esos días merecería un libro, como cuando tuve una tremenda diarrea y ante la negativa de la guardia para poder ir al baño, pese a los gritos que dimos todos, no me quedó otro remedio que cagar en una bolsa de plástico, mientras mis compañeros estiraban la cara, a las carcajadas, a través de las rejas para no descomponerse. O como cuando llegó un preso nuevo diciendo que lo habían detenido por haber matado a uno que intentó asaltarlo, y después el que estuve en tremendo apuro fui yo tratando de impedir que lo mataran a él porque los demás se salían de la vaina de la bronca.
Pero hay algo que jamás olvidaré y son las putas con las que compartíamos el cautiverio. Y sobre todo una de ellas que siempre tendré presente.
En la seccional, las putas iban y venían todas las noches. Las tenían a veces horas, a veces días. Las soltaban, volvían a encarcelarlas y así continuamente, en una rutina totalmente naturalizada.
Una noche me llegó, mediante el pase de cosas que se hacía de celda a celda a través de las rejas con una frazada, un regalo – que no recuerdo que era – con una pequeña carta de amor. Aún tengo presente que tenía faltas ortográficas, pero también que fue una de las mas profundas declaraciones de amor que recibí en mi vida. Tal su profundidad, su ternura, su fluidez y sinceridad. Recuerdo que la releí una y otra vez impactado por esas palabras que, en el medio de la incertidumbre, acariciaban mi alma con una calidez que iluminaba mi ser de alegría.
Así, comenzamos a escribirnos, y las cartas iban de celda a celda, ida y vuelta, y no solo yo, sino mis compañeros esperábamos ansiosos la respuesta. Porque ocurre que empecé a compartirlas en voz alta, cosa que sé que también hacía ella con las que yo le enviaba.
Y a cada lectura, el amor nos invadía a todos. Ellos escuchaban con suma atención cada palabra, y cuando concluía nos quedábamos todos en silencio, arrobados de sensaciones y fantasías que nos alejaban de la horrible situación en la que nos encontrábamos. Más de una vez, luego de una lectura, alguno se ponía a cantar con alegría y el aire parecía tornarse más diáfano a pesar de que estábamos tan hacinados que apenas podíamos movernos.
Recuerdo que solo la vi una vez, una tarde que las sacaron al patio y alguien me la señaló para que la conociera. Ella también me vio y me saludó con la mano y una sonrisa plena de felicidad. Luego de tantos años no puedo recordar su rostro, pero se que era muy linda y que me miró con una infinita dulzura.
Cuando anunciaron que me trasladaban a la cárcel de Encausados (de donde, luego de la huelga de hambre que hicimos en todas las cárceles del país, me llevarían a la Penitenciaría de Barrio San Martín), no pudimos despedirnos personalmente. Solo sé que las otras putas trataron de consolarla de todas las maneras posibles porque no paraba de llorar.
Lo último que le escribí fue un poema. No sin lágrimas y emoción tanto propias como las de mi compañeros de celda
Con el tiempo me olvidé de su nombre.
Nunca supe quien era y, por supuesto, tampoco nunca más supe de ella.
Pero para mi será, por toda mi vida, mi querida, adorada, inolvidable, Puta.
Miguel Angel de Boer
Junio, 2011
sábado, 11 de junio de 2011
FOURTEEN GLEAMS (and one more) (*)(**)
When the jaws of the abominable horrorthrust in her evil stink
ripping the native land groaning it
silently
frightened
indifferent
the petals started to forget about their beauty
tenderness crumbled down sadden
and with her
the happiness
the words
the thoughts
the dreams
And we were going alone
with fierce nightmares
tireless
unspoken
terrifying
without stars
or dawns
weaken of painless pains
shivering our souls
pretending ourselves
forgetting ourselves
inbeing ourselves
Life seemed to eternally die
and the emaciated kisses
fell
with those looks
into pieces
It was then
That
fourteen gleams
(and one more)
fourteen hearts
(and one more)
began
with fragile
small
tough
half braves
steps
rounded
the prodigious
invincible
boom
of spirit
of dignities
of justices
of truths
and of love
OF THAT LOVE
that cradled us
that cradles us
that will cradle us
forever.
Miguel Angel de Boer
Comodoro Rivadavia, April 30th, 2002
(*) To Madres de Plaza de Mayo, 25 years of the beginning.
Poem awarded in the XIX Argenitinian Congress of Psychiatry, of
Asociación de Psiquiatras Argentinos in 2003.
(**) Traducción realizada por el ENGLISH CLASS LANGUAGE INSTITUTE de Sandra Edwards. Colaboraron: Mauricio Ibarra, Vanina Ibarra, Mario Marques, Valeria Lorenzo, Celeste Meschio, Araceli Aguila, Daniela Ortiz y Mercedes Barrientyos de la Mea. A todos GRACIAS!!
CATORCE DESTELLOS (*)
(y uno mas)
Cuando las fauces del abominable horror
hincó su fetidez maligna
rasgando a la patria gimiéndola
enmudecida
espantada
indiferente
los pétalos comenzaron a olvidar su belleza
la ternura se derrumbó entristecida
y con ella
la alegría
las palabras
los pensamientos
los sueños
Y nos fuimos quedando solos
con feroces pesadillas
incansables
indecibles
pavorosas
sin estrellas
ni amaneceres
embotados de dolores indolentes
castañeando nuestras almas
disimulándonos
desmemoriándonos
insiéndonos
La vida parecía morir eternamente
y los besos extenuados
se caían
junto a las miradas aquellas
a pedazos
Fue entonces
Que
catorce destellos
(y uno mas)
catorce corazones
(y uno mas)
iniciaron
con frágiles
pequeños
tenaces
miedovalientes
pasos
en ronda
el retumbo
prodigioso
invencible
de corajes
de dignidades
de justicias
de verdades
y de amor
DE ESE AMOR
que nos acunó
que nos acuna
que nos acunará
por siempre.
Miguel Angel de Boer
Comodoro Rivadavia, Abril 30, 2002
(*) A las Madres de Plaza de Mayo, a 25 años del comienzo.
Poema premiado en el XIX Congreso Argentino de Psiquiatría, organizado por la Asociación de Psiquiatras Argentinos en el 2003
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