jueves, 26 de febrero de 2015

Acerca de la (mi) identidad (*)



“Sé quién soy o quién no era”
Ignacio Guido

“Ya me apuran los momentos
Ya mi sien es un lamento
Mi cerebro escupe ya el final del historial
Del comienzo que tal vez reemprenderá”
Barro tal vez
Luis Alberto Spinetta


                Camino ya a los 65 años, que no son pocos pero tampoco tantos como para dar por concluidas algunas cuestiones de la vida, y con la confianza de que al compartir el presente pueda resolver una de ellas que aún tengo pendiente, paso a  exponer  las inquietudes y reflexiones que motivan el título.
                Nací en la ciudad de Comodoro Rivadavia, Chubut, Argentina, el 3 de Marzo de 1950, en la casa de doña Adela Small, que estaba ubicada  en la calle Mitre, entre San Martín y Rivadavia, frente a donde ahora se encuentra el sanatorio de La Española. Ella siempre fue para mí la abuela Adela (era tía materna de mi papá),  pero todos la conocían como “la cigüeña de Comodoro” ya que fue una de las primeras parteras de la ciudad - en aquel entonces “el pueblo”-,  profesión  que desarrolló durante décadas. Por esas cosas de la vida, falleció en un accidente en uno de sus paseos a Buenos Aires  cuando vivía en mi casa en Barrio Muelle de Km 3, donde también  fue velada. Tuve entonces la oportunidad de compartir sus últimos años de vida y acceder así a relatos, historias y anécdotas  durante  mi adolescencia, cosa que nunca olvidaré y que tal vez algún día compartiré en algún texto. De sus padecimientos en  los campos de concentración  británicos en la guerra anglo-boer, de sus vicisitudes al llegar a las costas patagónicas, de sus viajes por el mundo, en fin, de la intensidad de la existencia de una protagonista de la historia comodorense y patagónica. Lo que no me dijo nunca la abuela, aunque me contó numerosas veces como había sido mi nacimiento (“y te tomé en mis manos y te alcé hacia el cielo para que Dios te bendijera  y te protegiera en la vida”),  es que yo era un hijo adoptivo o adoptado, según la connotación que se le quiera dar. Muchos años después pude inferir porque.
                La historia de cómo me fui enterando de mi adopción es la que suele acontecer habitualmente. Con las numerosas señales que surgen  y se van negando (físicamente no tengo el menor parecido con mis padres adoptantes ni  con ninguno de mis familiares; solo me parezco a mis hijos). Con simulaciones y comentarios sospechosos a mis oídos en distintas etapas de mi crecimiento. Con las habituales “cargadas” e incluso apodos - confusas para mi entendimiento cuando era un niño,” guacho” era uno de los más comunes- por parte de mis amigos de la infancia y del colegio. Con el control casi persecutorio de mi mamá por temor, después lo supe, a que alguien pudiera develar el secreto. En fin, con la atmósfera siempre enrarecida y despersonalizante que genera  la invalidación de las percepciones en pos de sostener lo arbitrariamente establecido y mantener en la ignorancia lo que, en realidad, es sabido. Posibilitado todo por un inexpugnable pacto de silencio.
                Viene a colación una anécdota que nunca olvidaré.
    Vivíamos en Caleta Olivia, provincia de Santa Cruz, a fines del  55 o comienzos del  56. En un descuido de mis padres ingerí unos tragos de Gancia con Fernet que estaban tomando en el clásico “vermouth” y tuve una inmediata borrachera. En el medio de la misma lloraba desesperadamente y no quería que mi mamá se acercara a la vez que le decía “vos mataste a mi mamá….salí de acá…vos mataste a mi mamá”, palabras que ella escuchaba, llorando también con desesperación, mientras mi papá trataba de contenerme. También años después pude entender su significado.
                 Debo decir que mis padres adoptantes Anna Jacoba Venter y Wietze Klaas de Boer (hija de dos sudafricanos ella, hijo de padre holandés y madre sudafricana él, pero ambos nacidos en Argentina) son sin duda mis verdaderos padres. Entendiendo por verdadero que mi crianza fue fruto de su amor incondicional, de su plena dedicación,  de sus convicciones culturales y religiosas, lo que hizo que me brindaran todo lo que estuvo a su alcance para mi desarrollo y crecimiento, cosa que agradezco con todo mi corazón porque me siento privilegiado por todo lo que he vivido hasta el momento, tanto para disfrutar con plenitud las alegrías como para afrontar dificultades tremendas con la fortaleza que hubieron de transmitirme. Generosos ambos. Criados en ámbitos inhóspitos en los campos patagónicos y en épocas duras. Trabajadores. Honestos. Con las dificultades propias de la época que les tocó vivir. Pese a que tuvimos no pocos conflictos siempre conté con ellos  aún en los momentos más difíciles (y de enorme peligro,  tanto para mí como para ellos, como lo fue cuando fui apresado durante mi militancia en los 70 y durante la persecución de la dictadura) y nunca voy a dejar de extrañarlos, a la vez que su recuerdo es una presencia que siempre me acompaña y rescato lo mejor de sus enseñanzas y la ternura que me prodigaron como nadie lo hizo nunca, tan especial y única. (1) Pero cabe mencionar que ellos tampoco me dijeron que era un hijo adoptivo. Pese a que por lo menos en una oportunidad, que fue cuando nació mi hermana Stella Maris, también adoptada (2), en que alguien de un modo muy fortuito me dijo “así que tenés una hermanita Miguelito… ¿y es adoptada como vos?”, y al ir con la novedad a mi casa no obtuve sino la explicación de que se trataba de una mentira y no debía darle importancia. Cosa que hice sin ningún reparo.
               Más allá de que como psiquiatra haya estudiado el tema en profundidad,  nunca terminaré de asombrarme de la simplicidad y complejidad del conflicto entre lo que se sabe y se niega, que básicamente es lo que implica la contradictoria  y ambigua vivencia de la adopción no develada. De la enorme tarea mental y emocional que conlleva, y de las numerosas consecuencias y efectos que tiene en la extensa red familiar, social y cultural que participa activa o pasivamente para impedir que lo que está a la luz se pueda ver, que lo que se oye con nitidez no se escuche y que lo que siente y se percibe se distorsione  o quede abolido. Aunque, aclaro, lejos estoy de atribuir todas mis dificultades, ni mucho menos,  al hecho de ser un hijo adoptivo. Por el contrario, me siento muy afortunado de serlo y no me imagino una vida distinta a la que he tenido, tan plena e intensa.
               Otra anécdota. Estaba en segundo año de medicina en Córdoba. No recuerdo en que materia, creo que Fisiología. Nos tocó estudiar los grupos sanguíneos. Hice los cálculos en relación al grupo sanguíneo de mis padres y me di cuenta que no coincidían con el mío. Tenía un dato cierto, preciso. Lo conversé  con ellos y nuevamente  lo negaron, lo que convalidé con mi silenciosa aceptación, sin ningún tipo de cuestionamiento.
               Ahora bien, aclaro que cuando me referí  al pacto de silencio no es un concepto que mencioné al azar sino que posiblemente constituye el eje de estas reflexiones  dado su efectividad y alcance, aún en estos días.
               Paso a desarrollarlo.
               Calculo que sería por el 78, en plena dictadura militar, cuando yo viajaba desde Comodoro  a Buenos Aires (haciendo caso omiso a la “recomendación” de no moverme de Chubut por parte de quienes me controlaban, es decir, los “servicios de inteligencia”) para hacer terapia y realizar mi formación de posgrado en psicoanálisis, psicoterapia y técnicas auxiliares en la clínica del Dr. Alberto Fontana (3), cuando se produjo un hecho sumamente significativo en mi vida.
        Ocurrió que en oportunidad de estar en una sesión con el Dr. Guillermo Kornblit (el inefable “Willy”, con el que aprendí mucho más que a ser un paciente) aconteció lo siguiente: al salir de la sesión, estando ya fuera del consultorio, me di cuenta – Willy ni se había dado cuenta – que me estaba llevando un almohadón del diván debajo de un brazo. Rápidamente, golpeé la puerta y se lo devolví, ante la perplejidad del Gordo que dijo “esto jamás me había ocurrido con un paciente”.  Obviamente salí desconcertado pero no le di mayor importancia salvo sentirme un tanto ridículo y confuso. Al otro día, intentando reconstruir lo sucedido, en un momento me propuso que me colocara en la posición que estaba antes de irme de la sesión. Al hacerlo se quedó observándome un rato y entonces me dijo  “lo único que se me ocurre es que pareces un jugador de rugby recostado con la pelota debajo del brazo”. El que me quedé perplejo, al escucharlo, fui yo. Luego de unos instantes reaccioné comentándole que tenía un paciente en tratamiento que era jugador de rugby y que había venido a la consulta por un conflicto con su… adopción.  Comenzamos a hilar más fino el resto de la sesión y Willy quedó convencido de que “yo no sé si lo serás, pero de que te sentís un hijo adoptivo no hay ninguna duda”.  (4)
        Ni bien regresé a Comodoro le dije a mi mamá que quería hablar con ella (mi papá ya hacía tiempo que había fallecido) y nos encontramos esa misma tarde.
        Así comenzó la conversación:
-                  ¿Por qué no me lo dijeron?-  le pregunté
                  ¿Y cómo te enteraste? - me respondió, antes que aclarase a que aludía mi pregunta.
Fue entonces que le transmití lo ocurrido en mi terapia ante el asombro y fascinación de ella. Luego de abrazarnos y llorar con gran emoción (puedo decir que casi sentí que la abrazaba por primera vez), me  contó  las pocas cosas que sabía sobre mi origen y nacimiento (5) y el porqué del silencio, al menos de parte de ella, (“porque papi no quería que te enteraras, pero además yo no te lo dije, porque nunca lo preguntaste en serio”) y del  gran alivio que sentía luego de tantos años de no poder decirlo. Yo entonces  tenía cerca de 30 años y ella alrededor de 70.
                Desde entonces en distintos momentos de mi vida investigué e intenté averiguar mi origen biológico por todos los medios a mi alcance. Esto es: durante años estuve preguntando, entrevistando familiares, conocidos, vecinos de distintos barrios en donde habíamos vivido, enviando cartas, haciendo llamados telefónicos,  mails, acudiendo a archivos, a algunos miembros de organismos de DDHH, recorriendo ciudades y pueblos, siguiendo cuanta pista estuvo a mi alcance, obteniendo hasta el momento solo datos probables, hipótesis varias y muchas historias posibles y otras casi fabulosas. Con el tiempo me di cuenta que todo era inconducente y decidí quedar a la espera.
                De lo que si pude estar seguro es de algunas cuestiones como por ejemplo de que soy uno de los pocos que aún no saben la verdad y de que muchas personas con que las he hablado tenían datos ciertos,  pero que algunos por convicción y otros porque no se animaron, prefirieron guardar silencio.
    Por convicción, porque en la época en que fui adoptado ser un hijo “ilegítimo” o  “bastardo” constituía un estigma, dado que testimoniaba una transgresión a las normas instituidas y las cuestionaba,  por cuanto una  adopción no era posible sin una red de complicidades que ocultara tal hecho,  es decir: el origen que debía encubrirse en pos de obstruir toda posibilidad de acceso a la verdad biológica. Cosa imposible si las hay. (6)
    Pero también porque como me dijo un familiar- contemporáneo de mis padres y  que con seguridad es uno de los portadores del secreto - cuando le pregunté si sabía algo de mi origen biológico:  “No sé para qué querés  saber, si lo importante es que tus padres son los que te criaron, y te aceptaron por vos mismo, sin averiguar de dónde venías, para amarte como su propio hijo, y cuando te adoptaron no solo ellos sino toda la familia te recibió sin reparos y te hizo uno más sin importar nada más, y averiguar o decir algo de tu origen era poner en duda el acto de amor de ellos y todos”. Palabras más, palabras menos. Es decir: lo afectivo y emocional como opuesto a lo legal,  la constitución simbólica de la identidad y de la pertenencia como contradictorio de la “concreta” constitución biológica (en una suerte de inversión del concepto de que “el yo es antes que nada un yo corporal”), como si lo biológico no entrañara una historia que lo complementa. (7)
    En cuanto a los que no se animan a dar a conocer lo que saben, indudablemente  perciben que hacerlo conlleva  el riesgo de hacer detonar  toda la trama de ocultamiento,  temiendo ser implicados en tanto partícipes del mismo.  El temor a revelar la “historia” pareciera proporcional a la magnitud de las infracciones, delitos o transgresiones, supuestas o reales,  ocultas en el secreto. ¿Hijo de madre soltera y padre casado? ¿De un patrón con la empleada? ¿De una dama con algún amante inoportuno? ¿De una prostituta con un “hombre de bien”? ¿De una joven traída de Chile por un matrimonio de una esposa infértil? ¿Dado en adopción o vendido? Son algunos de las variables que se me han planteado y de interrogantes  que dan cuenta de la enorme resistencia con que me encontrado en este arduo camino de querer saber cuál es mi origen biológico. (8)
                Como he mencionado no deseo abundar en detalles respecto a las consecuencias que ha tenido ignorar mi identidad biológica, pero quisiera  mencionar algunas cuestiones respecto a mi derecho a la misma.
    Derecho humano, si los hay, que me aún se me sigue arrebatando  y que me es vulnerado  injustamente, sin ningún tipo de reparo y con total impunidad. Y no se crea que no requerido la ayuda de profesionales del  derecho quienes me han planteado que todo es incierto. Que no hay garantías. Que los plazos han expirado. Que depende de quien tome la causa. (9)
    Invariablemente la respuesta ha sido la misma en todas partes. Mejor dejar todo como está. Para que andar hurgando en estas cuestiones que son cosa del pasado. Para que querer saber, más a esta altura de la vida. O sea: el sacrificio de la subjetividad (la mía) en pos de la “sobrevivencia” de una sociedad que no quiere asumir su grado de responsabilidad en la producción o construcción de la misma.
                Pero como no hay identidad individual que no sea a la vez producto una identidad social aún sigo a la búsqueda con el anhelo de que el silencio dé paso al compromiso con la (s) verdad(es).
    Estoy, sin duda, en tiempo de descuento,  pues  las posibilidades de un encuentro en persona con mis padres biológicos se van acortando y hago  público este testimonio con la esperanza de poder apropiarme íntegramente de mi vida, cosa a la cual también tienen derecho mis hijos, mi descendencia toda.

Miguel Angel de Boer  (**)

Comodoro Rivadavia, 9 de Agosto 2014 (fecha del cumpleaños de mi mama Anna)- 26 de Febrero 2015

DNI 7888294
Cel: 297 154 177547
               
            (*) Hace años que vengo pensando en escribir el presente y comencé a redactarlo hace aproximadamente un año. La cita de Ignacio Guido no es casual. Todo lo que aconteció con su aparición/recuperación me ha servido de estímulo para concluir el relato y la decisión de hacer público este testimonio (y pedido).
                (**) Apellido que se pronuncia: dəˈbur  en neerlandés o  debuur en afrikaans
(1) A ellos les he dedicado varios de mis poemas y relatos a lo largo de mi vida varios de los cuales se pueden encontrar en mi blog: www.lasbabasdelangel.blogspot.com.ar  . También fui miembro fundador y primer presidente de la Asociación de la Colectividad Sudafricana del Chubut, lo cual no fue ajeno a mi deseo de honrar su memoria.
(2) De lo cual yo ni me percaté, porque tantos mis padres como familiares (y creo que mis vecinos de Barrio Muelle también), montaron una escenificación memorable  para que no me diera cuenta de la situación. Recuerdo que una tarde mi mamá se fue porque “voy a tener a tu hermanita” y no regresó hasta el día siguiente. Me despertaron colocándola a Stellita en mi regazo y yo sentí una de las alegrías y felicidades más grandes de mi existencia, pues siempre había pedido por ella. Recuerdo también que después recorrí el barrio casa por casa compartiendo con una emoción incontenible y gritando  a toda voz “tengo una hermanita, tengo una hermanita” a mis vecinos. Fue un 25 de Marzo, instituido en Argentina como el “Día del niño por nacer”, y fui yo quien le eligió el nombre. También ella aún hoy ignora su origen biológico.
(3) De paso aclaro que guardo una gratitud infinita hacia Fontana y todo el equipo, pues fue el único que aceptó  atenderme luego de varios intentos que hice con diversos referentes de aquel entonces que me rechazaron tanto  debido a mi condición de ex militante como por efecto del miedo y terror imperantes. En ese  momento estaba exonerado de toda actividad profesional en el ámbito de instituciones tanto estatales como privadas porque me habían aplicado la “Ley de Seguridad”. De todo lo vivido durante la dictadura doy cuenta en un relato que se encuentra en la web “Breve relato de mis vicisitudes como terapeuta durante la dictadura militar”,  que estoy corrigiendo y ampliando para una próxima reedición.
                (4) Recuerdo haber salido de la sesión muy impactado, pues evocaba imágenes, situaciones, ideas que se asociaban, ahora innegablemente, a lo ocurrido. También recuerdo que entré en un negocio y el vendedor que me atendió (recuérdese que estábamos en la dictadura) lo primero que me preguntó fue si yo era militar. Cosa que me dejó turbado dada la situación que atravesaba. Ni que pensar si hubiera sabido, pues me enteré hace muy poco, que estaba con una orden de captura federal, además de  cual era una de las posibilidades de mi origen biológico paterno. También merece ser compartido lo que ocurrió con el paciente mencionado. Al enterarse de su adopción el proceso familiar que se desencadenó fue muy complicado, pues la madre no toleró que él quisiera saber cuál era su origen biológico. Tiempo después contrajo matrimonio y no recuerdo si luego de tener uno o dos hijos, murió en un accidente por demás increíble, llevándose – literalmente -  un poste por delante con una moto. Lo tengo entre uno de los recuerdos más tiernos por cómo era (simpático, locuaz, muy inteligente y afectuoso) y por lo que significó en mi vida. Tendría alrededor de veinte años, pues lo atendí cuando estaba terminando su secundario y lloré junto a su familia en su velorio y entierro.
                (5) Entre ellas que: “La abuela Adela nos avisó que ibas a nacer y fuimos con papi. Yo alcancé a verla a tu mamá. Era una morochita joven, muy linda. Estaba con los padres. Esperamos que nacieras y como cuatro horas después te llevamos a casa”. “No nos dijo quién era tu mamá ni tu papá y además no teníamos que preguntar nada, pero nos enteramos que ella podría haber sido de Santa Cruz, que los padres tenían una estancia, y que  había quedado embarazada de un hombre casado que podía ser….un militar, aunque habían otras versiones”. “La Abuela se llevó el secreto a la tumba”, dijo entre otras cosas.
                (6) En mi Acta de Nacimiento  no hay ningún dato que indique mi adopción, por lo que constituiría una apropiación ilegal, una sustitución, con participación y complicidad del Estado, pero que era común en aquel entonces y no se consideraba un delito en los términos en que se concibe actualmente.
                (7) La misma sociedad que enuncia de un modo absoluto que “parir un hijo que lleva la misma sangre” es la prueba indiscutible de la auténtica filiación, niega e impide a la vez, por todos los medios posibles, el genuino interés que puede tener un hijo adoptivo en conocer su procedencia biológica. Evidentemente no solo de sangre y ADN se trata.
                (8) Tanto a lo largo del ejercicio de mi profesión como psiquiatra, como en la ardua búsqueda que realicé en todos estos años, me encontré con un mundo paralelo en mi ciudad y en la región, que bien se comprende –al ir conociendo los actores en juego – se resiste a ser develado, y todo intento de ponerlo en evidencia genera una tensión que excede lo meramente individual, lo cual se manifiesta  desde las maneras más sutiles hasta las más grotescas.
                (9) En este sentido es auspicioso el Proyecto de Ley DERECHO A LA IDENTIDAD DE ORIGEN Y BIOLÓGICA presentado al Congreso de la Nación. 
 http://www.change.org/p/apoyo-para-que-se-trate-el-proyecto-de-ley-nacional-derecho-a-la-identidad-de-origen-y-biol%C3%B3gica



4-5 meses
6 meses
1-2 años
Con mi mamá

3 años
3-4 años
4 años

Con mi mamá (der de la foto), mi papá y sra e hija amigas (holandesas)
8 años
11- 12 años
Con mi hermana Stellita
Mis hijos cuando eran chicos: Emiliano (conmigo) y Manuelito

domingo, 8 de febrero de 2015

La negación



            Descripto como un mecanismo de defensa o un modo de afrontamiento ante estímulos (externos o internos) adversos, displacenteros o amenazantes, reales o no (que son percibidos, simbolizados o significados como tales), la negación consiste en una invalidación o minimización de los mismos (“atribuir o desatribuir una cualidad a una cosa”), descalificando su importancia, haciendo como que lo que existe -y es conflictivo, ambivalente o contradictorio - deje de existir, a los fines de mantener el “equilibrio”.
            Es un modo de no percibir lo que se percibe, sea consciente o inconscientemente, de un modo automático y reactivo o a partir de racionalizaciones - que no es lo mismo que razonar – cuyo objetivo es la justificación y no el establecimiento o la construcción de una verdad determinada.
            Es no querer enterarse de lo que ya se sabe. Uno – el yo, la conciencia- o la mente de uno. Las frases más comunes que se expresan cuando ya no se puede sostener tal posición son: “no puede ser”,  “no lo puedo creer”, “yo sabía”, “no”, “nada”.
            Mantener el control, de la ansiedad por sobre todo, implica un trabajo psíquico, corporal y conductual permanente, dados los numerosos  factores subjetivos o de la realidad material que inciden para promover un “desajuste”. El inexorable paso del tiempo es uno de ellos. Ni hablemos de los conflictos personales, familiares, sociales, políticos, pérdidas, situaciones traumáticas, etc.
            La negación es eficaz para poder vivir (no se podría afrontar todo permanentemente), pero es en su uso estereotipado, rígido, no realista, cuando se torna perjudicial. No es lo mismo minimizar un dolor de muela que aquel que puede ser producto de un tumor maligno. Precisamente porque al implicar otros mecanismos como la proyección (“le pasa a otro, a mí no”) o la disociación (que es lo contrario de la asociación e integración), ante la persistencia del o los conflictos o problemas, se va produciendo un agotamiento, un desgaste,  o bien el surgimiento de distintos síntomas que dan cuenta  de los mismos, a modo de señales de que “hay algo en todo esto que no anda”.
            Como suele ocurrir en el ajedrez, o cualquier deporte, es notable como los que miran de afuera ven con suma claridad el juego, cosa que no ocurre con los que están jugando. Los negadores son siempre los “últimos en enterarse”. Al decir negadores no me refiero a una atribución moral o ética, sino a un modo, o mejor dicho un aspecto, del funcionamiento mental.
            Producto de la omnipotencia, el miedo, la carencia de recursos (o la creencia de que no se tienen), de la sobrestimación del problema a resolver, entre otros factores, la negación opera evitando, eludiendo o postergando el reconocimiento y la aceptación de lo que aconteció o acontece. Hasta que todo lo barrido bajo la alfombra o el olor de la pérdida de gas se torna  ya insoportable o bien cuando es demasiado tarde y el daño es ya irreversible.
            Así, ese mantener a “raya” las percepciones intolerables, solo conducen a una paulatina distorsión de la(s) realidad(es), pues parte de la mente se encuentra distraída en tal labor, la mas de las veces infructuosa. A mayor negación más “software” ocupado, por así decirlo, por lo que el sistema se enlentece y va quedando menos “espacio” (en realidad: redes sinápticas), para ser utilizadas creativamente. Esto se manifiesta en las dificultades cognitivas (atención, memoria, anticipación, etc.), como emocionales (se produce una desregulación), dada la vulnerabilidad que se percibe y la frustración que conlleva. El mal humor, la depresión (“bajón”), la reactividad cada vez mayor, cuando no síntomas somáticos, accidentes , y otras manifestaciones, son expresión de ideas, sentimientos, fantasías, cada vez más insoportables por su discordancia con la situación que las desencadena.  
    En la medida que los deseos, las expectativas, los objetivos, se concretan cada vez menos, no queda sino o bien seguir subiendo la apuesta de la negación - corriendo el riesgo de un colapso-, o bien evaluar adecuadamente las posibilidades subjetivas y objetivas de su factibilidad.
            Aunque, cabe agregar, la negación es también muchas veces la consecuencia de la impotencia y la pérdida de esperanza. De un lento y gradual aprendizaje de indefensión. De un irse convenciendo  de que se piense lo que se piense, se haga lo que se haga, no hay ninguna posibilidad de modificar ni transformar en uno mismo o en el entorno algo que permita resolver los problemas, superar los conflictos, afrontar los escollos, para lograr una realización que posibilite el crecimiento y la felicidad o la paz. La negación es entonces, un modo de configuración que permite una adaptación, aunque sea forzada, a una sociedad y un mundo donde los sueños están condenados a extinguirse, por sentir que son siempre imposibles.
            Tomar conciencia de ello – darse cuenta – daría lugar sino a su realización, si a la posibilidad de intentarlo haciéndonos cargo, responsabilizándonos de nuestra existencia, y de que si muchas veces “solo queda niebla”, también “es tiempo de andar y seguir y no frenar, es tiempo de amar, de creer en algo más…”.
           
            Dr. Miguel Angel de Boer
            Comodoro Rivadavia, Febrero 2015
            Médico Psiquiatra – Psicoterapeuta
            miguelangeldeboer@yahoo.com

            

martes, 30 de diciembre de 2014

Soñé que soñaba (Canción infantil) (de Boer / Kusselman)


Adaptada de un poema del mismo nombre . La grabación fue tomada en una presentación realizada en el 89/90 aproximadamente. La foto es de la misma época.

Los invito a escucharla en:

http://www.goear.com/listen/ee33c51/soaplusmnacopy-que-soaplusmnaba-de-boer-kusselman




Sirva a modo de despedida del 2014 y bienvenida del 2015
Con todo afecto

Miguel Angel de Boer

lunes, 8 de diciembre de 2014

Expediente 34065 Juzgado Federal 1° Instancia – Córdoba


Tal el número de Expediente de la causa penal que se instruyó (el Juez Adolfo Zamboni Ledesma)  contra la Flaqui , Mary, mi compañera y esposa  es decir María Haydée Rabuñal de de Boer,  y a mí , cuando fuimos apresados en los 70´. El mismo me fue enviado por Gloria de Rienzo de la Secretaría de DDHH de Córdoba la semana pasada, y recién este fin de semana pude leerlo en su totalidad, dada la cantidad de fojas que lo componen.

En tanto recorría las mismas, numerosos recuerdos y emociones se agolparon en mi mente y mi corazón, tanto de dolor como de alegría. Dolor por todo lo sufrido por la Flaqui y la compañera que fue apresada junto a su esposo con nosotros.  Con Mary, entonces, nos habíamos contado algo de lo que nos pasó a cada uno. En esos días, tan vertiginosos e intensos, donde durante nuestra encarcelamiento solo importaba salir en libertad, y luego, ya libres, seguir con la militancia, todo se constituía en una vorágine que no nos daba tiempo a nada. Pero seguramente el deseo de generar un dolor evitable, hizo que no nos dijéramos todo, o si fueron dichas no se hubieran registrado con claridad, como me doy cuenta que me pasó al leer ahora el Expediente.

Pero no solo los testimonios y los hechos que se van sucediendo, con sus idas y venidas, que, como le dije a Gloria en un mail donde le agradecí su envío: ¨leí no sin gran curiosidad, incertidumbre, esfuerzo y  emoción….Me encontré con cosas que no recordaba, con otras que no sabía, las cuales hicieron que en mi oscilara la conmoción, la risa, el dolor, la pena, la nostalgia y el sabor de aquellos días, irrepetibles por su intensidad y plenitud, sin duda incomparables¨, sino ver nuestras fotos de entonces, me impactaron profundamente por la verosimilitud  que de lo ocurrido da cuenta  el observar nuestros rostros. 

No porque antes no haya tenido antes evidencias concretas de lo vivido, las cuales compartí en otro relatos, sino porque en estas fotos,  que nunca había visto hasta ahora, percibo,  en un instante,  la conjugación no solo de lo que las mismas expresan en el momento que fueron tomadas  - en el Cabildo, luego de haber “pasado” por el  Departamento de Informaciones del pasaje Santa Catalina –   esto es el agobio de lo que habíamos sobrellevado sino también la traumática incertidumbre de lo que podría acontecernos de ahí en más. Aunque lejos estábamos de suponer lo que vendría.

 Tal vez porque yo sé lo que viví, me detengo con preferencia en la foto de ella y abruma un profundo dolor al contemplarla.
Con su mirada perpleja, que transmite el horror vivido, la humillación padecida, junto al miedo, a la bronca y la entereza frente a lo que pudiera  aún ocurrir.  Con ese “desembellecimiento” al que no nos exponían al sacarnos la foto  en esas condiciones : maltrechos,  sucios,  hambrientos, agotados, desamparados.  
Pero también siento que nuestras imágenes se  embellecen a la distancia, increíble que hayan pasado tanto años Flaquita,  y yo recién viendo ahora nuestras fotos en el expediente, leyendo tu testimonio, lo que pasó, lo que te pasó, lo que nos pasó, y vos tan valiente, porque se te ve asustada, triste, pero tan altiva a la vez, porque resistimos, porque no te doblegaron, porque me protegiste, a mí y a los compañeros, y yo ya con 64(si como la canción de los Beatles, te acordás), como no te voy a ver bella, como no voy a emocionarme y sentirte presente, estremeciéndome como me estremecía cuando te tenía entre mis brazos, cuando cantábamos juntos, cuando bailábamos, cuando para nosotros la vida y la revolución eran todo uno, más sabiendo ahora todo lo que pasó, incluida su muerte.

Con tiempo veré de publicar algunos pasajes de este, para mí, documento histórico y personal.  Pero no quería dejar pasar este momento para compartirles algo tan conmovedor, como lo he hecho en otras oportunidades, pronto a cumplirse (el día 10) un nuevo aniversario del Día de los Derechos Humanos.









Miguel Angel de Boer
Comodoro Rivadavia , Diciembre 8, 2014.


domingo, 23 de noviembre de 2014

Yo la acuso, señora (*)



                A usted ponzoña maligna
                que intoxica cuerpos y almas
                A usted que es incansable
                y no cede en sus intentos

                Yo la acuso, señora
                A usted que goza con dicha
                de fracasos e infortunios
                A usted que sufre impotente
                la alegría y lo placentero

                Yo la acuso, señora

                A usted que nutre sus fuerzas
                con crueles resentimientos
                A usted que exalta lo vano
                y la apabulla el talento

                Yo la acuso, señora

                A usted que la indispone
                el amor y la amistad
                A ustede que siempre “vé”
                el más allá del más acá

                Yo la acuso, señora

                A usted que siempre logra
                captar ingenuos adeptos
                A usted que siembra amargura
                en corazones muy tiernos

                Yo la acuso, señora

                A usted que no escatima
                deshacer vidas y esfuerzos
                A usted que solo reina
                intrigando y dividiendo

                Yo la acuso, señora

                A usted que usa de idioma
                los rumores y el engaño
                A usted que usa la injuria
                porque le asquea lo cierto

                Yo la acuso, señora

                A usted que tiene por norma
                destruir lo que es ajeno
                A usted que encubre afanosa
                sus propios impedimentos

               A usted que es pura perfidia
               Yo la acuso, señora

                Disculpe ignoro su nombre
                Pero sé que le dicen ENVIDIA
               

    Miguel Angel de Boer

   (*) Poema que data de los 80´. Lo leía en las presentaciones musicales de
         "ALTER-NATIVA" que hacíamos con Pablo Kusselman.




miércoles, 4 de junio de 2014

La foto de Mary (*)


Esta es posiblemente la más difundida y tal vez la más hermosa  foto de María Haydée Rabuñal, Mary, la Flaquita. Se la saqué yo en el Parque Sarmiento, en Córdoba, creo que en el año 1969 cuando  todavía estábamos de novios  ya que nos casamos en Febrero del  70.
                Tal vez porque es en blanco y negro – con la ausencia y presencia de todos los colores – y en ese lugar increíblemente bello, es que se pueden captar tanto los matices como la luminosidad del sol resplandeciendo en el verde de las hojas  y en la sonrisa – inolvidable – de Mary, plena de alegría y - porque no decirlo - de amor y felicidad.
                Con su pícara y seductora mirada orientada al infinito del cielo, con las manos en los bolsillos de atrás del vaquero, en una pose típica de ella cuando sentía que el mundo le pertenecía, la foto expresa no solo el momento que vivíamos personalmente, sino la situación en las que nos tocaba vivir un amor tan singular y apasionado.
                Nos conocíamos desde no hacía mucho en la facultad de Medicina  donde ambos estudiábamos  al calor de la lucha del movimiento estudiantil o mejor dicho obrero-estudiantil de aquel entonces. En el trajinar de las reuniones, los actos relámpago en las calles, las asambleas  en la explanada del comedor universitario, con el olor a humo y libertad que nos impregnó por siempre en el Cordobazo, las tomas del barrio Clínicas, las asambleas en el comedor universitario,  las comisiones de los prácticos en los hospitales, el cine Sombras, la Piojera,  los recitales de Radio Universidad, los grupos de estudio de formación, las idas a los amoblados, las lasagnas de Romagnolo, las pizzas de La Salta, las busecas del Claudia, las idas a las puertas de las fábricas, los besos eternos en la Plaza Colón, los paseos por la Cañada, los mates en las pensiones, los Beatles y Serrat, las guitarreadas, los poemas, el trabajo en los dispensarios, el dolor por nuestros pacientes, los llantos por las muertes de la represión, la esperanza que nos había dejado encendida el Che, el regocijo de saber que la historia se podía cambiar con nuestros guardapolvos y con la militancia revolucionaria.
                Ingenuos y apasionados, nuestros corazones latían al unísono y nuestros cuerpos esbeltos y jóvenes vibraban al son de un erotismo que se alimentaba de nuestras caricias, pero también de nuestros sueños, y cada expresión de amor  era también de júbilo por el orgullo de habernos encontrado y estar juntos en ese momento, en ese lugar, en esa historia. Cada instante era un descubrimiento, cada vivencia un aprendizaje, la vida parecía limitada e infinita a la vez,  porque  los  días se alargaban a nuestro antojo y al aire que insuflaba nuestros pulmones expandía nuestras mentes hasta fundirse con el universo.
                Después vinieron otras alegrías y otras tristezas, momentos de esplendor y de tinieblas, penas que todavía penan, regocijos que siempre perduraran.
                Pero esta foto, ya medio ajada por el paso del tiempo, plasma no sólo nuestro ardoroso romance sino que es testimonio y memoria de quienes como Mary, la querida Flaqui, se brindaron por entero - no sólo de palabra - por ideas, convicciones y compromiso, a la única gran tarea que para nosotros justificaba y aún justifica la existencia humana: hacer todo por el semejante sin perder nunca la ternura, que es el único modo digno de hacernos a nosotros mismos.

Miguel Angel de Boer
Comodoro Rivadavia, Septiembre 2013


(*) Había pensado publicarla el 6 de Octubre para el día de su cumpleaños, pero no se dio.

jueves, 17 de abril de 2014

El coronel, el gallo y nosotros, los argentinos


En la novela “El Coronel no tiene quien le escriba”, Gabriel García Márquez nos transmite, con su genial maestría, las vivencias de un viejo coronel que lucha por sobrevivir -junto a su mujer- en un apartado pueblo de Colombia. En el curso del relato van aflorando sus recuerdos de glorias pasadas, a la vez, cobra fuerza la relación que el coronel tiene con un bello gallo de riña, el cual no es sino la representación de lo que alguna vez se figuró ser. Con una perseverancia que orilla lo obsesivo, el anciano militar brinda las energías que le restan, al servicio del cuidado del gallo. Lo alimenta, lo protege, lo mima, lo adora. El gallo es todo lo que le queda. Es todo lo que le queda de sí. Es el orgullo, la valentía, la nobleza, la armonía, el equilibrio, la naturaleza incontaminada, la pureza. En contraste el coronel está viejo, enfermo, con el agobio de los años encima, sin otra perspectiva que la muerte como meta, con la impotencia de sentir la irreversibilidad de lo pasado, inepto para poder transformar la realidad, con la amargura de quien tiene que tolerar impasiblemente el curso de los acontecimientos.
El contraste es aún mayor en la medida en que la esposa reclama quejosa, insidiosamente, que el coronel debiera ocuparse más por ellos y menos por el gallo; puesto que “día a día” se van muriendo de hambre.
Con una cadencia casi musical, García Márquez despliega la eterna lucha entre naturaleza y cultura; la injusta contradicción que se produce entre el logro de la satisfacción de las necesidades más elementales y el desarrollo del ser humano a otros niveles. La historia -en fin- del hombre en su esencia, en una sociedad que le va estrechando ilimitadamente las posibilidades de poder
seguir siendo él mismo.
Al final del libro, cuando ya todo se ha transformado en una infinita letanía, en un momento en que el coronel está, como de costumbre, con su gallo; es decir, aferrado a su paraíso perdido, la esposa, encarnación sensata de la realidad material, se dirige a él preguntándole, desfalleciente, qué es lo que van a comer; pregunta que el coronel ha eludido hasta el cansancio, puesto que no tiene respuesta alguna que brindarle. Es entonces que el libro cierra (¿cierra?) cuando el coronel contesta definitiva, resignada, casi insolentemente, al interrogante implacable, con una simple palabra: “mierda”.
La Argentina -los argentinos- como el coronel, buscan desesperadamente aferrarse a señales, a recuerdos, a indicios que sirvan para cohesionar una identidad que sienten amenazada por el cambio de una realidad económica desintegradora. Libran un combate por obtener lo indispensable para vivir, que posterga, quebranta la realización de sus más auténticos proyectos psíquicos, espirituales, afectivos. Como en el medio de una tormenta que no cede, aguardan el momento del escampe, del sosiego, del fin de este diluvio económico, cruento e impiadoso, para poder -en la quietud de la paz- reanimar sus sueños; ésos que le dan a la vida la razón de la existencia.
Batalla (¿o guerra?) despiadada, donde algunos están dispuestos a comer mierda con tal de que no muera el gallo, para que otros no tengan que comer mierda, porque ya se les está muriendo el gallo, por culpa de aquellos que no tienen empacho en liquidar al gallo, aunque la gran mayoría se vea obligada a comer mierda.

Comodoro Rivadavia, Julio de 1989.
Miguel Ángel de Boer


Publicado en “Desarraigo y Depresión en Comodoro Rivadavia ( y otros textos ) - 3ª Edición Vela al Viento ediciones Patagónicas - 2011 (agotada)