jueves, 26 de febrero de 2015

Acerca de la (mi) identidad (*)



“Sé quién soy o quién no era”
Ignacio Guido

“Ya me apuran los momentos
Ya mi sien es un lamento
Mi cerebro escupe ya el final del historial
Del comienzo que tal vez reemprenderá”
Barro tal vez
Luis Alberto Spinetta


                Camino ya a los 65 años, que no son pocos pero tampoco tantos como para dar por concluidas algunas cuestiones de la vida, y con la confianza de que al compartir el presente pueda resolver una de ellas que aún tengo pendiente, paso a  exponer  las inquietudes y reflexiones que motivan el título.
                Nací en la ciudad de Comodoro Rivadavia, Chubut, Argentina, el 3 de Marzo de 1950, en la casa de doña Adela Small, que estaba ubicada  en la calle Mitre, entre San Martín y Rivadavia, frente a donde ahora se encuentra el sanatorio de La Española. Ella siempre fue para mí la abuela Adela (era tía materna de mi papá),  pero todos la conocían como “la cigüeña de Comodoro” ya que fue una de las primeras parteras de la ciudad - en aquel entonces “el pueblo”-,  profesión  que desarrolló durante décadas. Por esas cosas de la vida, falleció en un accidente en uno de sus paseos a Buenos Aires  cuando vivía en mi casa en Barrio Muelle de Km 3, donde también  fue velada. Tuve entonces la oportunidad de compartir sus últimos años de vida y acceder así a relatos, historias y anécdotas  durante  mi adolescencia, cosa que nunca olvidaré y que tal vez algún día compartiré en algún texto. De sus padecimientos en  los campos de concentración  británicos en la guerra anglo-boer, de sus vicisitudes al llegar a las costas patagónicas, de sus viajes por el mundo, en fin, de la intensidad de la existencia de una protagonista de la historia comodorense y patagónica. Lo que no me dijo nunca la abuela, aunque me contó numerosas veces como había sido mi nacimiento (“y te tomé en mis manos y te alcé hacia el cielo para que Dios te bendijera  y te protegiera en la vida”),  es que yo era un hijo adoptivo o adoptado, según la connotación que se le quiera dar. Muchos años después pude inferir porque.
                La historia de cómo me fui enterando de mi adopción es la que suele acontecer habitualmente. Con las numerosas señales que surgen  y se van negando (físicamente no tengo el menor parecido con mis padres adoptantes ni  con ninguno de mis familiares; solo me parezco a mis hijos). Con simulaciones y comentarios sospechosos a mis oídos en distintas etapas de mi crecimiento. Con las habituales “cargadas” e incluso apodos - confusas para mi entendimiento cuando era un niño,” guacho” era uno de los más comunes- por parte de mis amigos de la infancia y del colegio. Con el control casi persecutorio de mi mamá por temor, después lo supe, a que alguien pudiera develar el secreto. En fin, con la atmósfera siempre enrarecida y despersonalizante que genera  la invalidación de las percepciones en pos de sostener lo arbitrariamente establecido y mantener en la ignorancia lo que, en realidad, es sabido. Posibilitado todo por un inexpugnable pacto de silencio.
                Viene a colación una anécdota que nunca olvidaré.
    Vivíamos en Caleta Olivia, provincia de Santa Cruz, a fines del  55 o comienzos del  56. En un descuido de mis padres ingerí unos tragos de Gancia con Fernet que estaban tomando en el clásico “vermouth” y tuve una inmediata borrachera. En el medio de la misma lloraba desesperadamente y no quería que mi mamá se acercara a la vez que le decía “vos mataste a mi mamá….salí de acá…vos mataste a mi mamá”, palabras que ella escuchaba, llorando también con desesperación, mientras mi papá trataba de contenerme. También años después pude entender su significado.
                 Debo decir que mis padres adoptantes Anna Jacoba Venter y Wietze Klaas de Boer (hija de dos sudafricanos ella, hijo de padre holandés y madre sudafricana él, pero ambos nacidos en Argentina) son sin duda mis verdaderos padres. Entendiendo por verdadero que mi crianza fue fruto de su amor incondicional, de su plena dedicación,  de sus convicciones culturales y religiosas, lo que hizo que me brindaran todo lo que estuvo a su alcance para mi desarrollo y crecimiento, cosa que agradezco con todo mi corazón porque me siento privilegiado por todo lo que he vivido hasta el momento, tanto para disfrutar con plenitud las alegrías como para afrontar dificultades tremendas con la fortaleza que hubieron de transmitirme. Generosos ambos. Criados en ámbitos inhóspitos en los campos patagónicos y en épocas duras. Trabajadores. Honestos. Con las dificultades propias de la época que les tocó vivir. Pese a que tuvimos no pocos conflictos siempre conté con ellos  aún en los momentos más difíciles (y de enorme peligro,  tanto para mí como para ellos, como lo fue cuando fui apresado durante mi militancia en los 70 y durante la persecución de la dictadura) y nunca voy a dejar de extrañarlos, a la vez que su recuerdo es una presencia que siempre me acompaña y rescato lo mejor de sus enseñanzas y la ternura que me prodigaron como nadie lo hizo nunca, tan especial y única. (1) Pero cabe mencionar que ellos tampoco me dijeron que era un hijo adoptivo. Pese a que por lo menos en una oportunidad, que fue cuando nació mi hermana Stella Maris, también adoptada (2), en que alguien de un modo muy fortuito me dijo “así que tenés una hermanita Miguelito… ¿y es adoptada como vos?”, y al ir con la novedad a mi casa no obtuve sino la explicación de que se trataba de una mentira y no debía darle importancia. Cosa que hice sin ningún reparo.
               Más allá de que como psiquiatra haya estudiado el tema en profundidad,  nunca terminaré de asombrarme de la simplicidad y complejidad del conflicto entre lo que se sabe y se niega, que básicamente es lo que implica la contradictoria  y ambigua vivencia de la adopción no develada. De la enorme tarea mental y emocional que conlleva, y de las numerosas consecuencias y efectos que tiene en la extensa red familiar, social y cultural que participa activa o pasivamente para impedir que lo que está a la luz se pueda ver, que lo que se oye con nitidez no se escuche y que lo que siente y se percibe se distorsione  o quede abolido. Aunque, aclaro, lejos estoy de atribuir todas mis dificultades, ni mucho menos,  al hecho de ser un hijo adoptivo. Por el contrario, me siento muy afortunado de serlo y no me imagino una vida distinta a la que he tenido, tan plena e intensa.
               Otra anécdota. Estaba en segundo año de medicina en Córdoba. No recuerdo en que materia, creo que Fisiología. Nos tocó estudiar los grupos sanguíneos. Hice los cálculos en relación al grupo sanguíneo de mis padres y me di cuenta que no coincidían con el mío. Tenía un dato cierto, preciso. Lo conversé  con ellos y nuevamente  lo negaron, lo que convalidé con mi silenciosa aceptación, sin ningún tipo de cuestionamiento.
               Ahora bien, aclaro que cuando me referí  al pacto de silencio no es un concepto que mencioné al azar sino que posiblemente constituye el eje de estas reflexiones  dado su efectividad y alcance, aún en estos días.
               Paso a desarrollarlo.
               Calculo que sería por el 78, en plena dictadura militar, cuando yo viajaba desde Comodoro  a Buenos Aires (haciendo caso omiso a la “recomendación” de no moverme de Chubut por parte de quienes me controlaban, es decir, los “servicios de inteligencia”) para hacer terapia y realizar mi formación de posgrado en psicoanálisis, psicoterapia y técnicas auxiliares en la clínica del Dr. Alberto Fontana (3), cuando se produjo un hecho sumamente significativo en mi vida.
        Ocurrió que en oportunidad de estar en una sesión con el Dr. Guillermo Kornblit (el inefable “Willy”, con el que aprendí mucho más que a ser un paciente) aconteció lo siguiente: al salir de la sesión, estando ya fuera del consultorio, me di cuenta – Willy ni se había dado cuenta – que me estaba llevando un almohadón del diván debajo de un brazo. Rápidamente, golpeé la puerta y se lo devolví, ante la perplejidad del Gordo que dijo “esto jamás me había ocurrido con un paciente”.  Obviamente salí desconcertado pero no le di mayor importancia salvo sentirme un tanto ridículo y confuso. Al otro día, intentando reconstruir lo sucedido, en un momento me propuso que me colocara en la posición que estaba antes de irme de la sesión. Al hacerlo se quedó observándome un rato y entonces me dijo  “lo único que se me ocurre es que pareces un jugador de rugby recostado con la pelota debajo del brazo”. El que me quedé perplejo, al escucharlo, fui yo. Luego de unos instantes reaccioné comentándole que tenía un paciente en tratamiento que era jugador de rugby y que había venido a la consulta por un conflicto con su… adopción.  Comenzamos a hilar más fino el resto de la sesión y Willy quedó convencido de que “yo no sé si lo serás, pero de que te sentís un hijo adoptivo no hay ninguna duda”.  (4)
        Ni bien regresé a Comodoro le dije a mi mamá que quería hablar con ella (mi papá ya hacía tiempo que había fallecido) y nos encontramos esa misma tarde.
        Así comenzó la conversación:
-                  ¿Por qué no me lo dijeron?-  le pregunté
                  ¿Y cómo te enteraste? - me respondió, antes que aclarase a que aludía mi pregunta.
Fue entonces que le transmití lo ocurrido en mi terapia ante el asombro y fascinación de ella. Luego de abrazarnos y llorar con gran emoción (puedo decir que casi sentí que la abrazaba por primera vez), me  contó  las pocas cosas que sabía sobre mi origen y nacimiento (5) y el porqué del silencio, al menos de parte de ella, (“porque papi no quería que te enteraras, pero además yo no te lo dije, porque nunca lo preguntaste en serio”) y del  gran alivio que sentía luego de tantos años de no poder decirlo. Yo entonces  tenía cerca de 30 años y ella alrededor de 70.
                Desde entonces en distintos momentos de mi vida investigué e intenté averiguar mi origen biológico por todos los medios a mi alcance. Esto es: durante años estuve preguntando, entrevistando familiares, conocidos, vecinos de distintos barrios en donde habíamos vivido, enviando cartas, haciendo llamados telefónicos,  mails, acudiendo a archivos, a algunos miembros de organismos de DDHH, recorriendo ciudades y pueblos, siguiendo cuanta pista estuvo a mi alcance, obteniendo hasta el momento solo datos probables, hipótesis varias y muchas historias posibles y otras casi fabulosas. Con el tiempo me di cuenta que todo era inconducente y decidí quedar a la espera.
                De lo que si pude estar seguro es de algunas cuestiones como por ejemplo de que soy uno de los pocos que aún no saben la verdad y de que muchas personas con que las he hablado tenían datos ciertos,  pero que algunos por convicción y otros porque no se animaron, prefirieron guardar silencio.
    Por convicción, porque en la época en que fui adoptado ser un hijo “ilegítimo” o  “bastardo” constituía un estigma, dado que testimoniaba una transgresión a las normas instituidas y las cuestionaba,  por cuanto una  adopción no era posible sin una red de complicidades que ocultara tal hecho,  es decir: el origen que debía encubrirse en pos de obstruir toda posibilidad de acceso a la verdad biológica. Cosa imposible si las hay. (6)
    Pero también porque como me dijo un familiar- contemporáneo de mis padres y  que con seguridad es uno de los portadores del secreto - cuando le pregunté si sabía algo de mi origen biológico:  “No sé para qué querés  saber, si lo importante es que tus padres son los que te criaron, y te aceptaron por vos mismo, sin averiguar de dónde venías, para amarte como su propio hijo, y cuando te adoptaron no solo ellos sino toda la familia te recibió sin reparos y te hizo uno más sin importar nada más, y averiguar o decir algo de tu origen era poner en duda el acto de amor de ellos y todos”. Palabras más, palabras menos. Es decir: lo afectivo y emocional como opuesto a lo legal,  la constitución simbólica de la identidad y de la pertenencia como contradictorio de la “concreta” constitución biológica (en una suerte de inversión del concepto de que “el yo es antes que nada un yo corporal”), como si lo biológico no entrañara una historia que lo complementa. (7)
    En cuanto a los que no se animan a dar a conocer lo que saben, indudablemente  perciben que hacerlo conlleva  el riesgo de hacer detonar  toda la trama de ocultamiento,  temiendo ser implicados en tanto partícipes del mismo.  El temor a revelar la “historia” pareciera proporcional a la magnitud de las infracciones, delitos o transgresiones, supuestas o reales,  ocultas en el secreto. ¿Hijo de madre soltera y padre casado? ¿De un patrón con la empleada? ¿De una dama con algún amante inoportuno? ¿De una prostituta con un “hombre de bien”? ¿De una joven traída de Chile por un matrimonio de una esposa infértil? ¿Dado en adopción o vendido? Son algunos de las variables que se me han planteado y de interrogantes  que dan cuenta de la enorme resistencia con que me encontrado en este arduo camino de querer saber cuál es mi origen biológico. (8)
                Como he mencionado no deseo abundar en detalles respecto a las consecuencias que ha tenido ignorar mi identidad biológica, pero quisiera  mencionar algunas cuestiones respecto a mi derecho a la misma.
    Derecho humano, si los hay, que me aún se me sigue arrebatando  y que me es vulnerado  injustamente, sin ningún tipo de reparo y con total impunidad. Y no se crea que no requerido la ayuda de profesionales del  derecho quienes me han planteado que todo es incierto. Que no hay garantías. Que los plazos han expirado. Que depende de quien tome la causa. (9)
    Invariablemente la respuesta ha sido la misma en todas partes. Mejor dejar todo como está. Para que andar hurgando en estas cuestiones que son cosa del pasado. Para que querer saber, más a esta altura de la vida. O sea: el sacrificio de la subjetividad (la mía) en pos de la “sobrevivencia” de una sociedad que no quiere asumir su grado de responsabilidad en la producción o construcción de la misma.
                Pero como no hay identidad individual que no sea a la vez producto una identidad social aún sigo a la búsqueda con el anhelo de que el silencio dé paso al compromiso con la (s) verdad(es).
    Estoy, sin duda, en tiempo de descuento,  pues  las posibilidades de un encuentro en persona con mis padres biológicos se van acortando y hago  público este testimonio con la esperanza de poder apropiarme íntegramente de mi vida, cosa a la cual también tienen derecho mis hijos, mi descendencia toda.

Miguel Angel de Boer  (**)

Comodoro Rivadavia, 9 de Agosto 2014 (fecha del cumpleaños de mi mama Anna)- 26 de Febrero 2015

DNI 7888294
Cel: 297 154 177547
               
            (*) Hace años que vengo pensando en escribir el presente y comencé a redactarlo hace aproximadamente un año. La cita de Ignacio Guido no es casual. Todo lo que aconteció con su aparición/recuperación me ha servido de estímulo para concluir el relato y la decisión de hacer público este testimonio (y pedido).
                (**) Apellido que se pronuncia: dəˈbur  en neerlandés o  debuur en afrikaans
(1) A ellos les he dedicado varios de mis poemas y relatos a lo largo de mi vida varios de los cuales se pueden encontrar en mi blog: www.lasbabasdelangel.blogspot.com.ar  . También fui miembro fundador y primer presidente de la Asociación de la Colectividad Sudafricana del Chubut, lo cual no fue ajeno a mi deseo de honrar su memoria.
(2) De lo cual yo ni me percaté, porque tantos mis padres como familiares (y creo que mis vecinos de Barrio Muelle también), montaron una escenificación memorable  para que no me diera cuenta de la situación. Recuerdo que una tarde mi mamá se fue porque “voy a tener a tu hermanita” y no regresó hasta el día siguiente. Me despertaron colocándola a Stellita en mi regazo y yo sentí una de las alegrías y felicidades más grandes de mi existencia, pues siempre había pedido por ella. Recuerdo también que después recorrí el barrio casa por casa compartiendo con una emoción incontenible y gritando  a toda voz “tengo una hermanita, tengo una hermanita” a mis vecinos. Fue un 25 de Marzo, instituido en Argentina como el “Día del niño por nacer”, y fui yo quien le eligió el nombre. También ella aún hoy ignora su origen biológico.
(3) De paso aclaro que guardo una gratitud infinita hacia Fontana y todo el equipo, pues fue el único que aceptó  atenderme luego de varios intentos que hice con diversos referentes de aquel entonces que me rechazaron tanto  debido a mi condición de ex militante como por efecto del miedo y terror imperantes. En ese  momento estaba exonerado de toda actividad profesional en el ámbito de instituciones tanto estatales como privadas porque me habían aplicado la “Ley de Seguridad”. De todo lo vivido durante la dictadura doy cuenta en un relato que se encuentra en la web “Breve relato de mis vicisitudes como terapeuta durante la dictadura militar”,  que estoy corrigiendo y ampliando para una próxima reedición.
                (4) Recuerdo haber salido de la sesión muy impactado, pues evocaba imágenes, situaciones, ideas que se asociaban, ahora innegablemente, a lo ocurrido. También recuerdo que entré en un negocio y el vendedor que me atendió (recuérdese que estábamos en la dictadura) lo primero que me preguntó fue si yo era militar. Cosa que me dejó turbado dada la situación que atravesaba. Ni que pensar si hubiera sabido, pues me enteré hace muy poco, que estaba con una orden de captura federal, además de  cual era una de las posibilidades de mi origen biológico paterno. También merece ser compartido lo que ocurrió con el paciente mencionado. Al enterarse de su adopción el proceso familiar que se desencadenó fue muy complicado, pues la madre no toleró que él quisiera saber cuál era su origen biológico. Tiempo después contrajo matrimonio y no recuerdo si luego de tener uno o dos hijos, murió en un accidente por demás increíble, llevándose – literalmente -  un poste por delante con una moto. Lo tengo entre uno de los recuerdos más tiernos por cómo era (simpático, locuaz, muy inteligente y afectuoso) y por lo que significó en mi vida. Tendría alrededor de veinte años, pues lo atendí cuando estaba terminando su secundario y lloré junto a su familia en su velorio y entierro.
                (5) Entre ellas que: “La abuela Adela nos avisó que ibas a nacer y fuimos con papi. Yo alcancé a verla a tu mamá. Era una morochita joven, muy linda. Estaba con los padres. Esperamos que nacieras y como cuatro horas después te llevamos a casa”. “No nos dijo quién era tu mamá ni tu papá y además no teníamos que preguntar nada, pero nos enteramos que ella podría haber sido de Santa Cruz, que los padres tenían una estancia, y que  había quedado embarazada de un hombre casado que podía ser….un militar, aunque habían otras versiones”. “La Abuela se llevó el secreto a la tumba”, dijo entre otras cosas.
                (6) En mi Acta de Nacimiento  no hay ningún dato que indique mi adopción, por lo que constituiría una apropiación ilegal, una sustitución, con participación y complicidad del Estado, pero que era común en aquel entonces y no se consideraba un delito en los términos en que se concibe actualmente.
                (7) La misma sociedad que enuncia de un modo absoluto que “parir un hijo que lleva la misma sangre” es la prueba indiscutible de la auténtica filiación, niega e impide a la vez, por todos los medios posibles, el genuino interés que puede tener un hijo adoptivo en conocer su procedencia biológica. Evidentemente no solo de sangre y ADN se trata.
                (8) Tanto a lo largo del ejercicio de mi profesión como psiquiatra, como en la ardua búsqueda que realicé en todos estos años, me encontré con un mundo paralelo en mi ciudad y en la región, que bien se comprende –al ir conociendo los actores en juego – se resiste a ser develado, y todo intento de ponerlo en evidencia genera una tensión que excede lo meramente individual, lo cual se manifiesta  desde las maneras más sutiles hasta las más grotescas.
                (9) En este sentido es auspicioso el Proyecto de Ley DERECHO A LA IDENTIDAD DE ORIGEN Y BIOLÓGICA presentado al Congreso de la Nación. 
 http://www.change.org/p/apoyo-para-que-se-trate-el-proyecto-de-ley-nacional-derecho-a-la-identidad-de-origen-y-biol%C3%B3gica



4-5 meses
6 meses
1-2 años
Con mi mamá

3 años
3-4 años
4 años

Con mi mamá (der de la foto), mi papá y sra e hija amigas (holandesas)
8 años
11- 12 años
Con mi hermana Stellita
Mis hijos cuando eran chicos: Emiliano (conmigo) y Manuelito

3 comentarios:

  1. El tiempo se te acorta, es cierto, pero, cuando ya hayas "partido", para vos ya no tendrá ninguna importancia haber sabido o no tu origen biológico. Ya estarás más allá de todo y habrás entrado a la inmensidad de la nada en donde ya nada tiene valor y en el mismo limbo en donde te acompañaremos todos tus contemporáneos. Un abrazo fraternal, Chente.

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  2. Por cierto que me importa ahora, antes de "partir". Abrazo

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  3. Claro que sí importa Miguel Angel! coincido con vos...
    Gracias por hacer público este texto tan emotivo y por habernoslo enviado a Barbecho, un espacio para el cuerpo y la Cultura. Hermosas tu palabras referidas al amor que recibiste de tus padres en tu crianza...Creo que es importante hacer conocer (especialmente de boca de quienes han vivido una situación así, como es tu caso) la diferencia entre amar, valorar y honrar a los padres que nos criaron, con el hecho de querer conocer la verdad de origen. Creo que allí se han alojado muchos temores que contruyeron este gran secreto social... es decir, esta idea de que quien se entera de su verdadera historia deja que querer a sus padres... no crees? Te envío mi sincero deseo de que puedas encontrar tu verdad. Abrazo, Laura Arisnabarreta.

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