jueves, 17 de abril de 2014

El coronel, el gallo y nosotros, los argentinos


En la novela “El Coronel no tiene quien le escriba”, Gabriel García Márquez nos transmite, con su genial maestría, las vivencias de un viejo coronel que lucha por sobrevivir -junto a su mujer- en un apartado pueblo de Colombia. En el curso del relato van aflorando sus recuerdos de glorias pasadas, a la vez, cobra fuerza la relación que el coronel tiene con un bello gallo de riña, el cual no es sino la representación de lo que alguna vez se figuró ser. Con una perseverancia que orilla lo obsesivo, el anciano militar brinda las energías que le restan, al servicio del cuidado del gallo. Lo alimenta, lo protege, lo mima, lo adora. El gallo es todo lo que le queda. Es todo lo que le queda de sí. Es el orgullo, la valentía, la nobleza, la armonía, el equilibrio, la naturaleza incontaminada, la pureza. En contraste el coronel está viejo, enfermo, con el agobio de los años encima, sin otra perspectiva que la muerte como meta, con la impotencia de sentir la irreversibilidad de lo pasado, inepto para poder transformar la realidad, con la amargura de quien tiene que tolerar impasiblemente el curso de los acontecimientos.
El contraste es aún mayor en la medida en que la esposa reclama quejosa, insidiosamente, que el coronel debiera ocuparse más por ellos y menos por el gallo; puesto que “día a día” se van muriendo de hambre.
Con una cadencia casi musical, García Márquez despliega la eterna lucha entre naturaleza y cultura; la injusta contradicción que se produce entre el logro de la satisfacción de las necesidades más elementales y el desarrollo del ser humano a otros niveles. La historia -en fin- del hombre en su esencia, en una sociedad que le va estrechando ilimitadamente las posibilidades de poder
seguir siendo él mismo.
Al final del libro, cuando ya todo se ha transformado en una infinita letanía, en un momento en que el coronel está, como de costumbre, con su gallo; es decir, aferrado a su paraíso perdido, la esposa, encarnación sensata de la realidad material, se dirige a él preguntándole, desfalleciente, qué es lo que van a comer; pregunta que el coronel ha eludido hasta el cansancio, puesto que no tiene respuesta alguna que brindarle. Es entonces que el libro cierra (¿cierra?) cuando el coronel contesta definitiva, resignada, casi insolentemente, al interrogante implacable, con una simple palabra: “mierda”.
La Argentina -los argentinos- como el coronel, buscan desesperadamente aferrarse a señales, a recuerdos, a indicios que sirvan para cohesionar una identidad que sienten amenazada por el cambio de una realidad económica desintegradora. Libran un combate por obtener lo indispensable para vivir, que posterga, quebranta la realización de sus más auténticos proyectos psíquicos, espirituales, afectivos. Como en el medio de una tormenta que no cede, aguardan el momento del escampe, del sosiego, del fin de este diluvio económico, cruento e impiadoso, para poder -en la quietud de la paz- reanimar sus sueños; ésos que le dan a la vida la razón de la existencia.
Batalla (¿o guerra?) despiadada, donde algunos están dispuestos a comer mierda con tal de que no muera el gallo, para que otros no tengan que comer mierda, porque ya se les está muriendo el gallo, por culpa de aquellos que no tienen empacho en liquidar al gallo, aunque la gran mayoría se vea obligada a comer mierda.

Comodoro Rivadavia, Julio de 1989.
Miguel Ángel de Boer


Publicado en “Desarraigo y Depresión en Comodoro Rivadavia y otros textos- 3ª Edición. Vela al Viento ediciones Patagónicas - 2011