viernes, 20 de diciembre de 2013

Los fines de año


 “Este año otra vez se me pasó volando”, “todavía no saqué el arbolito del año pasado” o “en casa ya ni lo armamos”, son algunas de las expresiones que suelen escucharse a medida que nos vamos acercando a “las fiestas”.  El fin de año, que llega casi abruptamente por un transcurso del tiempo que percibimos cada vez más acelerado, nos impone - también vertiginosamente -  la irreductible certeza de nuestra finitud y la de nuestros seres queridos, es decir, de aquello que tal vez sea lo único verdaderamente esencial para darle significado a nuestra existencia.
                Cierto que el fin de año también es época de sueños, esperanzas y renacimientos, pero es a otros aspectos a los que voy a referirme. No por melancólico, sino porque son los que posibilitan que en los fines de años se expresen estados de ansiedad y estrés, pánico, fobias, irritabilidad, intolerancia, conductas de riesgo, accidentes, abuso de consumo en todos los órdenes y los más diversos conflictos y descompensaciones. Es decir, todo lo contrario a un encuentro de paz, reflexión y alegría (que no lo es la euforia maníaca) que correspondería a la celebración de la vida a pesar de sus sinsabores.
                Es que al aproximarnos a  estas fechas  las vivencias de las pérdidas se acentúan. Sean económicas, de salud, familiares (separaciones, fallecimientos) o académicas. Sean reales o simbólicas. Los duelos (lucha, dolor) cobran una intensidad distinta a la de otras épocas del año, por lo que quienes atraviesan estas circunstancias (¿quiénes no?) deben afrontar ahora con toda su crudeza el proceso emocional y afectivo que esto conlleva. Los que no están lo están menos, hay lugares vacíos en la mesa, las ausencias no se pueden enmascarar, las lejanías se acentúan. La soledad o los sentimientos de soledad se tornan mucho menos tolerables, todo lo cual suele conducir a la depresión y el aislamiento, a una mayor vulnerabilidad.
Tiempo de evaluación y de balances, de lo que se logró y lo que no. Los problemas no resueltos reclaman con urgencia su plena satisfacción, las demandas se desbordan, las tensiones buscan su descarga perentoriamente. Así, las recriminaciones, las acusaciones, los “pases de factura”, los resentimientos, las culpas, los autorreproches, se van imponiendo involuntariamente, obsesivamente.  De ahí las conductas impulsivas, la agresividad en todas sus formas, la violencia, como expresiones de la impotencia, del sufrimiento, del dolor. Por el incumplimiento de expectativas y decisiones que no han sido realistas o bien porque a veces las cosas salen mal. Se trate de un infortunio amoroso, una mudanza desafortunada o un conflicto laboral o político resuelto insatisfactoriamente.  Claro que todo depende de las circunstancias que a cada uno le toca en suerte vivir,  pues no es lo mismo perder en un negocio en la bolsa que padecer una injusticia o ser víctima de un delito o una discriminación.
Las exigencias que la cultura del éxito y la satisfacción consumista imponen, no dan lugar a la frustración, al error, a las duda, a la tristeza, al fracaso, sino que por el contrario deshumanizan la existencia vaciándola de su contenido primordial, cual es el crecimiento a través de la experiencia y el aprendizaje. Imperativo consumista que, potenciado por la anomia y los modelos de inmoralidad que se exhiben con total impunidad, motorizan un “vale todo” que exacerba aún más al individualismo por sobre la solidaridad, a la destructividad por sobre la capacidad de pensar  y actuar creativamente.
Es por ello que para muchos el anhelo es “pasar las fiestas lo más rápido posible”, como modo de atemperar el momento de fragilidad que los atraviesa.  Así como para otros es una oportunidad de encuentro y afianzamiento.
Lo dable para todos sería la integración, el reconocimiento de lo que fue y lo que es: un año más y un año menos. Comprender que es a partir de la aceptación - que no equivale a gusto - de la realidad es posible su transformación.
Que la vida, pues de ella estamos hablando, está para ser vivida. Mancomunadamente.
                Lo que implica sumergirse en todo lo que ella nos brinda para a la vez poder brindarnos a ella, enalteciéndola. Enalteciéndonos.
               
                Dr. Miguel Angel de Boer

                Diciembre, 2013

lunes, 25 de noviembre de 2013

"Yo me vine a atender..." (*)


“…Yo me vine a atender doctor porque me siento mal y no desde ahora sino desde hace mucho tiempo depresión creo que tengo desde chica me parece porque cada vez tengo menos ganas de vivir y siempre estoy enferma y no me encuentran nada ni en los análisis ni en las tomografías  la cabeza me duele toda esta zona y también mareos apetito no tengo como por obligación y si dormir no duermo muy bien pero ya estoy acostumbrada pero vine porque hace como dos meses estoy con una idea que yo no quiero tener y  que ya no son solo ganas de morirme sino que empecé a pensar en eso en el suicidio y no quiero doctor imaginesé pero es que ya estoy muy cansada me duele el estómago también me dijeron que era gastritis pero no me hacen nada los tratamientos porque yo creo que son los nervios por tantos problemas si de familia y la plata que no alcanza mis hijos ya son grandes pero los problemas no terminan y yo de chica como le dije siempre tuve problemas mi mamá también fue muy sufrida como yo éramos muchos hermanos y ella pobre hizo lo que pudo sobretodo aguantarlo a mi papá que la trataba muy mal le pegaba y la insultaba pero ella por nosotros aguantó siempre por eso la quiero tanto y nosotros también le teníamos miedo a mi papá porque nos asustaba bueno si a veces también nos pegaba menos a uno de mis hermanos que le hacía frente era muy malo mi papá pero era le bebida que lo ponía mal en el fondo nos quería pero yo después seguí adelante y cuando pude me fui de mi casa bueno si conocí a mi esposo me casé y me fui y formamos una familia tengo varios hijos que ya son grandes por suerte porque me costó mucho criarlos prácticamente sola porque no soy de acá y mi familia está lejos y nos vemos muy poco nunca me imaginé que iba a venir a vivir tan lejos pero fue por el trabajo de mi marido que es muy trabajador nunca nos hizo faltar nada todos los chicos terminaron el secundario y ahora trabajan menos una de las chicas que se casó y no tuvo necesidad porque el marido está en el petróleo como le decía mi marido es muy cumplidor si a veces es de un carácter fuerte es de gritar cuando algo no le gusta y a mí eso me altera un poco los nervios no me termino de acostumbrar ojalá hiciera como mi hijo del medio que no le hace caso pero él igual sigue gritando a mí me hace acordar a mi papá creo que por eso me da tanto miedo se enoja y grita y grita y yo lo único que espero es que se le pase así me puedo tranquilizar y muchas veces después quiere tener sexo y con eso se calma yo hace mucho que no siento nada pero como sé que  se tranquiliza no me cuesta ya estoy acostumbrada además hace tiempo me ligaron las trompas porque a él nunca se quiso cuidar por suerte eso si le digo nunca  me pegó alguna que otra cachetada pero yo siempre me sentí con culpa porque fue por algo que yo sabía que le iba a caer mal como arreglarme demasiado o usar maquillaje porque es muy celoso hasta de mis hermanos o de las visitas que no quiere que vengan mis amigas ni mi familia pero fui aprendiendo como llevarlo más por mi hijos para que no tuvieran que presenciar esas escenas porque si uno sabe llevarlo es tranquilo solo que tiene costumbre de gritar y a mí me pone muy mal no sé porque no puedo no hacerle caso y me siento como una estúpida además que haría sin él porque es muy inteligente le consulto todo como si pensara por mí y porque fuera de eso lo demás está bastante bien vio y yo si alguna vez pensé en separarme ya a esta edad  que voy a hacer ya voy para los cincuenta ya si no fuera por esta depresión y el zumbido en oídos ah y que me atraganto doctor como si tuviera algo atravesado en la garganta como le decía si no fuera por estos síntomas sobre todo esa idea de matarme la verdad es que no tengo mucho de que quejarme….”

Miguel Angel de Boer
Noviembre 25, 2013 - Día Internacional de la no violencia contra las mujeres-


 (*)  Cualquier similitud con la realidad no es una mera coincidencia

viernes, 22 de noviembre de 2013

El estigma en salud mental


A pesar de los avances que hay en el conocimiento, diagnóstico y tratamiento de los padecimientos mentales;  de la mayor información, divulgación y conciencia que día a día se van instalando en la sociedad, mucho es  lo que aún queda por hacer en el campo de la salud mental.
El aumento creciente de las distintas patologías tales como la depresión, la ansiedad en sus distintas variantes (ansiedad generalizada, pánico, TOC, fobias, estrés), el abuso de sustancias, las psicosis, las demencias, los trastornos de personalidad, entre otras, parece no tener fin, lo cual tiene una directa relación con el agravamiento de los múltiples factores intervinientes (básicamente la complejidad del mundo actual), como asimismo con la inadecuada o muy limitada respuesta que se brinda desde los ámbitos (estados, gobiernos, instituciones)  a quienes les corresponde la mayor responsabilidad.
            A esto se suma – o subyace – una de las dificultades fundamentales con las que se vincula esta problemática cual es el de la estigmatización (marca o señal) tanto  de las distintas patologías como de quienes las padecen. Lo que implica una significación y valoración altamente negativa, de rechazo y discriminación, con la consecuente incomprensión y aislamiento en que sienten sumidos, además del dolor propio de su sufrimiento.
            Problema de vasto alcance si tenemos en cuenta que según datos de la OMS (Organización Mundial de la Salud) el 25%  (1 de cada 4 personas) de la población mundial tiene algún tipo de padecimiento y se calcula, entre otras proyecciones, que para el 2020 la depresión será la segunda causa de discapacidad en el mundo. A esto podemos agregar un dato que vale la pena considerar: no hay nadie exento de tener, en algún momento de su vida, un episodio, un conflicto o una complicación relacionados con su salud mental. Esto sin considerar que la atención psicológica y/o psiquiátrica abarca también situaciones  tales como las crisis vitales (los cambios inherentes al curso de la vida) y tantas otras que sin ser patológicas, con una asistencia oportuna, no solo que se pueden resolver favorablemente sino también potenciar el crecimiento personal y, en consecuencia, evitar una evolución desfavorable, que es lo que ocurre habitualmente al no ser consideradas como un motivo de consulta válido.            
Desde tiempos pretéritos los prejuicios, las estereotipias, las creencias erróneas han ido conformando una construcción negativa de las enfermedades mentales, tanto en cuanto a sus causas como a sus consecuencias. Explicaciones basadas en creencias supersticiosas, mágicas, demoníacas, religiosas, sobrenaturales, han persistido hasta nuestros días vinculándolas con atributos peligrosos, temibles, extraños, violentos, ajenos a las “normas” y la “normalidad”, en fin, amenazantes. En consecuencia, emociones tales como el miedo, la desconfianza y  el distanciamiento son las que predominan cuando de “problemas mentales” se trata, generando reacciones y conductas aversivas y de segregación, cuando por el contrario de lo que se cree las personas con problemas de salud mental están más expuestas a ser víctimas de violencia, robos, acosos (el mobbing en los niños es muy frecuente) que la población en general, dada su vulnerabilidad (con el agravante de su escasa credibilidad si realizan una denuncia). Esta negativa asociación no pocas veces es también fomentada por los medios de comunicación, las películas, las series televisivas, las novelas, con noticias sensacionalistas, referencias verbales, imágenes, escenas  y personajes que la resaltan.
            Pero no solo la estigmatización sino también la autoestigmatización, es decir la valoración negativa que una persona hace sobre si misma, es otro de los factores que acentúa aún más el problema, por cuanto conduce a una devaluación y empobrecimiento de la autoestima (“soy débil”, “no sirvo”, “van a pensar que estoy loco”, “no me van a querer”), y en consecuencia al ocultamiento, al retraimiento y a la imposibilidad de acudir por ayuda hasta que los síntomas se tornan insoportables o bien muy evidentes para el entorno, que es cuando se realiza, habitualmente, una consulta.
            La exclusión estigmatizante no es sólo moral, sino social, laboral, académica y jurídica. La victimización e “inferiorización”, limita  una amplia gama de posibilidades (de tratamiento, de estudio, de trabajo, de relación con los demás), con lo cual se consolida lo contrario de lo que debiera ser: la más amplia contención en red posible, para facilitar la inclusión. Asimismo son segregadas  las familias, incluso por parte de los mismos profesionales tratantes que a menudo las culpabilizan de los problemas del paciente. Lo mismo ocurre con los trabajadores de salud mental intervinientes, servicios e instituciones, que también son vistos o percibidos de un modo distinto de quienes se ocupan de las “enfermedades corporales, somáticas o físicas” (que por otro lado además de tener su correspondencia en lo “mental”, siempre tienen una repercusión emocional o anímica, cosa que por no ser tenida en cuenta lleva al fracaso de muchos tratamientos). Por todo lo mencionado el paciente suele llegar a la consulta luego de un largo recorrido por distintas especialidades, con numerosos estudios y tratamientos realizados,  agobiado porque “no me encontraron nada” (generándole una mayor confusión y angustia) que es lo que suelen decirle quienes lo han atendido, debido a  una concepción de que lo mental, lo emocional, no existen , sea por ignorancia y desinformación,  o bien por los prejuicios estigmatizadores que son muy usuales en la práctica médica (lo que además trae en consecuencia un despilfarro  de recursos y  un desaprovechamiento lamentable de una prevención que podría ser sumamente beneficiosa )
            Ya se sabe que la negación de un problema lejos de resolverlo lo agrava. Nunca más cierto con lo que acontece con la salud mental.
            Costos sociales, costos económicos, pero por sobre todo costos humanos - la mayoría de las veces evitables o que son de favorable resolución con los recursos adecuados - seguirán en aumento en tanto la cultura del miedo y las descalificación no se reviertan.
Todo ser humano tiene derecho a enfermarse y, en la misma medida, tiene derecho a recibir ayuda y asistencia no solo para aliviar sus síntomas y su malestar sino para recuperar y desarrollar sus capacidades o adquirir otras nuevas, es decir para ser provisto de herramientas que favorezcan su autonomía y su dignidad (*). Para ello se imprescindible una toma colectiva de conciencia antiestigmatizante, pues no es con el rechazo y el desprecio sino con la aceptación basada en el respeto que esto será posible.

            Dr. Miguel Angel de Boer
            Octubre, 2013
            Médico psiquiatra – Psicoterapeuta
            MP 486
            deboer_miguel@uolsinectis.com.ar
            Cel 297-154177547
            Miembro Titular de la Asociación Argentina de Psiquiatras (APSA)
            Miembro Titular de la Asociación Argentina de Salud Mental (AASM)
           

            (*) Objetivos que contempla la extensión del CUD (Certificado Único de Discapacidad) en nuestro país, cuyo carácter no es restrictivo (se extiende por un lapso determinado en función de la evolución de quien lo recibe) y busca ampliar los derechos y beneficios (transporte, cobertura en salud, turismo, capacitación laboral y académica, asesoría legal) en pos de la inserción más amplia.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Inauguración de RETAZOS TESTIMONIALES - Arpilleras de Chile y otras latitudes


El sábado 28 de Septiembre se inauguró la muestra de Arpilleras a cargo de su curadora, la amiga Roberta Bacic, en la sala PAyS (Presentes Ahora y Siempre) del Parque de la Memoria de la Ciudad de Buenos Aires.
Tuve el gusto y el honor de ser invitado dado que una de las Arpilleras estaba dedicada a la que fue mi esposa y compañera, María Haydée Rabuñal, a la vez que a los desaparecidos y luchadores de Argentina.
Su autora, la artista textil irlandesa Deborah Stockdale, se inspiró para realizarla en la historia de la Flaquita, en el poema "Me dejaron tu pulover verde" que es de mi autoría y en cartas y fotos que yo tenía y que se pueden ver integrando la obra. De las viscitudes del mantel incorporado a la arpillera doy cuenta en el relato "Mary, el mantel, la libreta y unas pocas cosas más" que puede leerse en este blog.
Va mi agradecimiento más profundo a Roberta y Deborah por este conmovedor y seguramente imperecedero homenaje.
María Haydée Rabuñal, los desaparecidos y luchadores: PRESENTES!

Miguel Angel de Boer
Septiembre 2013

                                               Me dejaron tu pulóver verde (*)

Desaparecidos 

Desaparecidos (reversa) 



Detalle de una carta que me escribió Mary cuando estábamos de novios

Con Roberta Bacic

Con el amigo y compañero Sergio Bufano

Con mi sobrinina Suyay












(*) ME DEJARON TU PULOVER VERDE


Me dejaron tu pulóver verde
cuando te fuiste

Llevándose el verano aquel
el del cielo tibio que con sus noches
nos guarecía del mundo entero en nuestro lecho

Cuánta dicha encontraba entonces mi anhelo
En tu sonrisa
En las palmas de tus manos
En tus suaves cabellos recorriendo con ternura
todo mi cuerpo

Me dejaron tu pulóver verde
cuando te fuiste

Dejándome tu aroma
que mil veces olí desfalleciente
evocando tu mirada
añorando tu desnudez
la tersura de tus labios
y esas palabras que no podrá borrar el tiempo

Porque no pudo el odio
ni la avasallante muerte
desterrar mi amor
ni mi carne dolida cedió al intento
de que me robaran tu recuerdo

Me dejaron tu pulóver verde
cuando te fuiste
Pero no pudieron llevarte
porque estarás conmigo
para siempre

(*) A María Haydée Rabuñal, estudiante de Medicina, cordobesa, querida esposa y compañera.

sábado, 3 de agosto de 2013

Mary, el mantel, la libreta y unas pocas cosas más


 
Hace ya más de un año que mi querida amiga Roberta Bacic, quien actualmente vive en Irlanda, me comentó que estaba preparando una exposición de “arpilleras”(1) para presentar en el Parque de la Memoria en Buenos Aires (2), entre la cuales tenía la intención de confeccionar una en homenaje a los desaparecidos y luchadores en Argentina y que para ello había pensado en mi compañera Mary, María Haydée Rabuñal, la Flaquita (3). La idea está basada en el poema que yo le dediqué –“Me dejaron tu pulóver verde”-  e inspiró a la artista textil Deborah Stockdale para concretarla. Con tal motivo no tuvieron mejor idea que preguntarme si yo no tenía el pulóver o alguna prenda de Mary para incorporarla a la arpillera. Fue cuando me di cuenta que no tenía absolutamente ninguna prenda u objeto de Mary, solo algunas fotos y cartas que nos escribimos durante nuestro noviazgo – que aún no logro entender cómo es que se encuentran en mis manos-, cosa que les informé. Me pidieron entonces que seleccionara alguna carta que les resultaría muy útil y significativo poder integrarla a la obra.
A partir de entonces no pude evitar ponerme a averiguar si lograba encontrar alguna prenda de la Flaqui recurriendo a quienes estuvieron cerca de nosotros en aquella época en  Córdoba. Fue así que hace aproximadamente un mes recibí un mantel que es uno de los que usábamos con ella y que nunca más volví a ver desde el día en que dejamos la última casa en que vivíamos, la cual debimos abandonar a raíz de una serie de vicisitudes que ocurrieron después de que fuimos encarcelados.
Después de salir en libertad ella decidió ir a Buenos Aires por un tiempo, en tanto yo permanecí en Córdoba con la intención de continuar estudiando para recibirme de médico. Había tomado la decisión de alejarme de la militancia - e intenté, infructuosamente, que ella hiciera lo mismo-, por considerar que íbamos a una derrota segura, aunque nunca me imaginé la terrible pesadilla que se nos venía encima.
Así transcurrieron los meses hasta que un día en que me encontraba en un bar de Barrio San Martín, en una mesa que daba a la vereda, y por esas coincidencias que tiene esta bendita vida, pasó un compañero del Hospital de Niños (en donde habíamos sido practicantes, él de hemoterapia – quien al devenir la democracia fue un destacado actor en el campo de salud pública- y yo de anestesia) quien al verme, sorprendido,  me preguntó si todavía seguíamos viviendo en la misma dirección. Al confirmárselo, me comentó, muy angustiado, que acababa de enterarse que la pareja que había vivido allí antes que nosotros – y a quienes también conocíamos- habían caído presos.  Dicho lo cual nos quedamos perplejos y en silencio, tanto él como el compañero con el que estábamos tomando un café y  que también había dejado la militancia. Porque además de la impresión por la caída, rápidamente hicimos la deducción  de que seguramente los estarían torturando y que, además, era muy posible que no hubieran hecho el cambio de dirección en sus documentos (4).
Lo que no sabía el que me avisó era que en ese preciso momento se encontraba circunstancialmente en casa otro compañero que estaba de paso (y que, él sí, seguía en la militancia activa), por lo que las posibilidades de que lo atraparan en caso de que fueran a allanar eran muy altas. Pero por suerte para mí, además de la increíble casualidad de que ese día no me había quedado,  y también porque era común en la práctica entonces, habíamos convenido una cita de control, con dos recambios, antes de regresar a la casa (que en realidad era un departamento ubicado en un patio, escaleras arriba), dado que  él tenía pensado salir más tarde. Fue así que, al no concurrir al tercer recambio, dimos por sentado que lo habían encontrado y que seguramente ya estaría siendo interrogando, por lo que decidimos avisar a la familia – que era de Córdoba- y a la facultad donde estudiaba, a los fines de hacer la denuncia correspondiente.
Yo, por mi parte, me quedé a la espera de que viajara algún responsable de la organización para ver que hacer, pues si bien, como mencioné, ya no pertenecía a la estructura, si tenía interés en recuperar mis cosas y, por sobre todo, mi libreta universitaria, sin la cual no iba a poder rendir las materias, pues conseguir un duplicado y más en las condiciones que me iba a encontrar (prácticamente prófugo) a partir de ese momento, sería poco menos que imposible.
Así las cosas, llegó el responsable desde Buenos Aires (5), con quien decidimos ir a ver qué había ocurrido en el departamento. Hicimos un minucioso chequeo por el barrio a los fines de no caer en una “ratonera” y cuando consideramos que ya no corríamos riesgos, nos dispusimos a entrar. Luego de un cabildeo para ver quien lo hacía primero, subí por la escalera mientras él me cubría y de una patada – los años de karate no habían sido en vano - derribé la puerta, encontrándome con una escena que aún hoy recuerdo casi con nitidez. El lugar estaba “reventado”. Con todo revuelto, desparramado. La ventana que daba a un patio interno, abierta. Mi gatito estaba caminando sobre la mesa, llorando, desorientado y seguramente con hambre. En el baño, que estaba a la izquierda de la entrada, la bañadera estaba casi hasta el tope de agua con sangre entremezclada, producto del “submarino” que le habían realizado al compañero (6),  luego de descubrir que allí vivíamos nosotros, en el intento de ganar tiempo para que hablara. Pese al impacto por lo que estábamos presenciando, rápidamente busqué la libreta y el guardapolvo, lamentándome de que se hubieran robado el tensiómetro y el estetoscopio, pues sabía que pasaría mucho tiempo antes de que pudiera comprar unos nuevos, cosa que recién concreté luego de recibirme.
Cuestión que salimos espantados aunque yo contento con mi libreta sintiendo que – pese a todo- los había jodido.
Después supimos lo mal que la había pasado el compañero puesto que – otra coincidencia - los que lo apresaron fueron los mismos del Departamento de Informaciones que me habían “interrogado” en el Pasaje Santa Catalina, cuando caímos presos con la Flaqui. Entre los más desaforados estaba el despiadado “Sérpico” (7) (“¿ adonde está el médico, adonde está el médico?” le preguntó hasta el cansancio, creyendo que yo ya lo era), que se quedó con la sangre en el ojo porque logramos salir en libertad y tiempo después “me le escapé”  de entre las manos, en oportunidad que intentaron atraparme en pleno centro de Córdoba (8). Esta era la tercera vez que estuvo a punto de atraparme. Después vendría una cuarta, también fallida.
Lo cierto es que yo seguí estudiando medicina hasta recibirme. De cómo lo hice será motivo, tal vez, de otro relato, porque mucho más se complicaron las cosas cuando aconteció lo que paso a relatar.
Como al departamento ya no podía volver, mis queridos amigos Juan y Juana (el inolvidable Juan falleció hace muy poco), que no tenían nada que ver con la militancia pero cuya amistad fue, y siguió siendo, inquebrantable, me pidieron ir a ocuparlo. Yo no quise saber nada pero insistieron tanto que finalmente se mudaron con sus hijos (hace unos meses me enteré que la hija menor nació viviendo ellos allí). A partir de entonces, cada tanto los iba a visitar o a buscar algo que necesitaba, pues dada mi situación no tenía domicilio fijo. Vivía en constante movimiento en casas de compañeros y amigos que por solidaridad me recibían arriesgando su libertad y su vida, y por los cuales tengo una gratitud infinita.
Una mañana, en que me encontraba en la casa de un matrimonio amigo de dos extraordinarias personas, con una generosidad que en ellos era casi innata pues me cobijaban con todo su afecto (ambos son actualmente médicos destacados y tienen una bellísima y numerosa familia), leí un titular en La Voz del Interior que mencionaba la “muerte de subversivos en un enfrentamiento”, pero eran tantos las muertes en ese momento que casi no le di importancia, por lo que no me detuve a leer la noticia. Al atardecer del mismo día fui a visitar a Juan y familia y cuando abrieron la puerta él con el rostro desencajado me dijo: “Petiso ¿no te enteraste?”,¨¿qué?¨, le respondí, ¨la Flaquita…..” me dijo, ya con las lágrimas rodando por sus mejillas…, y ahí supe, en uno de los instantes más dolorosos de mi vida - al que correspondí con un grito de “¡Noooo!” que reiteré hasta el agotamiento -  que lo peor que podía ocurrir había ocurrido. A Mary la habían matado. Se habían enterado por el diario.
Fue entonces, ahora sí,  que tuve que pasar a la clandestinidad, pese a lo cual, con mi libreta (9), mi guardapolvo y mi dolor a cuestas, me terminé recibiendo ya instalada la dictadura. El Delegado Militar me entregó el diploma.
            Nunca más regresé al departamento hasta este año, donde gracias a la gentileza de una persona que vivía en el lugar, pude sacar algunas fotos. Fui recuperando algunas cosas, como las cartas mencionadas, de a poco, pues en la clandestinidad había que andar “con lo puesto”. No obstante me quedaron libros, discos y alguna que otra cosa. Pero nada que fuera de uso común con la Flaqui y muchos menos de uso personal de ella.
Hasta ahora que me llegó el mantel (10), como un increíble testimonio de nuestra historia
Que es como constatar, que pese a todo lo ocurrido, lo que valió la pena fue verdaderamente cierto.
Que la vida sigue y sigue.
Que, como dice Víctor y me lo recordó hace poco mi amigo César:
¡Todavía, cantamos!

Miguel Angel de Boer
Agosto 3, 2013



(2)     Exposición que se va a realizar el 28 de Septiembre de este año en dicho lugar. http://cain.ulst.ac.uk/quilts/exhibit/followup.html#buenosaires280913
(3)     Hoy 3 de Agosto, su cumple un nuevo aniversario de su muerte.
(4)     Esta era una medida de “seguridad” que se solía hacer con frecuencia en aquel entonces. Es decir: se alquilaba una casa fijando el domicilio en el documento de identidad, para luego alquilar otra sin asentar el cambio, justamente con la idea de que si se "caía" con esos  documentos, los que hicieran el allanamiento irían al lugar "equivocado", lo que daba tiempo (resistiendo la tortura, claro) para "limpiar" la que se estaba usando, o sea: para sacar  todos los elementos comprometedores o alertar a quienes pudieran encontrarse en al misma.
(5)     Quien es actualmente uno de los escasos sobrevivientes vivos escapados de un campo de concentración.  Luego de su fuga (con las manos y rostro ensangrentados por  la tortura a la que fue sometido) partió al exilio hasta que regresó a nuestro país. Lo volví a ver años después de haber terminado la dictadura. Actualmente sigue escribiendo y haciendo importantes aportes a la comprensión y el esclarecimiento de nuestra historia, aunque de su profesión se ha jubilado. Tengo el inmenso gusto de tenerlo entre uno de mis mejores  y más queridos amigos.
(6)     También sigue vivo. Lo volví a ver una vez al llegar a una esquina en Córdoba, todavía en plena dictadura, en donde casi nos desmayamos de la impresión, pues algo fortuito. También estuvo exiliado. Aún recuerdo que en una oportunidad me llegó, en forma anónima, un libro escrito por él – publicado en Europa- donde había algunos poemas dedicados a la Flaqui y a mí creyendo que estábamos muertos. Finalmente se radicó en un país de aquel continente instalando un restorán,  y no hace mucho me enteré que regresó a nuestro país debido a la crisis económica imperante (por lo que deduje que sigue con buenos reflejos de sobrevivencia) y sé que hace poco fue abuelo por primera vez. Lo que  no sé es si está jubilado.
(7)     José Raúl Buceta, fallecido. Junto con el Comisario  Raúl Pedro Telleldín  (que también participó de mi interrogatorio), de quien han habido dudas de si no fraguó su muerte, conformaron parte del Comando Libertadores de América, la Triple A cordobesa. Ambos figuran en numerosos testimonios como feroces torturadores y asesinos.
(8)     Increíblemente años después el mismo “Sérpico” y la misma patota apresaron y torturaron al compañero que se encontraba conmigo en el bar de Barrio San Martin, quien también logró sobrevivir. También está jubilado, también es escritor y también es uno de mis más queridos amigos.
(9)     ¡Que todavía conservo! Junto con el carnet de la biblioteca de la universidad y el de Bienestar Estudiantil
(10) Que me envió…Juana, y que ya se encuentra en Irlanda






domingo, 23 de junio de 2013

Laura (*)

Recuerdo que la conocí en el III Encuentro de la Red Latinoamericana de Alternativas a la Psiquiatría que se realizó, si mal no recuerdo, en el 86, lo que fue para mí la primera vez que – desde antes del golpe del 76 – puede participar en un espacio de esas características. Porque fui uno de los no nos pudimos ir del país a tiempo y debimos mantenernos sobreviviendo en el aislamiento de todo aquello que representara un peligro para nuestras vidas (y para los demás) y, también por vivir a la distancia de los grandes centros, de aquellos que se enteraron de lo que verdaderamente había pasado, recién cuando comenzó la democracia y el Juicio a las Juntas. 

Inolvidable encuentro, donde me encontré entre otros con Rubén Musicante, quien fuera mi primer terapeuta en Córdoba a comienzos de los 70 y que hubo de exiliarse en México luego de un atentado con una bomba de la Triple A. Donde Maria Langer en las palabras finales y a modo de cierre del evento dijo :” La locura, la psicosis, existe”. Y también donde Tato Pavloski puso en escena su increíble “Potestad”. 

Pero en una de las comisiones fue donde estuve con Laura, junto a otras Madres y otros participantes, intentando poner en palabras lo que había acontencido, sus efectos, sus secuelas. Si aún hoy, transcurridos mas de 30 años, todavía estamos intentando dar cuenta de aquello, en aquel entonces resultaba tremendamente dificultoso. Nunca olvidaré el dolor que nos atravesaba, y la, para mí, casi inexplicable entereza, ante el espanto, que transmitían aquellas mujeres que seguian empujando a la historia hacia delante 

Y entre ellas: Laura 

Después fui enterándome de ella por distintos medios, hasta que en el 2004, gracias a la generosidad de Marta Zabaleta, volvimos a encontrarnos en la Universidad de Leiden, Holanda, con motivo de una Conferencia organizada por la Sociedad de Estudios Latinoamericanos (SLAS), donde compartimos una mesa, relatando nuestras mutuas experiencias durante la dictadura. Al finalizar, Laura, que había hablado de sus hijas y seres queridos desaparecidos, en un momento en que quedamos solos, me tomó de la mano y con lágrimas en los ojos me dijo: “Es increíble, pero todavía me parece mentira todo lo que pasó”. Y su pena y asombro me estremecieron, pues creo que entendía de lo que me estaba hablando. 

Pronto volvimos a encontrarnos en la II Feria de la Palabra, organizada por Rubén Gómez, esta vez como mi invitada, pues era mi deseo que conociera Comodoro, y que mi ciudad la conociera a ella, convencido de que valdría la pena. 

Vino junto con Patricia Luli y ambas pararon en casa, y eso días, los tengo, y seguramente Laura también, como de los mas bellos de nuestras vidas, tal la intensidad de lo vivido. 

Recuerdo su asombro ante la belleza del mar, de las lomas, de las calles. Su emoción cuando estuvimos en la Biblioteca de Barrio San Martín y la recibieron con tanto afecto y admiración que le parecía increíble. Mas, cuando Rosa Pincol, querida lamgem, la honró con canciones mapuches al son del cultrún y con sus atuendos típicos, con todo el amor con que puede dedicar su canto alguien como ella. 

En la Feria hizo una exposición brillante de “Desaparecidos: una palabra” con intercambio que los presentes aún recordarán. Tambén fue quien presentó mi libro “Poemas y canciones”, leyendo además, exultante y conmovida el poema “Que no se vayan todos”. “Nunca había leído un poema en público” me comentó después, con una alegría que la desbordaba. 

Inolvidable nuestro paseo por las arenas de Rada Tilly y mas aún a Caleta Cordova, donde hube además de invitarla a comer mariscos en lo del Polaco, que fallelció el año pasado. Eran como las cinco de la tarde cuando fui a pedirle por excepción , dada la hora, que nos atendiera, y él, con la gentileza que siempre tuvo, puso manos a la obra. Cuestión que en una tarde soleada, embellecido por el azul del mar, con nuestras almas contentas, degustamos con todo el placer del mundo una de las comidas, según dijo Laura, mas ricas de su vida. Y aún recordamos y recordaremos los que estuvimos presentes, el diálogo increíble que se produjo entre Zbigmiewcz Gaborowski – que así se llamaba el Polaco – y Laura. La historia encarnada en un diálogo. El fue uno de los últimos combatientes que participaron en el Levantamiento del Gueto de Varsovia que aún permanecía vivo . Razón por la cual poco antes de morir fue condecorado por el gobierno de Polonia. Pero con Laura no hablaron de sus luchas sino de la belleza de la vida. Del placer de disfrutar de una comida hecha con amor y respeto. Eran una dama y un caballero de la vida dándole significado a sus existencias en un encuentro fortuito, para solaz de sus existencias. 

Inolvidables las charlas que después tuvimos. Y las copas de vino tinto que se escurrían acariciando nuestros cuerpos, brindando por la alegría de sabernos vivos. 

Inolvidable la permanente compañía que le brindaba mi perro Boggie, que como he relatado alguna vez, no se acerca a las personas malas. 

Inolvidable Laura. 

Porque sus palabras, su mirada, su profunda tristeza y su esperanzadora alegría, se fueron desplegando con el correr de las horas y los días. 

Porque donde estuvimos compartió su dolor sembrando palabras de aliento. 

Porque sus manos brindaron caricias de consuelo y agradecimiento. 

Porque su mirada, franca y profunda, encandiló corazones y su voz arrulló oídos y mentes. 

Eso y mucho mas nos brindó Laura. 



Hable con ella hace unos meses, cuando me enteré por una querida amiga en común (eterna compañera de lucha) que no estaba bien de salud. 

Se alegró, como se suele alegrar ella, cuando me identificó. Recordó algunas cosas, entre ellas: “Si me acuerdo del perrito..Como era el nombre?...”. Y yo sentí que se me estrujaba el pecho de emoción. 

Hace tiempo que tengo la intención de escribir algo sobre Laura. Y hoy en este sábado que precede al Día Internacional de la Mujer, no pude contenerme. 

Es mi homenaje a ella. 

Laura mujer. 

Laura madre. 

Laura colega. 

Laura luchadora.. 

Laura herida. 

Laura destrozada. 

Laura valiente. 

Laura memoria. 

Laura compañera. 

Laura dulce. 

Laura tierna. 

Laura vida. 

Por siempre Laura. 



Laura Bonaparte. 



Que de ella estoy hablando. 



Miguel Angel de Boer 

Comodoro Rivadavia, Marzo 7, 2009 

(*) Falleció el 23-06-13


miércoles, 12 de junio de 2013

Memoria


El árbol de mi patio me recuerda
que nunca son inútiles
los intentos

Miguel Angel de Boer
Comodoro Rivadavia, Junio 2013

sábado, 18 de mayo de 2013

Seres humanos (*)


               
                Quienes presenciamos la confesión del ex-oficial de la Armada Adolfo Scilingo a través de los distintos medios, no hemos podido escapar a la perplejidad y al impacto emocional que generaron sus revelaciones.
                Re-velación en todo el sentido del término, en tanto descubrimiento de lo previamente velado, de lo que se ha ocultado.
                Porque si bien los hechos relatados por Scilingo han sido fehacientemente comprobados con anterioridad, es ésta la primera vez que los mismos son reconocidos por parte de un ejecutor, de boca de uno de los victimarios de las desapariciones (esto es: la muerte negada) -  previa tortura  - de miles de personas, de miles de seres humanos. 
                Mucho se ha hecho en el campo de la psiquiatría y psicología en cuanto a las consecuencias que padecen las víctimas de los más crueles y aberrantes actos lesivos a la condición humana. Numerosos estudios, investigaciones y una vasta experiencia (y aquí la palabra "vasta" no es un mero eufemismo) en la atención a sobrevivientes de los tantos genocidios y / o guerras "sucias" que han asolado a la humanidad, posibilitaron la comprensión y el abordaje de las múltiples secuelas que deben sobrellevar y afrontar quienes vivieron el espanto en carne propia.
                Pero poco es lo que se ha hecho en cuanto al esclarecimiento de los motivos que posibilitaron la organización y planificación racional de la destructividad de parte de los seres humanos hacia sus semejantes y el modo de evitar la reiteración de situaciones similares.
                "Somos seres humanos y los que tirábamos eran seres humanos", dice Scilingo en la entrevista con Mariano Grondona.
                Ni extraterrestres, ni monstruos, ni animales: seres humanos son los que han cometido y cometen las más siniestras vejaciones a sus semejantes.
                Seres humanos muy singulares, sin lugar a duda.
                Los Psicópatas ( a los que no se debe confundir con los psicóticos ) son individuos que padecen un severo trastorno de la personalidad.
                Entre sus principales características se pueden señalar: la intolerancia a la frustración y a la angustia, la tendencia a la acción como sustituto de la incapacidad de pensar, la anestesia afectiva y emocional encubiertas por la racionalización, la ausencia de sentimientos de culpa y por lo tanto de la capacidad de arrepentimiento, la subyacente extrema dependencia (detrás de la aparente autoseguridad y omnipotencia) hacia los demás - en tanto objetos concretos de sus necesidades y fantasías más perversas quienes son manipulados según sus conveniencias, la incapacidad de amar debido a la agresividad destructiva que contienen (sadismo), entre otras.
                Imposibilitados de asumir sus propios conflictos, se relacionan persecutoriamente con la realidad, a la cual no discriminan objetivamente.
                "Locos lúcidos" o "inmorales sociales" según la terminología con que intentaba definirlos la psiquiatría clásica, las personalidades psicopáticas son concientes - y esto los diferencia de los psicóticos - de sus actos, es decir que comprenden la naturaleza de los mismos, por lo que son imputables desde el punto de vista jurídico. Dicho en otras palabras: saben que están haciendo daño, que están cometiendo una maldad, motivo por el cual necesitan sustentar sus conductas en "razones" de distinta índole (ideológicas, políticas, religiosas, etc.) que les sirva de justificación.
                Hacen lo que hacen "porque no queda otro remedio", "obligados por las circunstancias", "porque alguien tiene que hacerlo", encontrando el terreno fértil para canalizar su patología en el campo de la delincuencia, en las guerras o en cualquier situación que les brinde una cobertura para prestar sus "desinteresados servicios". En definitiva: siempre se ven obligados a "actuar" (en el "fondo" son buenas personas)
                Todo lo hacen por el "bien" de los demás: de sus esposas, de sus alumnos, de sus pacientes, de sus ciudadanos, de su Patria, en nombre de Dios o de Alah, del orden o de la justicia. Lo hacen por "amor" (Videla dixit).
                Cuando no se cumplen sus objetivos, sea por falta de posibilidades o porque los argumentos que justifican sus actos se diluyen, caen en severos desequilibrios que intentan controlar mediante conductas adictivas - alcohol u otras sustancias depresoras -, o bien buscando nuevas situaciones que les permita seguir "en acción". Caso contrario, corren el riesgo de derrumbarse psicológicamente.
                Pero son las acciones psicopáticas social e institucionalmente organizadas y justificadas las que más dolor han infligido a la humanidad.
                Aquellas que periódicamente se hacen presentes en la historia, como para constatar la evidencia de cuanto queda por hacer para transformar a ésta en una sociedad más sana.
                Tal vez parte de la solución estribe en hacer todo lo posible para impedir que este tipo de seres humanos detenten el destino de los pueblos, o al menos de que ocupen funciones de poder, por el cual tienen una particular apetencia.
                O en todo caso, como seres humanos que son,  que sepan que les cabe la responsabilidad de sus actos, el castigo de la justicia, el repudio de la comunidad y de la historia.
                Y a los que los promueven, justifican o son cómplices de que estos seres humanos lleven a cabo tan deleznables atrocidades, también.

Dr. Miguel Angel de Boer

(*) Marzo, 15/03/95 , publicado en diversos medios gráficos

sábado, 27 de abril de 2013

Despedida


A poco de despedir a mi  perro Boogie,  lo que aún me parece mentira, no puedo dejar de rememorar otra despedida – la de Anna (*), mi mamá – que fue muy parecida.
Con sus ya ajetreados 83 años y las huellas de muchas penurias en su envejecido cuerpo, seguía, no obstante, viviendo la vida con la naturalidad que suelen tener los que alcanzan sabiduría. Ese fluir en la existencia con la existencia misma, deslizándose en ella, aprovechando cada bocanada de oxígeno y abriendo los poros del alma, enalteciéndola.
No puedo dejar de asociar a mi vieja con las flores de su jardín, su arte en la costura, sus quintas,  las  comidas caseras o los dulces que con toda su ternura preparaba para nuestra delicia.
Pero como suele ocurrir,  también a ella llegó el momento en que  no pudo más y decidió – o más bien se le impuso – el  descanso que tanto merecía.
Su corazón venía ya debilitado, cosa que fue anunciada por un infarto no hacía mucho tiempo atrás.  Pero  mi (nuestra) separación matrimonial fue determinante pues creo que  el dolor superó  la fortaleza que siempre tuvo, pues días después que le comuniqué la decisión -  que le impactó hasta la desesperación muy preocupada por lo que les podría pasar a mis hijos - hubimos de internarla de urgencia en una unidad de terapia intensiva.
Desde entonces hasta su muerte, nunca más recobró la conciencia.
Esto ocurrió en Comodoro,  y yo me ocupaba de ir a verla porque mi hermana se encontraba en Buenos Aires, tratando de viajar lo antes posible, cosa que le explicaba a mi vieja, pese a su estado vegetativo, con la esperanza de que pudiera escucharme.
Ni bien llegó Stella, mi hermana, y luego de ponerla al tanto de la situación, fuimos al hospital  (el Alvear) para que pudiera encontrarse con ella. Como lo hacía habitualmente, la saludé y le conté que ya estábamos juntos los tres (mi viejo ya había fallecido hace tiempo), que todo estaba bien, y no recuerdo cuantas cosas más. Lo que si me acuerdo es que en un momento le dije que ya podía descansar tranquila, que le agradecíamos todo lo que nos había brindado, que no queríamos que sufriera más, y cosas por el estilo. Fue entonces cuando vimos que unas lágrimas cayeron por su rostro y los dos nos abrazamos a ella conmovidos en lo más profundo de nuestros corazones, por cuanto sentimos que era su despedida final.  Luego la besamos en la frente y nos retiramos con una inmensa tristeza  y alivio a la vez, emocionados por haber vivenciado algo maravilloso. Horas después nos llamaron para avisarnos que había muerto.
Pasaron varios meses o tal vez más de un año, cuando abrí el último frasco de dulce de damascos – de los árboles de casa – que ella había elaborado y donde usaba un sistema de conservación natural que utilizaban los inmigrantes sudafricanos (afrikaaners o boers)  en el campo, mediante el cual podía durar un tiempo increíblemente largo.
Aún recuerdo como lo fui saboreando de a poco, día tras día. Disfrutándolo con todo mi ser, con la congoja de que algún se iba a terminar. Estirándolo para prolongar ese sabor y ese aroma que solo ella lograba, y que para mí nunca había habido ni habría otro igual.
           Del mismo modo en que se despidió ella, con lágrimas de amor deslizándose por mis  mejillas, ingerí el último bocado, y sentí que la dulzura más infinita me habría de acompañar para siempre.

Miguel Angel  de Boer
Comodoro Rivadavia, Abril 2013

(*) Anna Jacoba Venter de de Boer (09-08-07/22-03-91)

jueves, 4 de abril de 2013

CONTRAMESTRE, MAR Y VIENTO (*)



                El mar alguna vez se le prendió del costado, haciéndolo vicioso de horizonte, después de haber aprendido, en el campo, a disponer del paisaje. Tal vez por eso tenía los ojos tan profundos, de sal, de tiempo y de distancia, éste hombre del que estoy hablando.
                El mar es un conquistador de espíritus. Estemos cerca o lejos, siempre nos alcanza. ¿Cómo entonces a él no lo iba a encadenar con sus anclas de ausencia?
                Casi toda su vida le dio el contramaestre, en el vientre salobre y desnudo del muelle, donde olían los barcos a petróleo y se esparcían, entre las nubes, los cuentos y las carcajadas.
                ¿Cómo dudar entonces, que le dolió el descanso, que odió que lo jubilen, que le quitaran lo suyo, esa dulce poesía que le encontró al trabajo?
                Pero disimulaba. Hablaba de libros, sueños, hacía proyectos, se la pasaba contando. Pero ¿Quién no lo sabía? ¿A quién le cabían dudas que mucho del gigante estaba templado en algas, en mangueras y viento, ese mismo viento que, de joven, solía acompañarlo cuando recorría leguas al galope para ver a su amada?
                Hay una forma antigua de ser grande, hay algo que llevan estos tipos que crecen por dentro, un modo de juntar los pedazos de su vida y las arman en esa mezcla rara que llamamos alma. Y eso asoma. En la locura de treparse a las torres, de pararse en las proas de las lanchas burlándose de las tormentas, danzando, de no frenarse nunca ni con la edad ni con nada, menos aún si de ayudar se trata. Le salía por los poros al grandote tozudo e ingenuo. Convencido que la vida era para vivirla y que Dios estaba de su lado pasara lo que pasase.
                Por eso, hasta la muerte, cuando vino a tumbarlo, tuvo que pedirle permiso, invitándolo respetuosamente a subirse a su coche de gusanos y olvido .Y solo porque él aceptó, ya cansado, pudo llevarlo. Ya había fracasado otras veces, sabiendo con quien se enfrentaba, mientras él se divertía, jactándose con sus anécdotas, riéndose, aún de las penas.
                Por eso es preferible no decir nada. Es mucho tamaño, mucho esfuerzo para poder apreciarlo con palabras.
                Por eso mejor callarse y recordar al hombrón en silencio. Así no queda el vacío, sino el amor que él nos dejó por siempre. Eterno. 

 Miguel Angel de Boer.
Comodoro Rivadavia, 17/06/99  

(*) A mi padre: Don Wietze (Guillermo) Klaas (Claudio) de Boer.  Nació el 4 de abril de 1912. Falleció el 23 de Julio de 1974


Mi papá
En la lancha de YPF (posiblemente en Caleta Córdova), el que está sin boina. El que está adelante es Diego Lezcano.